Día Internacional del Juego: cuando una ciudad decide llegar antes

Una reflexión sobre los primeros mil días de vida, el derecho a jugar y el desafío de acompañar a las infancias desde el comienzo a través del Plan Mil+65

10:28 hs - Viernes 05 de Junio de 2026

Hay una pregunta que las ciudades deberían hacerse con más frecuencia. No cuánto cuesta cuidar a la infancia. Sino cuánto cuesta llegar tarde.

Cuánto cuesta intervenir cuando un niño o una niña ya perdió oportunidades fundamentales para su desarrollo. Cuando las dificultades de aprendizaje ya aparecieron. Cuando los problemas de salud podrían haberse prevenido. Cuando la soledad, la desigualdad o la falta de acompañamiento dejaron marcas que luego resultan mucho más difíciles de revertir.

Durante mucho tiempo las políticas públicas se concentraron en reparar. Hoy sabemos que el gran desafío es otro: llegar antes. Por eso cada vez que hablamos de los primeros mil días de vida hablamos, en realidad, del momento más estratégico para construir igualdad. Y también por eso el Día Internacional del Juego, que se conmemora cada 11 de junio, merece una reflexión que vaya más allá de la efeméride.

Porque el juego no es una actividad accesoria en la vida de niños y niñas: es una de las formas más importantes que tiene el desarrollo infantil.

Mientras juega, un bebé aprende a reconocer voces, gestos y emociones. Descubre que el mundo es un lugar que puede explorar con seguridad. Construye confianza. Desarrolla lenguaje. Aprende a esperar, a imaginar, a comunicarse y a vincularse.

Mucho antes de ingresar a la escuela, el juego ya está enseñando. Mucho antes de aprender a leer, un niño ya está aprendiendo a través del juego. Por eso los especialistas insisten en algo aparentemente simple: para un bebé, el mejor juguete es una persona.

Una madre que canta.

Un padre que juega.

Una abuela que cuenta una historia.

Una educadora que acompaña una ronda.

Un pediatra que indica vacunas.

Todos son parte de una comunidad que está presente; y es allí donde se dan los primeros aprendizajes: en los vínculos.

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Y ese dato, que parece íntimo o familiar, tiene enormes implicancias para las políticas públicas.

Porque si el desarrollo infantil ocurre en los vínculos, entonces cuidar la infancia implica también cuidar las condiciones que hacen posible esos vínculos.

Implica acompañar a las familias.

Implica construir espacios de encuentro.

Implica garantizar tiempo, cercanía y redes de cuidado.

Implica reconocer que criar no puede ser una tarea solitaria.

En una época marcada por la aceleración, la hiperconectividad y la fragmentación social, esta discusión adquiere una importancia particular: vivimos cada vez más conectados y, sin embargo, muchas veces más solos. Compartimos información, pero no necesariamente vínculos. Habitamos los mismos territorios, pero no siempre construimos comunidad.

La infancia siente esos cambios. Y por eso necesita, más que nunca, adultos presentes y comunidades presentes. El Plan Mil+65 nace de esa convicción, y es una política pública que parte de una idea sencilla pero profunda: el cuidado no puede comenzar cuando aparece el problema. Debe comenzar antes.

Debe estar presente desde el embarazo, acompañar a las familias en la crianza, garantizar controles de salud, promover el desarrollo integral y generar oportunidades para que cada niño y cada niña pueda crecer en entornos protectores, afectivos y estimulantes.

Por eso Rosario decidió poner en el centro de su estrategia de desarrollo humano a quienes más necesitan de los otros para crecer y vivir bien: los niños y niñas en sus primeros años y las personas mayores.

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No se trata únicamente de brindar prestaciones: se trata de construir acompañamiento; de conocer trayectorias concretas; de saber quiénes son los niños y niñas de nuestra ciudad, dónde están y qué necesitan para desarrollarse plenamente; de fortalecer la presencia territorial del Estado. De articular salud, educación, desarrollo humano y comunidad alrededor de una misma persona.

Porque cuidar no es esperar a que aparezcan las dificultades. Cuidar es estar antes.

En ese entramado, el juego ocupa un lugar central; no porque sea una actividad recreativa, sino porque constituye una herramienta de desarrollo, de aprendizaje, de inclusión y de construcción de vínculos desde los primeros años de vida.

El juego ocurre en una plaza, en una casa, en un jardín maternal, en un Centro Cuidar, en un club, en una biblioteca, en una organización social o en un espacio cultural. Pero detrás de cada una de esas escenas hay algo más profundo: una comunidad que cuida.

Rosario cuenta con una extensa red territorial de instituciones, organizaciones y equipos que acompañan a las familias desde los primeros días de vida, promueven la crianza, fortalecen los vínculos y ayudan a garantizar derechos. Jardines maternales, Centros Cuidar, centros de salud, clubes de barrio, espacios culturales, organizaciones comunitarias, universidades, instituciones educativas y equipos municipales forman parte de una trama cotidiana de cuidado que permite detectar necesidades a tiempo, acompañar trayectorias y ampliar oportunidades.

Porque ninguna política pública llega sola: llega a través de personas e instituciones que conocen a los niños y niñas por su nombre, que escuchan, que están cerca y que entienden que cuidar en los primeros años es una de las formas más efectivas de construir igualdad.

La evidencia es contundente: las intervenciones tempranas son las que producen los mayores impactos en el desarrollo humano.

Pero más allá de la evidencia existe una definición ética y política: una ciudad no puede ser indiferente al modo en que crecen sus niños y niñas. No puede esperar a que las desigualdades aparezcan para actuar. No puede resignarse a reparar cuando todavía está a tiempo de acompañar. Por eso hablar del derecho al juego es mucho más que hablar de recreación: Es hablar del derecho al desarrollo. Del derecho a crecer rodeado de afecto, estímulos y oportunidades. Del derecho a construir vínculos significativos desde el comienzo de la vida.

Y es también hablar de la responsabilidad colectiva que tenemos los adultos, las instituciones y el Estado de garantizar esas condiciones.

En Rosario elegimos asumir esa responsabilidad. Porque cuando una ciudad cuida a tiempo, no solamente mejora el presente de sus infancias: también transforma su futuro.

Y ese futuro empieza mucho antes de la escuela, mucho antes de cualquier estadística y mucho antes de que aparezcan los problemas. Empieza en los primeros mil días, empieza en los vínculos, empieza, muchas veces, en algo tan sencillo y tan trascendente como jugar.