El encendido del arbolito de Oroño y Pellegrini se consolida como fenómeno masivo

La historia de una costumbre que se practica desde hace 20 años, tuvo diversas mutaciones y ya se volvió un evento popular en Rosario. Esta vez logró una convocatoria récord de 60.000 personas

Miércoles 10 de Diciembre de 2025

El encendido del arbolito de Oroño y Pellegrini tuvo este año un récord de convocatoria con 60.000 personas. El encuentro, que se celebra cada 8 de diciembre en Rosario y tuvo diversas mutaciones de formato en sus 20 años de vida, se consolida como costumbre popular y ya es un fenómeno masivo. ¿Cuál es su historia?

La tradición nació oficialmente en 2005 como iniciativa de la Asociación de Amigos del Parque Independencia. Pero la semilla se encendió un año antes. Adrián D'Alessandro, presidente de la Asociación, recuerda ese momento fundacional con precisión casi cinematográfica.

Corría el 8 de diciembre de 2004. La asociación llevaba tres años trabajando para recuperar un Parque Independencia que, según él, “estaba fuera de la agenda de la ciudad, en un estado de abandono profundo, en medio de la crisis social y económica que asolaba el país post 2001”. Ese día, al pie del árbol de Navidad, un capataz de alumbrado público (Agustín Ozan, ya fallecido) se acercó a encender las guirnaldas que se ponían por costumbre desde los años 70.

Pero el lugar estaba vacío, sin clima festivo. D’Alessandro se puso a conversar con el hombre. "Decíamos que sería muy lindo armar una gran fiesta inspirada en algunas que veíamos en otras latitudes y que nos parecían tan lejanas e imposibles de hacer acá", recuerda. De esa charla tímida salió una idea: convocar a los rosarinos a una gran reunión familiar alrededor del árbol. “Siempre me maravilló, tiene una fisonomía especial, es marca registrada de Rosario”, grafica. Ese impulso se transformó, un año después, en la primera edición del festejo.

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Los primeros años

En 2005, casi en soledad, la Asociación reunió sponsors y lanzó la primera convocatoria, con una respuesta inmediata del público. El escenario elegido fue la zona del lago, donde ya existía una infraestructura sonora por el espectáculo de aguas danzantes y la experiencia de haber hecho un show en 2002, para el centenario del parque.

Aquel ciclo inicial aprovechó ese marco. Hubo escenarios flotantes, músicos invitados como el bandoneonista "Cholo" Montironi, la Orquesta de Cámara Municipal de Rosario y funciones que combinaban música, luces y la tradicional cuenta regresiva seguida del encendido del árbol y la activación de la fuente. Todavía se utilizaban fuegos artificiales, que luego fueron reemplazados por luces y recursos visuales tras la prohibición municipal de la pirotecnia.

En 2006, tras el histórico temporal de granizo que destruyó parte de la red eléctrica de la ciudad y dejó daños gravísimos, el evento estuvo a punto de suspenderse. Pero las cuadrillas municipales lograron llegar con lo justo. “Estuvimos al borde de quedarnos sin esta tradición, pero con un esfuerzo titánico de los trabajadores de Alumbrado Público, pudimos hacerlo. Es un símbolo de lo que moviliza esta fiesta”, resume D’Alessandro.

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El salto a la rotonda

Con los años, la convocatoria empezó a crecer a un ritmo que el sector del lago ya no podía contener. Durante la gestión de Mónica Fein, el evento se trasladó a la rotonda de Oroño y Pellegrini, con un gran escenario montado directamente en la calle. Allí también surgió una de las postales clásicas: un Papá Noel que subía en una grúa de alumbrado para colocar la “lamparita número 3000” antes del encendido.

El paseo gastronómico Pellegrini comenzó a participar con aportes propios y el festejo adquirió una escala mayor. La fiesta ya no era solo un encendido, sino una experiencia colectiva con música, gastronomía y rituales propios.

En los últimos años, la organización pasó parcialmente a la Secretaría de Cultura, con la Asociación de Amigos del Parque como coproductora. El escenario se instaló frente al Museo Castagnino, con más tecnología, pantallas y sonido.

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La coyuntura

El ritual tampoco quedó ajeno a los contextos difíciles. En 2021, en plena pandemia, la organización intentó realizar un encendido virtual para evitar aglomeraciones. Aun así, miles de rosarinos se acercaron con barbijos y distancia. En 2022 y 2023, en medio de la crisis de violencia e inseguridad, las ediciones fueron austeras, con coros y villancicos, y una fuerte presencia de la mesa interreligiosa. Hubo pedidos públicos por la seguridad y un tono más reflexivo que festivo.

Pero pasados esos episodios, el crecimiento siguió constante. Este diciembre, las autoridades del Ministerio de Seguridad calcularon alrededor de 60.000 asistentes: la mayor convocatoria en dos décadas. El efecto contagio también habla del fenómeno. Varias ciudades satélite comenzaron a replicar la celebración. Luego, localidades más grandes. Incluso dentro de Rosario surgieron eventos similares, como el encendido del árbol de las Cuatro Plazas o el de la plaza San Martín.

Para D’Alessandro, uno de los aspectos menos visibles pero más valiosos del encendido es su impacto económico inmediato: emprendedores, puestos gastronómicos, artesanos y propuestas de entretenimiento encuentran ese día una fuente de ingreso clave de cara a las fiestas. “El orden es importante, pero también buscamos que quienes necesitan trabajar puedan hacerlo”, sostiene.

Proyección

Por la fiesta han pasado artistas locales muy talentosos, de todos los géneros musicales. Incluso muchos han resignado sus cachets en apoyo al evento. Pero también han aparecido números más grandes. La edición 2017, con la banda La Mosca en pleno auge, fue una de las más recordadas. Ese antecedente alimenta una aspiración: que el evento incorpore en adelante artistas nacionales de manera estable. “La fiesta ya tiene todos los laureles para hacerlo”, afirma.

D’Alessandro dice que lleva la fiesta “en el corazón”. Recuerda al capataz que encendió el árbol en 2004, y agradece a los equipos de alumbrado, a las áreas municipales, a la policía y a todos los que permiten que la celebración siga creciendo. También subraya lo esencial: ver las caras de los chicos cuando el árbol se ilumina. “Para ellos es como estar en una película. Eso nos da fuerza para seguir”, asegura.

Veinte años después, la idea nacida al pie de un árbol apagado se transformó en uno de los rituales más masivos de Rosario. Junto con el Día de la Bandera y las Colectividades, forma parte del trío de celebraciones que definen la identidad popular rosarina. Y cada 8 de diciembre, cuando llegan las 20.30 y el cielo se enciende de luces, esa identidad vuelve a hacerse visible, compartida y multitudinaria.