Viernes 18 de Agosto de 2023
Silenciosamente, y a pesar de ser declarada ilegal por el municipio y perseguida por las áreas de Control, Uber ha empezado a instalarse como opción de movilidad privada en Rosario. La Capital se subió a un coche para contar cómo es un viaje en una de las aplicaciones más famosas del mundo, y también una de las más controvertidas.
Todo comienza en el macrocentro. Al abrir la aplicación, hay mucha oferta de autos. Al pedir un coche, una vez marcado el destino en zona norte y aceptada la tarifa estipulada, en segundos el viaje es aceptado. El precio es más bajo que en Cabify, probablemente por el interés de Uber en hacer dumping para meterse en el mercado. El auto llega rápido. Es un Volkswagen Gol negro con el piso "planchado", es decir con la amortiguación baja. Primera situación inesperada: está más cerca de un clásico remís trucho que al auto de alta gama que flota en cierto imaginario.
Por pedido del chofer, hay que sentarse adelante. Es que temen a los controles: "Si me agarran, para sacarlo del corralón son 300 lucas. Te mata", comenta el conductor en busca de comprensión mientras prepara la ruta. Y advierte que, si aparece un control, les avisará a los pasajeros qué tendrán que decir, para ponerse de acuerdo en mentir sobre qué clase de relación los une. Por eso lleva el teléfono fuera de la vista, escondido en un compartimento a la izquierda, bajo el volante, con la voz del GPS prendida.
Enseguida aparece el primer inconveniente: no sabe configurar bien el destino solicitado y pide ayuda. Revela que no es de la ciudad. Hace seis meses que maneja Uber, pero no es su profesión principal y no lo hace todos los días. Aún no conoce algunas funciones de la aplicación y, si bien jura que sabe transitarla sin meterse en las zonas peligrosas, tampoco llega a mapear en detalle toda la difícil geografía rosarina.
El chofer se llama Fernando. Cuenta que es policía y los fines de semana maneja para la app. Es de un pueblo del sur santafesino, cumple funciones en Cañada de Gómez y, cuando visita a su novia en Rosario, hace un extra como conductor. Dice que muchos oficiales y gendarmes están conduciendo para Uber en Rosario. "Un adicional paga 500 pesos la hora. Por eso nadie quiere ir a trabajar a la cancha. Acá, una noche de fin de semana, hacés 2.500 pesos por hora", asegura mientras atraviesa el viaducto Ingeniero Emigdio Pinasco (Avellaneda).
Calcula que hay unos 500 choferes en la ciudad que hacen lo mismo. Incluso, sostiene que conoce taxistas que cubren viajes de Uber. La mayoría lo hace como él, de medio tiempo. Pero otros, con menos posibilidades, lo tienen como único sostén. Por ejemplo, nombra a un comerciante de 55 años que se fundió y que ahora se dedica full time a manejar. Hace 250 mil pesos por mes. "Dice que es lo único que sabe hacer", cita, y pronuncia cada palabra con cierta piedad.
Fernando arranca temprano, apenas anochece. Maneja cuatro horas y se va. De esa manera, haciendo tres turnos por semana, le agrega un extra de 120 mil pesos por mes a su magro sueldo de policía. "De alguna manera soy mi propio jefe. Cuando quiero me pongo fuera de línea en la aplicación y me voy con mi novia", larga y agarra bien el volante, mirando hacia adelante en la noche de avenida Alberdi, con cierto orgullo.
Las mejores noches son las de viernes y sábados. Los jueves, hay un poco menos de movimiento. Pero los días más fuertes Uber ofrece promociones para alentar a los choferes a manejar en los horarios más demandados, y el policía los aprovecha. "Los sábados, entre las 2 y las 4 de la madrugada, si hacés más de 10 viajes cobrás un bonus de 4 mil. Si empezás a sumar, te viene bárbaro", enumera.
Cómo cobran
Para cobrar, todos los conductores deben hacerse el monotributo. Fernando ya tiene obra social y aportes jubilatorios, así que sólo paga el mínimo, que está en 2 mil pesos. Todos los miércoles le depositan las ganancias en su cuenta. Uber se queda con el 20% de todos los viajes que hizo. "Los tipos que lo crearon son multimillonarios. Son unos genios", tira con admiración en un semáforo de Rondeau, y los ojos les brillan un poco, quizás de imaginar los lujos en los que viven. Su fantasía es interrumpida por un teléfono que suena. Lo saca de abajo del asiento. Es otro, no el que usa para la aplicación. Corta la llamada. En la pantalla decía un nombre y "jefe de policía".
El viaje está cerca de terminar. Fernando comienza a ver cómo hace para doblar a la izquierda en el ancho bulevar doble mano. "¿Me tengo que tirar a la derecha acá?", se pregunta. Y cuenta una última anécdota sobre cómo hizo para zafar un control policial. "Estaba dejando un pasajero cerca de unos Fonavis, zona jodida. Había cinco mutantes en la esquina fumando porro y viene la motorizada. Yo justo prendo la luz de adentro para agarrar la plata del viaje, y me ven. Deben haber pensado que estaba haciendo un maneje", relata con una mezcla de jerga de los uniformes y de la calle, en referencia a vender droga.
La historia sigue y se pone cada vez más tensa. Los agentes se le acercan, y le tocan la ventanilla con un golpe firme. La baja. Les entrega los papeles. Lo hacen descender del auto y lo interrogan. Duda, pero se identifica como lo hacen los policías entre ellos. "Soy empleado", les dice. "Estoy manejando un Uber", agrega. Le piden la identificación. Fernando tiene mayor rango que el que lo detuvo. El otro le dice "jefe" y le pide disculpas. Los dos se ponen a conversar. "Hay que parar la olla", le indica el motorizado con complicidad. Y esa frase al final de la anécdota lo resume todo. Inclusive esta crónica.