Domingo 28 de Julio de 2013
Todo el mundo es fruto de una historia: del deseo paterno y materno, de los avatares de la infancia, de lo que se hereda y se mama. Después, con la propia vida, cada quien hace lo que puede. La apuesta es a que sea mucho lo que se pueda hacer. O mejor, como cantaba Sinatra, hacer "a mi manera". Entre esas búsquedas ásperas, complejas, dolorosas, se inscribe la de Alejandro A., quien se define como el "varón trans con más edad de Rosario": 53. Mientras se hace los dos últimos estudios prequirúrgicos para una extirpación de mamas, cuenta que ya lo tiene decidido: luego pasará por otra operación, la genital. Y aunque hoy está solo, sueña con tener una pareja y adoptar un hijo. "Como cualquiera —afirma—, aunque es difícil... pero también es difícil para muchos heterosexuales. ¿O no?".
La historia de Alejandro parece el guión de una película. Cuenta que nació cuando su madre tenía 43 años, después de "perder a dos varoncitos". Todo un dato al que, sin embargo, no liga en absoluto con su orientación sexual.
Sin titubear, recuerda que "desde los 5 años" (criado obviamente como lo que era, una nena) ya le gustaban las chicas. "Mi mamá me ponía esos vestiditos de terciopelo que se usaban en esa época y salíamos a comer afuera. Pero yo luchaba contra eso y quería irme a la calle a mirar nenitas, porque siempre me sentí varón, siempre, siempre".
De hecho, contrariando todos los mandatos sociales y familiares, mantuvo su primera relación sexual con una mujer. "Pero yo no soy ni fui nunca lesbiana", aclara. Y de hecho, las únicas parejas que ha formado han sido con travestis. "Pasivas —puntualiza—, porque yo soy activo".
Nadie dice que sea simple entenderlo. No lo es. Quizás por eso, Alejandro sigue usando su nombre de mujer en el trabajo —adonde va vestido de manera "neutra", con jogging o vaqueros— y su familia ignora su condición de género. O, si lo intuyen, nadie lo dice.
"La única que estoy seguro de que lo tuvo reclaro siempre fue mi mamá", dice, "porque así son las madres". Pero nunca lo hablaron, ni siquiera en los largos años en que, tras la muerte de su padre, un profesional "que nunca habría soportado enterarse", Alejandro la cuidó en exclusiva.
Hoy mismo la mayoría de la gente lo llama "señor", pero hay quienes todavía le dicen "señora". Tiene barba (que se afeita cuando va a trabajar), producto de la terapia hormonal que recibe desde hace más de 20 años (dos inyecciones al mes), y ya pasó por dos operaciones de masculinización de su imagen: labios y mentón.
En poco más de un mes se someterá a una cirugía más radical: una adenomastectomía bilateral, que le practicará un equipo de médicos municipales en el Hospital Roque Sáenz Peña. Para explicar la pérdida de sus senos en el trabajo, si es necesario aducirá una enfermedad. "Porque lo que yo haga en mi vida privada o entre cuatro paredes es exclusiva cosa mía", afirma.
Y a futuro (confía en que no pase del año próximo) ya tiene decidido que se someterá a una cirugía de transformación genital. Tan poco duda de que es varón, que quiere tener un pene —de 16 a 22 centímetros, el diámetro no le importa— con una bomba neumática que le permita también una erección.
"Y al final soy como cualquiera: me gustaría encontrar una pareja como yo, que no se drogue, que no se chupe, que no ande de pura joda, y ahí ver de adoptar un hijo", dice, agradecido "en cierto modo" a la presidenta por el peso histórico de las leyes igualitarias —de matrimonio, de identidad de género, de fertilización— "que le han cambiado la vida a tanta gente".
Alejandro está convencido de que los trans más jóvenes "la tienen mucho más fácil", porque hoy pueden ingresar a tratamientos de hormonización desde muy temprano, sufren mucha menos discriminación que la que él vivió, pueden cambiar sus DNI, casarse y ser "más libres y respetados" en su condición de género.
Por eso, en su vida, haber encontrado amparo en el Area de la Diversidad Sexual del municipio fue todo un hito.