Jueves 13 de Julio de 2023
La escritora Mariana Enríquez sale a escena y la recibe una ovación. Es miércoles a la noche y el teatro El Círculo está colmado, a pesar del frío intenso y la lluvia helada que persistieron durante toda la jornada en la ciudad. Arriba del escenario, la esperan el artista de visuales con arena Alejandro Bustos y el contrabajista Horacio “Mono” Hurtado, una pantalla gigante, una pequeña tarima, dos sillones, una lámpara, unos atriles con textos.
Mariana saluda como si entrara a una pequeña reunión en el living de una casa. Dice “Buenas noches”, agradece la presencia del público y anticipa un poco lo que va a ocurrir. Se sienta a leer, otra vez como si lo hiciera para un pequeño grupo de amigos. La intimidad en la siempre imponente sala de El Círculo se construye con facilidad, inmediata: la puesta tiene el despliegue y la combinación justa de elementos y la audiencia está dispuesta. Pero, sobre todo, hay algo en la personalidad de Enríquez, ese carisma despojado de pretensiones, que es desde el primer momento la clave, el agua que refresca y conduce “No traigan flores”.
La noche comienza con un texto en referencia al título del espectáculo, que antes de llegar a El Círculo llenó el Teatro Coliseo de Buenos Aires y la Sala de las Américas en Córdoba. Un relato de no ficción (o algo así) sobre el vínculo problemático de la escritora con el juego de la copa: una “recaída” en el hábito de la tabla Ouija, el espectro de una vecina suicida que visita y agradece por las flores que solían dejarle cuando se hacían largas y ruidosas fiestas en el departamento que aloja la invocación. Enríquez cuestiona por qué no se creería en la copa, si se confía en la Virgen María o en el Reiki. “Cada quien elige su paganismo”, sentencia la escritora, y esa frase también parece poder enmarcar este ritual donde nada será sagrado.
Alejandro Bustos impacta desde el comienzo con sus ilustraciones en arena, proyectadas sobre en la pantalla que sirve de trasfondo a toda la puesta. Se materializan, breves y efímeras, las escena. Se multiplican y desaparecen las representaciones de fantasmas y muertos, los personajes más recurrentes en las historias de Enríquez, las de ficción y las de “no tanto”.
El experimentado Mono Hurtado improvisa melodías en el contrabajo, y hace sonar con maestría cada milímetro del instrumento, para crear siempre el clima justo. Junto a la prosa y la voz de Enríquez, que también lee sin pretensiones, el encanto es total. Hay algo completamente hipnótico en el conjunto.
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En dos breves intervalos, Enríquez sale de escena y sus partenaires sostienen el show. Con la musicalidad siempre a tono de Hurtado, Bustos proyecta en pantalla una selección de “fan art”, las piezas artísticas hechas por fanáticos que ilustran personajes de la obra de la escritora. De esa devolución comprometida de los lectores nació la idea de “No traigan flores”, un espectáculo que gira por el país para poner a Mariana en contacto directo con su público. Una apuesta por sacar a la literatura de los pedestales de bronce, de los nichos porteños, de las conversaciones solemnes y eruditas, y afirmarla como un hecho popular. Cada quien elige su paganismo.
A lo largo de las dos horas y media que dura el show, Enríquez repasa cuentos de sus libros, textos a pedido para revistas extintas sobre amores que se vomitan y maternidades que aterrorizan, colaboraciones pandémicas y eróticas (“El año de la rata”, junto al Dr. Alderete), y por supuesto, fragmentos de la novela “Nuestra parte de noche”, que la consagró definitivamente a nivel mundial. En medio de las lecturas, Mariana se interrumpe y hace acotaciones con una chispa auténtica, envidiable. Entretiene sin esfuerzos, como una maestra de ceremonias nata. "Esto no es verdad", aclara a veces, pero siempre parece porque el artilugio es preciso.
Una escritora que habla de bebés muertos, casas que comen gente, rockeros condenados y amantes suicidas llena un teatro enorme y hace reír al público a carcajadas. La secuencia es insólita. Y lo insólito suele ser fascinante.