De foros clandestinos a TikTok: la violencia sexual contra mujeres se normaliza y gana terreno

Una investigación de la CNN revela redes que funcionan como "academias online de violación". Mientras, en TikTok contenidos virales banalizan el rechazo y erosionan el consentimiento

10:40 hs - Lunes 20 de Abril de 2026

Una investigación internacional reveló la existencia de comunidades online donde hombres intercambian consejos para drogar, abusar sexualmente de sus parejas y evadir a la Justicia. Pero ese fenómeno, lejos de limitarse a espacios clandestinos, se inscribe en una trama cultural más amplia: la circulación cotidiana de contenidos digitales que banalizan la violencia contra las mujeres, relativizan el consentimiento y reconfiguran el sentido del rechazo.

El trabajo fue publicado el 26 de marzo de 2026 por CNN, en el marco de su serie As Equals, y retoma un caso que en 2024 conmocionó a Europa: el juicio contra Dominique Pelicot en el sur de Francia. Allí se probó que el hombre drogó durante años a su esposa, Gisèle Pelicot, para que decenas de hombres la violaran mientras estaba inconsciente. Según la causa, fue abusada más de 200 veces por al menos 70 agresores (Vandoorne et al., 2026).

Foros clandestinos y “academias de violación”

La investigación identificó plataformas activas donde estas prácticas no solo persisten, sino que se perfeccionan. Entre ellas aparece Motherless.com, un sitio pornográfico con millones de visitas mensuales que aloja miles de videos de mujeres aparentemente dormidas o sedadas.

En esos espacios, usuarios comparten material, consejos sobre cómo administrar sustancias sin dejar rastros e incluso ofrecen transmisiones en vivo de abusos a cambio de dinero. En chats privados, según CNN, algunos participantes coordinan acciones y reciben indicaciones en tiempo real de otros usuarios.

Para la legisladora francesa Sandrine Josso, estos entornos funcionan como “academias online de violación”. La jurista Clare McGlynn advirtió que la proliferación de este tipo de contenidos “glorifica” comportamientos abusivos, tanto en internet como fuera de él.

La psicóloga Annabelle Montagne, que trabajó con condenados en el caso Pelicot, agrega otro elemento: estos grupos generan pertenencia y validación. “Se construyen vínculos que refuerzan necesidades narcisistas”, explicó a CNN.

El otro nivel: violencia banalizada en redes masivas

Sin embargo, reducir el problema a estos foros sería simplificarlo. Existe otra dimensión, más difusa pero igualmente relevante, que se despliega en plataformas de uso cotidiano como TikTok.

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Un adolescente cualquiera abre la aplicación después del colegio. Su feed combina humor, fitness, finanzas personales o discursos motivacionales. Entre esos contenidos aparece, casi sin ruptura, un video del trend “In case she says no” (“En caso de que diga que no”). En tono irónico, un joven ensaya posibles respuestas frente al rechazo de una mujer: movimientos de combate, agresiones o simulaciones violentas.

El video dura segundos. Se desliza. Pero se repite. Esa lógica, la repetición, la integración sin fricción, la apariencia de humor, es clave para entender la potencia de estos mensajes. No buscan necesariamente convencer de manera explícita, sino generar familiaridad.

La “manósfera” y su capacidad de infiltración

Este tipo de contenidos forma parte de un ecosistema más amplio conocido como “manósfera”: una red de comunidades digitales misóginas y antifeministas que ofrecen diagnósticos y respuestas frente a lo que definen como “crisis de la masculinidad”.

Si bien figuras como Andrew Tate son su cara visible, su eficacia no radica únicamente en esos discursos extremos, sino en su circulación difusa. Se infiltran en formatos aspiracionales, humorísticos o motivacionales, adaptándose al lenguaje de las plataformas.

Los algoritmos cumplen un rol central. Diversas investigaciones muestran que priorizan contenidos que generan emociones intensas, enojo, indignación, resentimiento, porque aumentan la interacción. En ese esquema, la provocación y el conflicto se vuelven activos valiosos.

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El efecto más profundo de esta circulación no es inmediato, sino cultural. Durante décadas, frases como “cuando una mujer dice no, en realidad quiere decir sí” funcionaron como base para deslegitimar el consentimiento. Las luchas feministas instalaron un cambio de paradigma con la consigna “no es no”, que reafirma el rechazo como límite claro e innegociable.

Sin embargo, lo que emerge en estos nuevos discursos digitales es un corrimiento más sutil y, a la vez, más peligroso: el paso del “no” como límite al “no” como obstáculo.

En esa lógica, el consentimiento deja de ser condición y pasa a ser una variable. Además, el rechazo no clausura la interacción, sino que habilita nuevas estrategias, y el vínculo se redefine como un espacio de competencia o control.

No siempre hay adhesión consciente a estas ideas, pero su repetición produce un efecto de sedimentación: se vuelven parte del sentido común.

De la cultura digital al delito

La conexión con los casos extremos documentados por CNN no es lineal, pero sí estructural. Los foros donde se planifican abusos operan sobre un terreno previamente abonado por la banalización de la violencia. En ese contexto, prácticas como drogar a una pareja o desconocer su consentimiento no aparecen como rupturas absolutas, sino como intensificaciones de lógicas ya naturalizadas.

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Los testimonios recogidos por CNN lo evidencian. Mujeres como Zoe Watts, Amanda Stanhope o “Valentina”, una sobreviviente italiana, fueron abusadas por sus propias parejas, muchas veces sin recordar lo ocurrido debido a la sedación. En varios casos, los agresores justificaron sus actos como “juegos sexuales”, una defensa que también apareció en el juicio contra Pelicot.

El fenómeno es difícil de dimensionar. Según la Organización Mundial de la Salud, este tipo de violencia está “subregistrada por diseño”. Muchas víctimas no denuncian por vergüenza, culpa o falta de memoria.

En Europa, además, no existen sistemas homogéneos de registro para los abusos facilitados por drogas. Datos de Inglaterra y Gales indican que el 43% de las agresiones sexuales involucran a parejas o exparejas, y crecen los casos donde la víctima estaba inconsciente.

A nivel regulatorio, las respuestas son fragmentarias. Plataformas como Telegram aseguran eliminar contenidos que promueven la violencia, pero grupos como los investigados lograron operar durante meses.

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Organismos como Ofcom han avanzado en sanciones, aunque muchas veces centradas en aspectos administrativos. A su vez, marcos legales como los de Estados Unidos limitan la responsabilidad directa de las plataformas sobre el contenido que publican sus usuarios.

Un fenómeno que crece en dos planos

La investigación permite observar dos niveles que coexisten y se potencian: uno visible y extremo, donde se organizan abusos concretos y otro cotidiano, donde la violencia se vuelve contenido, humor y entretenimiento.

El riesgo no es solo la existencia de redes clandestinas, sino la transformación progresiva de los marcos culturales que definen qué es aceptable.

Como planteó Gisèle Pelicot durante el juicio contra su exmarido, en una frase que se volvió emblema: “La vergüenza debe cambiar de lado”.