Domingo 28 de Marzo de 2021
Raúl Lavié tiene 83 años y no para de subirse a los escenarios. Con un entusiasmo propio de los primeros años de carrera, el emblemático cantor rosarino emprendió un homenaje celebratorio de la obra de Astor Piazzolla, el espectáculo “Piazzolla Inmortal”, que se presentará los próximos 16 y 17 de abril en el teatro El Círculo. En el centenario del nacimiento del gran bandoneonista y compositor, Lavié convocó a ocho jóvenes músicos bajo la dirección del maestro Agustín Cetratelli, quienes rescatarán el estilo del octeto respetando los arreglos originales de Piazzolla. También estará el mítico quinteto, que aquí forman músicos menores de 30 años “tal cual lo soñó Astor”, dice Lavié, sumados a cantantes de una nueva generación representados por Cé Suárez Paz y Franco Sacarías.
En diálogo con La Capital, el cantor contó cómo es el tributo que trae a Rosario, recordó su amistad y sus años de trabajo junto a Piazzolla, y también la enorme lucha para defender un nuevo estilo dentro del tango.
—¿Cuándo fue la primera vez que oíste hablar de Piazzolla?
—A comienzos de 1960 yo ya estaba relacionado con el mundo del tango y sabía de la existencia de Astor, pero no lo conocía. Hubo un momento en el que él me llama por medio de otras personas para un proyecto que tenían en manos, similar a lo que posteriormente fue “María de Buenos Aires”. Y no se hizo. Había un tema en el libro relacionado con los psicoanalistas, y eso molestaba bastante al gobierno militar del momento, como tantas otras cosas, y entonces decidieron dejarlo para otra oportunidad, pero quedamos amigos. Yo me voy a vivir a México en 1965, y él empieza a escribir con Horacio Ferrer “María de Buenos Aires”. Me quisieron llamar para estrenarla, íbamos a hacer la pareja con Egle Martin, pero yo estaba en México y Egle por problemas personales tampoco lo hizo, y es cuando aparecen Amelita Baltar y Héctor de Rosa. Cuando volví en 1969, yo ya tenía en mi cabeza los temas de Piazzolla que había conocido, y me dije “esta es la música que yo tengo que hacer, acá me representa una nueva forma de sentir lo que es la música de Buenos Aires”. Porque yo pertenecía por edad a jóvenes que estaban buscando ser representados por otro tipo de música: llegaban temas de Paul Anka, Neil Sedaka, Elvis Presley o los Beatles, cosas que influyeron muchísimo en la juventud, y por supuesto también en mí, que era un trashumante de la música, que cantaba de todo, hasta en inglés... Pero me gustaba esa nueva posibilidad de expresarme cantando tango, y ahí comenzó mi admiración por la música de Astor. Así, en 1970 me negué a grabar un disco de tangos clásicos para ser la contra de Rubén Juárez, y el director de la compañía me preguntó qué quería grabar, y le dije “temas de Astor Piazzolla”, pero no hubo demasiado entusiasmo, porque consideraban que no era un producto comercial, y era muy discutido. Entonces, como yo no quería grabar otra cosa, me proponen un trato por el cual yo podía grabar música de Piazzolla, elegir el director y los músicos, pero si no pasaba nada, yo tenía que hacer lo que ellos querían, y acepté. Nos dimos la mano, grabé y fue un éxito, al punto de que seguí grabando temas de Astor. Y ese fue el puntapié inicial para mi defensa de la música de Astor, que me costó mucho porque no era bien querido, le decían “el asesino del tango”.
—¿Y qué pasó luego?
—Se tuvo que ir, impuso su música, buscó en los viajes y en el mundo la forma de expresarse, pero sin olvidar los genes de la música de Buenos Aires. Astor decía “está bien, no hago tango, hago música de Buenos Aires”. Y creo que con eso quería cortar la guerra entablada entre quienes decían “esto es tango y lo de Piazzolla no”. Entonces le puso fin diciendo “está bien, esto es música de Buenos Aires escrita por Piazzolla”. Y ahí seguimos siendo más amigos. Con “La bicicleta blanca”, yo fui uno de los primeros prohibidos por el gobierno militar de Onganía. Y nos juntamos una vez con Astor para ir a preguntar las razones por las cuales no era aceptado. Y después que visitamos casa de gobierno donde fuimos atendidos por un militar que trabajaba en comunicaciones, que no nos dio explicación alguna, salimos de ahí riéndonos de la medida absurda de prohibir un tema musical que hablaba bien de Dios. Astor me dijo: “Acá no prohibieron a Piazzolla, te prohibieron a vos que cantaste «La bicicleta blanca», entonces te corresponde que este tema sea tuyo”. Y tanto él como Horacio Ferrer me lo dedicaron y a partir de ese momento pasó a ser mío, a modo de reconocimiento a mi lucha por su repertorio. Después con el tiempo hicimos giras por Latinoamérica y Japón. También lo fui a visitar a París, donde vivimos en el mismo edificio, y nos juntábamos para ir a comer y a ver sus actuaciones. Una noche al lado nuestro se sentó Esther Williams, una estrella de Hollywood. La gente lo reconocía por la calle y le agradecía, lo aplaudían en los restoranes. Así pasaron muchos años, seguimos siendo siempre amigos. Cuando se enfermó no quise verlo, preferí reservarme la imagen de su vitalidad y su lucha por imponer su música, que me enseñó a mí también a hacerlo, porque yo también luché mucho por imponer mi estilo de canto.
—¿Cuánto te cambió en tu forma de canto la música de Piazzolla?
—Me cambió tanto que también consideraban que yo no cantaba tango. Pero no me importó porque pensé: “¿Por qué tengo que cambiar mi sentido de expresarme musicalmente porque a los señores no les gusta como yo canto tango? Si no les gusta, que no me escuchen”. Y así seguí adelante, y hoy a los 83 años soy uno de los más importantes cantantes de Argentina relacionados con el tango, a pesar de que también ando dando vueltas con otros tipos de música. Cuando cantás “Chiquilín de Bachín” parece que querés llenar algo que está vacío. Yo sentí que estaba expresando el paisaje que yo conocía, el Buenos Aires que yo caminaba, que no era el del 40 o el del 50. A pesar de que llegué ahí en 1956 y debuté en Radio El Mundo, la ciudad fue cambiando, la música era otra, la forma de expresión y el léxico también. Los jóvenes pensaban distinto y era una nueva forma de vida de Buenos Aires, muy distinta a lo que el tango pregonaba. Aclaro que soy un admirador profundo de los buenos tangos clásicos, de Cadícamo, Cobián, los hermanos Expósito, Troilo y Salgán. Y le pasaba lo mismo a Astor, que admiró profundamente a Aníbal Troilo, que formó parte de su orquesta y fue su arreglador, hasta que en el 46 formó su propia orquesta.
—¿Cuándo empezaste a pensar este espectáculo que te trae a Rosario?
—Durante la pandemia, y ante el acercamiento de la fecha de los 100 años de nacimiento de Astor, pensé que tenía que hacer un homenaje, un reconocimiento. Y comencé a pensar de qué manera desarrollarlo, recodando algo que me dijo Astor. El me decía que quería que su música sonara en el 2000 y en el 3000 también, era su sueño, y que fueran los jóvenes los encargados de que su música perdurara. Perfecto, entonces yo voy a armar un espectáculo con músicos jóvenes. Y armé un quinteto con jóvenes de 30 años para abajo, que aman a Piazzolla. También lo convoqué a Juan Carlos Cirigliano, pero no puede arreglar con él porque este espectáculo sale mucho dinero. Pero sumé a jóvenes que tocan maravillosamente bien para suplantarlo, y hay dos cantantes: Cé Suárez Paz, la hija de Fernando Suárez Paz, que fue violinista de Piazzolla hasta el último instante en el quinteto, y Franco Sacarías, que tiene 22 años. Y debo destacar y reconocer que la prestigiosa coreógrafa Pecky Land, cuando le conté que estaba todo armado por mí y nos jugamos por esto, se sumó, y también la productora Marita Guercio, que hicieron que siguiera adelante, porque el presupuesto es muy grande. En Buenos Aires lo presentamos el 9 de abril en el teatro Broadway. Y Pepe Grimolizzi lo quiso llevar a Rosario y no sólo con una fecha, sino con dos, y en el teatro El Círculo, donde a los 15 años pisé por primera vez un escenario. Para mí este espectáculo tiene un montón de connotaciones emocionales y realmente lo voy a disfrutar como nadie.
—¿Cómo diste con tantas personas jóvenes?
—Hay mucha gente que gracias a Astor se ha empezado a meter en el mundo de la música y lo admiran profundamente y estudian muchísimo. En Japón conocí orquestas que tocan los arreglos de Astor mejor que las argentinas. Y los tocan como tangos, o sea, hay que desmitificar que la música de Astor no es tango. Porque cuando le ponés el tiempo del tango suenan como tal, pero con la creación melódica y acordes de Astor que son más modernos que los de las orquestas tradicionales.
—¿Cuál fue la canción de Piazzolla que tuviste que ensayar o grabar mucho porque la emoción no te permitía seguir interpretando?
—Hubieron varias. “Los pájaros perdidos” es un tema maravilloso, que no lo voy a cantar yo, se lo voy a dar a Franco Sacarías para que intente un tema importante, para que se juegue en ese tema. “La bicicleta blanca” es un himno, a tal punto que cuando se casó Horacio Ferrer yo la canté en la Iglesia. Al revés de la prohibición que tuvo, el padre que bendecía la boda lagrimeaba cuando la escuchó, y me agradeció el mensaje divino que estaba dando a la gente. Ese tema me emociona cada vez que lo canto. Y “Chiquilín de Bachín” es otro, porque lo conocí al Chiquilín cuando íbamos a comer a Bachín. E imaginate lo que fue para mí estrenar “Adiós Nonino” frente a Astor. Me llama Eladia Blázquez, muy amiga mía y defensora también de la producción de Piazzolla, y me dice: “Quiero que vengas a escuchar un tema que recién termino”. Voy a la casa, ella se sienta al piano y empieza a cantar “Adiós Nonino”, y yo me quedé loco. Se me ponían los pelos de punta, lagrimeaba. Y después lo canté en Mar del Plata, frente a Astor y su familia, y fue el momento más emocionante de toda la carrera que tengo. Estaba la madre todavía viva y a él lo distinguían como ciudadano ilustre, y con un grupo de músicos le dedicamos “Adiós Nonino”.
—¿Tu relación con la familia se extiende más allá de Astor?
—Yo fui el cantante, como siempre digo, víctima de la familia Piazzolla. Canté con Astor padre. Con Daniel hijo. Y con Pipi, el nieto, hace poco hicimos un concierto maravilloso en el teatro Colón. Agradezco que el Colón haya abierto sus puertas para agasajar al mayor músico argentino del último siglo que se llama Astor Piazzolla.
—¿Qué sentiste esa noche?
—Una satisfacción personal, porque dije “yo creí en esto, y acá lo esto viviendo”. Me estaban aplaudiendo por los temas que defendí para hacerlos conocer frente a un público que de pronto me gritaba “bueno, ahora cantante un tango”. Y me daba mucha bronca, como a Astor. Nada más que yo no era tan peleador como él, pero igual les contestaba algo. Así que todo esto significa que no estaba equivocado, y ese es el mayor premio que puedo tener. Y espero tenerlo también con este espectáculo, que tiene muchos proyectos. Ya hay contactos para llevarlo a España, a Francia y a otros lugares de Argentina.
Fabián Gallardo, otro rosarino en el Colón
Más allá de la presencia de Raúl Lavié en la celebración por el aniversario 100 del nacimiento de Astor Piazzolla, otro músico rosarino formó parte de los festejos en el teatro Colón. Fabián Gallardo se presentó una de las noches en formato trío (teclado, guitarra y trompeta) con Sergio Vainikoff y Miguel Angel Tallarita, interpretando cinco canciones, entre las que se encontraban “Reminiscencias” y “Años de soledad”. “Ambos forman parte de «Reunión cumbre», disco de cabecera de mi viejo, que yo escuchaba de fondo en el living de casa. Haber tenido la oportunidad de tocar en vivo eso, en ese teatro, me disparó a imaginar una charla con mi viejo en esa época, en la que yo le digo que dentro de 30 años voy a estar en el Colón tocando esos temas, y él se hubiera cagado de la risa”, reflexionó Gallardo mientras describe esa noche como “inolvidable” y “una experiencia increíble y un gran honor estar ahí metido entre todos esos músicos”.