La sensación de que no hay futuro posible aparece cada vez más en quienes llegan a las consultas. “Hablar de suicidio no aumenta el riesgo, todo lo contrario”, asegura una especialista
13:35 hs - Lunes 25 de Mayo de 2026
Hay una frase que psicólogos y psiquiatras de Rosario escuchan cada vez más seguido, mientras crecen las consultas por salud mental. A veces aparece en adolescentes. Otras, en adultos agotados, atravesados por ansiedad, insomnio o angustia. La formulación cambia, pero el sentido es el mismo: “¿Para qué esforzarse?”
La psicóloga cognitiva integrativa Andrea Astrolfo dice que en los últimos años empezó a repetirse una sensación difícil de sintetizar pero cada vez más visible en las consultas. Se trata nada más ni nada menos que la desesperanza. “No tiene sentido estudiar, trabajar o proyectar si nada garantiza estabilidad, futuro o incluso poder sostener lo mínimo”, resume.
Las estadísticas alcanzan para mostrar la magnitud del problema, pero necesariamente para explicar qué está pasando. En Argentina, el suicidio ya es la principal causa de muerte violenta, por encima de los homicidios y de los siniestros viales.
En Santa Fe, Rosario concentra casi la mitad de los casos registrados en la provincia. Y mientras los suicidios crecen, también aumentan las consultas vinculadas a ansiedad, autolesiones, consumos problemáticos, aislamiento y sufrimiento psíquico.
La red pública rosarina registró más de 40 mil consultas de salud mental durante 2025. Los equipos sanitarios comenzaron, además, a registrar a través del 107 pedidos de auxilio vinculados a intentos de suicidio. En muchos casos, dice Astolfo, las situaciones aparecen cuando el malestar ya lleva mucho tiempo acumulándose.
“Cada uno lo expresa con el lenguaje correspondiente a su edad, pero en la base aparece esto: la sensación de que no hay futuro posible”, insiste.
Una crisis que dejó de ser individual
Astolfo evita explicar el aumento de suicidios y padecimientos subjetivos a partir de una única causa. Habla, en cambio, de un deterioro del entramado social, económico y cultural que en los últimos años se profundizó de manera acelerada.
La incertidumbre económica, la precarización laboral, el agotamiento cotidiano y la imposibilidad de proyectar aparecen de manera recurrente en adolescentes y adultos jóvenes. Pero también describe un clima social marcado por la saturación permanente.
La necesidad constante de reaccionar, opinar y responder en redes sociales, sumada a la sobreexposición y a la circulación ininterrumpida de estímulos e información, termina impactando sobre los vínculos, el descanso y la salud mental.
“Hay mucha necesidad de respuesta inmediata, de fijar posición, de reaccionar todo el tiempo. Mucha exposición y mucha crispación”, critica. En los consultorios eso aparece traducido en ansiedad, irritabilidad, angustia y agotamiento emocional. Pero también en algo menos visible como el deterioro de los lazos sociales.
Para Astolfo, parte de la crisis también tiene que ver con la desaparición de espacios de pertenencia y redes de contención que históricamente funcionaban como factores protectores.
Por eso insiste en que los suicidios ya no pueden pensarse solamente como dramas individuales o familiares y remata: “Hablar de esto en términos de salud pública es fundamental porque intervienen factores psicológicos, pero también sociales, económicos y ambientales”.
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Esta nota es parte de una serie de informes de La Capital sobre la crisis en salud mental y el aumento en los suicidios e intentos.
Chicos hiperconectados, adultos solos y agotados
En adolescentes y jóvenes, Astolfo observa problemáticas que hace algunos años aparecían con menor frecuencia: bullying, apuestas online, autolesiones, consumos problemáticos y dificultades para sostener vínculos sociales.
Las redes sociales ocupan un lugar central dentro de ese cambio. No solamente por el tiempo de exposición, sino por el impacto que tienen sobre la autoestima, la construcción de identidad y la forma en que los chicos se relacionan entre sí.
“Mucha veces están expuestos a enormes cantidades de información y estímulos para los que no tienen herramientas de procesamiento emocional”, señala.
La psicóloga plantea además una paradoja cada vez más frecuente. Mientras muchos adultos extreman cuidados frente a riesgos físicos, los entornos digitales quedan muchas veces sin supervisión ni acompañamiento.
En los espacios de consulta empezaron a aparecer con más claridad dificultades vinculadas a la atención, la regulación emocional y las habilidades sociales. También problemas para sostener proyectos personales o imaginar escenarios de estabilidad futura.
La pandemia terminó de profundizar parte de esos procesos. Hubo chicos que atravesaron etapas completas de socialización de manera virtual y eso dejó secuelas que todavía empiezan a verse.
Pero el fenómeno no se limita a adolescentes. La psicóloga también advierte un aumento sostenido de consultas entre adultos, especialmente varones de entre 25 y 50 años.
Ahí aparece un problema muy ligado a la cultura y a la idea de soportar el sufrimiento en silencio y pedir ayuda recién cuando el malestar se vuelve inmanejable. “Hay algo muy ligado a la fortaleza, a aguantar y no hablar de lo que pasa”, explica.
En muchos casos, el contacto con el sistema de salud llega cuando el deterioro ya afectó el trabajo, los vínculos o el cuerpo. Ese retraso también aparece reflejado en las estadísticas nacionales: más del 80% de los suicidios registrados en Argentina corresponden a varones.
Hablar del suicidio
Durante décadas el suicidio fue tratado desde el silencio, la vergüenza o el tabú. Astolfo insiste en que todavía persisten muchos prejuicios alrededor del tema y que eso sigue dificultando la prevención.
La psicóloga cuestiona además una idea muy instalada: asociar automáticamente suicidio con depresión severa. “No todas las personas que se suicidan tienen depresión ni todos los suicidios responden a una sola causa. Intervienen factores psicológicos, sociales, económicos y ambientales”, agrega.
Por eso insiste en la necesidad de abordarlo como un problema de salud pública y no solamente individual.
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Y en ese punto también señala responsabilidades más amplias. “La prevención no empieza solamente en el consultorio. Tiene que ver con escuelas preparadas para detectar situaciones, con acceso real a la salud mental, con redes comunitarias y también con una sociedad que deje de tratar el sufrimiento psíquico como una debilidad”, asevera.
Las señales y el después
La psicóloga aclara que no siempre existen signos evidentes antes de una crisis grave o un intento de suicidio. Sin embargo, sostiene que hay cambios persistentes que deben llamar la atención: aislamiento, apatía, alteraciones del sueño, irritabilidad, abandono de actividades cotidianas o expresiones frecuentes de desesperanza.
Muchas veces aparecen frases vinculadas a sentirse una carga, a no encontrar sentido o a querer desaparecer. También advierte sobre el riesgo de minimizar ciertos cambios en adolescentes: “Muchas de estas conductas pueden parecer habituales a determinada edad. Pero ante la duda siempre es mejor consultar”.
Una parte importante de su trabajo también está vinculada al acompañamiento de familias atravesadas por suicidios. que muchas veces el impacto emocional posterior queda invisibilizado. “El duelo después de un suicidio es diferente porque además del dolor aparece el trauma”, especifica.
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Aparecen la culpa, reproches, enojo, aislamiento y sentimientos contradictorios que muchas veces las familias sienten vergüenza de expresar. “Puede haber alivio cuando una persona venía atravesando un sufrimiento extremo y eso genera mucha culpa en quienes quedan”, narra.
Por eso recomienda buscar ayuda profesional lo antes posible después de un suicidio. “No es solamente una tristeza profunda. Muchas veces las personas sobreviven a una situación traumática”, detalla.
Antes de terminar, Astolfo vuelve sobre una idea que atraviesa toda la conversación y que, para ella, funciona también como advertencia. “Esto no es una tarea exclusiva de psicólogos o psiquiatras. La prevención tiene que ver con toda la comunidad”.
Y sentencia: “Cuando las consultas llegan al consultorio, muchas veces ya llegan tarde”.