Viernes 09 de Octubre de 2020
“Emily en París” es un cuento de hadas contemporáneo. No necesariamente del estilo de “Cenicienta”, aunque el amor -y sobre todo el sexo- es parte importante del relato. Emily es una heroína actual, una profesional del marketing que trabaja para una agencia internacional con sede en Chicago. Una circunstancia imprevista hace que sea elegida para ser enviada por la empresa a París como parte de un acuerdo contractual con una subsidiaria francesa. El contratiempo es que Emily no habla francés, pero ella resuelve esa carencia con su inagotable actitud proactiva: soporta las humillaciones y desplantes de su jefa y las burlas iniciales de sus compañeros con su inquebrantable voluntad, su espíritu pragmático y emprendedor, su ingenio para resolver problemas y una simpatía a prueba de todo.
Aunque no faltan algunos dramas menores, la serie privilegia la comedia, un estilo muy bien resuelto por la protagonista Lily Collins, también productora del envío, y un elenco eficaz elenco de intérpretes franceses y estadounidenses. La ligereza y los momentos inverosímiles del relato son compensados por apuntes irónicos sobre las diferencias culturales y sobre todo por una producción que muestra París en todo su esplendor.
Quien haya visto, también en Netflix, la serie francesa “Ten per Cent” encontrará varias similitudes en esta comedia. El humor incisivo del envío galo es reemplazado en este caso por diálogos ágiles y un ritmo que hacen de “Emily en París” resulte un producto, aunque bastante previsible, también disfrutable y magníficamente producido.