Ni una pizza, ni The Last of Us: qué son los hongos gigantes que aparecen en Rosario

Se los ve en árboles de la vía pública y se confunden con comida. Una guía para entender por qué aparecen, si son peligrosos y qué hacer con ellos

06:30 hs - Domingo 12 de Abril de 2026

De lejos parece una pizza, o un plato de ñoquis con salsa. Pero no es comida. Son hongos. Están adentro de un cantero de calle Ovidio Lagos y Mendoza y engañan al ojo. Al acercarse a la cazuela de ladrillos que contiene a un árbol, la ilusión se rompe, y el cerebro los asocia con los zombies provocados por la infección de esporas en The Last of Us.

No es un caso aislado: cada vez se ven más en veredas de Rosario. La escena despierta curiosidad, algo de temor y muchas preguntas. ¿Qué son? ¿Por qué aparecen? ¿Representan un peligro? ¿Son tóxicos?

“Primero, llevo calma a la población”, plantea Alejandra Peruzzo, docente de Fitopatología y Botánica Criptogámica de la Facultad de Ciencias Agrarias de la UNR. “The Last of Us está inspirado en el Cordyceps, un hongo que parasita insectos y modifica su comportamiento para dispersar esporas. En ese sentido, los humanos estamos a salvo. No así las hormigas o las orugas”, aclara.

Lo que aparece en los árboles rosarinos, sin embargo, no tiene nada que ver con ese escenario de ciencia ficción. Se trata, en la mayoría de los casos, de hongos del género Ganoderma, organismos descomponedores de madera que forman parte de un proceso natural: la degradación de materia orgánica.

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Micro y macro

Aunque parezca que aparecieron de golpe, los especialistas coinciden en que estos hongos siempre estuvieron ahí. Lo que cambia es su visibilidad. Los llamados macrohongos, los que se pueden ver a simple vista, son apenas una fase de un ciclo mucho más amplio.

“Gran parte de su vida es microscópica”, explica Peruzzo. “El hongo está dentro de la madera, en el entramado del árbol, pero no lo vemos. Cuando se dan ciertas condiciones ambientales, sobre todo alta humedad y temperaturas templadas, desarrolla estructuras macroscópicas: los cuerpos fructíferos”, agrega.

Esas estructuras son las que llaman la atención. Funcionan como órganos reproductivos: liberan esporas, que viajan con el viento y colonizan nuevos espacios. En términos simples, son el equivalente a las semillas en las plantas. El contexto climático juega un rol clave. Otoños lluviosos generan el escenario ideal para que estos hongos “salgan a la superficie”. No es que haya más hongos que antes, sino que están en una fase más visible de su desarrollo.

La aparición de estos organismos también obliga a cambiar la mirada sobre el árbol urbano. Un árbol es un sistema complejo donde conviven múltiples formas de vida. “Hay organismos en el suelo que colaboran con su desarrollo, otros que interactúan con las hojas y también están los que se encargan de la descomposición”, detalla Peruzzo. Hongos que degradan la madera cumplen ese rol dentro del ecosistema.

Desde esa perspectiva, la presencia de hongos no es una anomalía, sino una pieza más dentro de un engranaje biológico. El problema aparece cuando ese proceso se traslada al contexto urbano, donde los árboles conviven con peatones, autos e infraestructura.

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Peligro y alarma

La pregunta que surge de inmediato es si estos hongos representan un riesgo. La respuesta no es lineal. “No hay una relación causa-efecto directa entre la presencia de un hongo descomponedor y la caída de un árbol”, aclara la investigadora. Sin embargo, su aparición sí funciona como una señal de alerta.

Carlos Vanucci, jefe del Departamento Técnico de Arbolado de la Dirección de Parques y Paseos de Rosario, lo explica en términos concretos: “El Ganoderma es un hongo muy conocido porque aparece en muchos árboles, generalmente cuando están muertos o moribundos. Se desarrolla en lugares donde el tejido ya está muerto o por morir”.

Lo que se ve desde afuera, esa especie de “costra” brillante, con tonos rojizos, dorados o blancos, es apenas una manifestación externa de un proceso interno. “Generalmente crece como algo parecido a ‘chinchulines aplastados’, con una parte más redondeada y zonas blancas tipo grasa”, describe.

Ahora bien, que haya tejido muerto en una parte del árbol no implica necesariamente que todo el ejemplar esté comprometido. Por eso, la presencia del hongo no alcanza, por sí sola, para definir un riesgo estructural. “Cuando aparece en un árbol en pie, lo que corresponde es hacer un seguimiento”, agrega Vanucci. “Se evalúan las raíces, la base del tronco, la estructura de la copa, las hojas. Con esa observación se determina la salud general del árbol y las intervenciones necesarias”, distingue.

En muchos casos, estos hongos se ven en tocones, es decir, en restos de árboles ya extraídos. Allí cumplen su función sin generar conflicto. El dilema se da cuando aparecen en ejemplares vivos en plena vía pública.

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Toxicidad

Otra de las dudas frecuentes tiene que ver con la toxicidad. En este punto, la respuesta es más contundente: no representan un riesgo directo. “No son géneros asociados a la producción de toxinas peligrosas para humanos”, señalan los especialistas. Tampoco hay evidencia de efectos negativos en mascotas o niños por contacto.

Eso no significa que sean comestibles ni que deban manipularse sin conocimiento. Algunas especies del género Ganoderma tienen usos medicinales en otras culturas, pero su identificación precisa requiere estudios específicos. Lo mejor es no intentar ingerirlos.

Frente a la aparición de estos hongos, surge una reacción casi automática: sacarlos. Sin embargo, los expertos coinciden en que no es la solución. “La parte visible es solo una fracción del organismo”, explica Peruzzo. “Aunque se retire, el hongo va a seguir presente dentro de la madera”.

Además, eliminar el cuerpo fructífero puede tener un efecto contraproducente: borra una señal clave para el diagnóstico. “Es un indicador del estado del árbol”, subraya Vanucci. “Si lo sacamos, perdemos información”. Por eso, la recomendación es clara: no intervenir de manera particular y dar aviso a las áreas correspondientes para que evalúen el ejemplar.

La ficción

Más allá de lo técnico, hay un fenómeno cultural en juego. Series como The Last of Us activan una nueva forma de mirar sobre elementos que siempre estuvieron ahí. “Lo que cambia es nuestra forma de mirar”, plantea Peruzzo. Lo que antes pasaba desapercibido hoy se vuelve visible y se transforma en tema de conversación.

Mientras se mantengan las condiciones de humedad, estos organismos seguirán apareciendo. Con un invierno más seco, los cuerpos visibles desaparecerán. Pero no será un final, sino una pausa. El hongo seguirá en su fase invisible, esperando el próximo ciclo favorable.

Para algunos, será un alivio. Para otros, especialmente los aficionados a la micología, el cierre de una breve temporada de observación. Hay algo en esas formas extrañas que invita a mirar dos veces.

En ese sentido, los hongos que brotan en las veredas rosarinas funcionan como un recordatorio: debajo del cemento, la vida sigue operando con sus propias reglas. Detenerse a mirarlos también es una forma de entender lo que pasa debajo de la superficie.