Trigo: las decisiones que permiten un 20% más de rendimiento que el promedio nacional

os productores Crea aplican más nitrógeno y fósforo y planifican la nutrición de toda la rotación. En el Congreso Nacional de Trigo, José Andrade mostró qué prácticas ayudan a aprovechar el potencial de cada ambiente

06:15 hs - Sábado 24 de Octubre de 2026

Los productores Crea logran rendimientos de trigo alrededor de un 20% superiores al promedio nacional, con una diferencia de manejo que empieza por la nutrición: aplican, en promedio, 30 kilos más de nitrógeno por hectárea y entre 5 y 7 kilos adicionales de fósforo. Pero la ventaja no se explica únicamente por la cantidad de fertilizante. La planificación de la rotación, el control de enfermedades y la elección de la fecha de siembra también contribuyen a aprovechar mejor el potencial de cada ambiente, explicó el ecofisiólogo José Andrade, investigador del Conicet y profesor de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires (Fauba).

Durante el panel “Causas de brechas de rendimiento en trigo desde perspectiva de corto y mediano plazo”, realizado en el X Congreso Nacional de Trigo que se llevó a cabo en Rosario, Andrade comparó información de la Bolsa de Cereales de Buenos Aires con datos de Crea. El investigador puso el foco en las diferencias en las dosis de nutrientes utilizadas.

En el caso del fósforo, señaló que los productores Crea suelen planificar la fertilización para toda la secuencia agrícola, con un criterio de reposición que va más allá de las necesidades de un solo cultivo. Los resultados mostraron el margen de mejora disponible. Mientras el rendimiento nacional promedió 3,3 toneladas por hectárea en los siete años analizados —sin incluir la última campaña—, el de los productores Crea rondó las 4 toneladas. Ese desempeño permite reducir la distancia respecto del potencial productivo, aunque todavía deja oportunidades por aprovechar.

“La brecha de rendimiento es la diferencia entre el rendimiento potencial y el que efectivamente alcanzan los productores a campo”, recordó Andrade, al tiempo que agregó que entre sus causas se encuentran las limitaciones de fertilidad, los daños provocados por insectos, malezas y enfermedades, y las decisiones de manejo que no se ajustan al ambiente, como una densidad inadecuada, una fecha de siembra incorrecta o la elección de una variedad poco adaptada.

Modelos de simulación

Para dimensionar las distancia, indicó que se recurrió a modelos de simulación con genotipos modernos, distintos suelos y series climáticas de al menos 30 años. El trabajo abarcó 25 sitios y estimó un rendimiento potencial en secano, es decir, sin riego, de 6,6 toneladas por hectárea como promedio nacional ponderado por superficie. Frente a las 3,3 toneladas efectivamente obtenidas, la brecha alcanza el 50%.

En la zona núcleo y el sudeste bonaerense, los potenciales se ubican cerca o por encima de las 7 toneladas por hectárea. Hacia el norte y el oeste, en cambio, disminuyen. También existe una fuerte variación entre campañas: en la zona núcleo, el potencial simulado puede oscilar entre 5 y 8 toneladas por hectárea, según las condiciones del año.

Durante su disertación en la Bolsa de Comercio de Rosario Andrade dijo que la variabilidad ayuda a entender por qué las brechas no siempre se achican cuando mejora el clima. En ese sentido, apuntó que el productor suele planificar para una campaña promedio y, cuando el ambiente ofrece condiciones excepcionales, no necesariamente cuenta con un planteo que permita capturar toda esa mejora. Así, en los años favorables puede ampliarse la distancia entre lo cosechado y lo que habría sido posible obtener.

En las zonas más áridas, como Chaco, Santiago del Estero, el norte de Córdoba y el oeste agrícola, la incertidumbre hídrica también condiciona las decisiones. La menor previsibilidad de las lluvias reduce la certeza de recuperar la inversión en insumos y contribuye a explicar brechas más amplias.

El análisis de los lotes permitió identificar cuatro factores de manejo especialmente relevantes: las dosis de nitrógeno y fósforo, el control de enfermedades foliares y la fecha de siembra. Incluso dentro de Crea aparecieron diferencias importantes entre establecimientos ubicados en ambientes semejantes, mencionó Andrade.

En Pergamino, por ejemplo, las aplicaciones superiores a 120 kilos de nitrógeno por hectárea se asociaron con los lotes de alto rendimiento. Entre las combinaciones de mejor desempeño también aparecieron dos aplicaciones de fungicidas y fechas de siembra anteriores al 15 de junio. Andrade aclaró, sin embargo, que estas asociaciones requieren validación experimental. Los análisis estadísticos no siempre permiten separar el efecto del manejo del correspondiente al ambiente, ya que los productores suelen aplicar más tecnología en los lotes donde esperan una mayor respuesta. Por eso, esos resultados deben interpretarse dentro de las condiciones en las que fueron obtenidos.

Los ensayos de fertilización balanceada aportaron otra señal del margen disponible. En un proyecto plurianual, el manejo orientado a alcanzar un balance neutro de nutrientes en la secuencia permitió sumar, en promedio, una tonelada de trigo por hectárea respecto de las dosis habituales del productor. El rendimiento llegó a 5,2 toneladas por hectárea, cerca del 80% del potencial nacional simulado. Para el investigador, el nivel constituye un objetivo razonable y alcanzable sin resignar eficiencia en el uso de insumos. También se comprobó una respuesta a los fungicidas en todos los sitios de referencia, aunque con diferencias entre variedades. La susceptibilidad a las enfermedades aumentó con la antigüedad de los cultivares, por la pérdida de eficacia de sus resistencias.

El cultivo antecesor

El cultivo antecesor fue otro factor destacado. En un ensayo de más de diez años en el norte bonaerense, el trigo obtuvo los mejores resultados después de la secuencia arveja/soja, seguida por soja de primera y arveja/maíz/maíz. Los rendimientos más bajos se registraron después de cereal de invierno/soja. La diferencia estuvo vinculada con la capacidad de absorber nitrógeno. Aun cuando todos los tratamientos comenzaron con una disponibilidad de 160 kilos de nitrógeno por hectárea, la absorción del trigo varió entre 80 y 160 kilos según el antecesor. Esa respuesta afectó tanto la captación de radiación como la eficiencia para transformarla en producción.

La mirada de mediano plazo amplió el diagnóstico. Andrade indicó que después de cinco años, las rotaciones más intensificadas mostraron mayores niveles de rastrojo, materia orgánica y carbono liviano, junto con mejoras en la porosidad, la infiltración y la estabilidad de los agregados del suelo, frente al monocultivo de soja y a la rotación tradicional de tercios, integrada por soja, trigo/soja y maíz.

La incorporación de arveja dos años antes del trigo, dentro de un esquema de cinco cultivos en tres años, permitió obtener 330 kilos adicionales por hectárea, una mejora del 6% respecto de la rotación de tercios. El beneficio se sostuvo tanto con niveles intermedios de nitrógeno como con planteos de alta disponibilidad inicial del nutriente, indicó.

A estos desafíos de manejo se suma un cambio en las condiciones climáticas. En los datos analizados, el techo de rendimiento del trigo mostró una caída marcada cuando la temperatura media de septiembre, octubre y noviembre superó los 17,5º. La mayor temperatura acorta las etapas del cultivo y reduce las posibilidades de aprovechar la radiación disponible.

El impacto de la temperatura

En la serie estudiada de los últimos 50 años, Andrade señaló un aumento de la temperatura media de ese trimestre de aproximadamente 1º cada 40 años. Mientras en las décadas de 1970 y 1980 el promedio rondaba los 16º, actualmente supera con frecuencia el umbral de 17,5º.

El mejoramiento genético permitió compensar parte de esa presión. En cuatro sitios bonaerenses, el análisis de los diez cultivares de mejor comportamiento por año mostró una ganancia cercana a los 70 kilos por hectárea anuales entre 2002 y 2022. Al mismo tiempo, las variedades históricas que permanecieron al menos diez años en la red registraron una caída de unos 20 kilos por hectárea al año, incluso con aplicación de fungicidas.

En ese escenario, el cierre de las brechas requiere combinar las decisiones de cada campaña con una planificación más amplia. “Las prácticas de manejo enfocadas en el mediano y largo plazo a nivel de sistema complementan a las medidas de corto plazo”, sostuvo el investigador durante su disertación en el X Congreso Nacional de Trigo, que reunió a investigadores y profesionales durante dos días en la Bolsa de Comercio de Rosario y una jornada a campo en la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional de Rosario (UNR), en Zavalla.