Jueves 31 de Marzo de 2022
Una embarcación explota en el medio del mar y Pietro sobrevive. Cuando pensaba que sólo lo acompañaban los cuerpos muertos flotando a su alrededor descubre que no estaba tan solo. ¿Cómo es el vínculo con el otro cuando uno está a un suspiro de perder la vida? Ese es uno de los disparadores de “La encomienda”, el tercer filme de Pablo Giorgelli, después de su debut con la premiada “Las acacias” e “Invisible”. La película, que se estrena hoy, a las 19.30, en el cine Arteón y tiene una nueva función el martes próximo, es la primera producción que el director porteño hace fuera de su país, en la que contó con el protagónico del actor italiano Ettore D’Alessandro (Pietro), el argentino Marcelo Subiotto y el dominicano Henry Shaq Montero. En diálogo con La Capital, Giorgelli dijo que “La encomienda” habla esencialmente de “un mundo dominado por un capitalismo que se deshumaniza a una velocidad alarmante y que pareciera avanzar ciego hacia su propio colapso”.
—”La encomienda” es una película de náufragos que siguen viviendo con las mismas reglas que hay en tierra firme. ¿Ni siquiera estar al borde de la muerte puede liberar las ataduras del sistema?
—Somos seres curiosos los humanos. “La encomienda” es para mí una película de náufragos, que alberga casi todos los elementos del género, pero trabajados desde otra clave. Cuando empezamos a escribir (junto a Adrián Biniez y Ettore D’ Alessandro) enseguida el relato se me arma en dos andariveles dramáticos: por un lado la línea más evidente en este tipo de películas vinculada a la supervivencia; por el otro la dimensión política del suceso: ¿cuál es la causa primigenia que hace que estos tipos terminen a la deriva en medio del océano? Y de esto último es de lo que habla la película esencialmente, del mundo que estamos construyendo. Un mundo dominado por un capitalismo que se deshumaniza a una velocidad alarmante y que pareciera avanzar ciego hacia su propio colapso, generando un círculo vicioso e infinito de mercancías y deshechos casi en la misma medida, y cuyas consecuencias son, entre otras, una avalancha de migrantes desesperados que se lanzan como pueden hacia ese supuesto primer mundo que, cuando logran llegar, en la gran mayoría de los casos los recibe como engranajes de la maquinaria que alimenta el sistema. En este contexto, desolador, me gustaba la idea de explorar el peso de las creencias y los prejuicios que arrastramos sin pensar, de un modo absurdo, incapaces a veces de desactivarlos a lo largo de toda una vida a pesar del perjuicio, la angustia y el dolor que nos causan.
—Filmar en el agua debe haber sido una tarea sumamente compleja, tanto para un director como para los actores. ¿Qué consignas básicas mantuviste para que, encima en pandemia, el rodaje tuviera que ver con el disfrute y no con el sufrimiento por estar mojados en casi toda la película?
—El rodaje fue alucinante, ¡puro disfrute! Siempre me involucro especialmente para, dentro de mis posibilidades, que el clima en rodaje sea amoroso y enriquecedor para todos los que participamos en él. Para mí la posibilidad de hacer una película es casi una bendición. En mis películas anteriores (“Las acacias”, “Invisible”) también lo hice así. Para aquellos que nos gusta hacer películas los rodajes son una etapa del proceso muy exigente, un cuello de botella, no tiene sentido pasarla mal y no hay motivo para que así sea. Me gusta ir a filmar con esta mentalidad. Y en cuanto a “La encomienda”, a pesar del contexto pandémico (la película se rodó en septiembre y octubre de 2020, cuando aún no había vacunas y con un montón de protocolos en relación a esto) fue un rodaje muy amoroso y divertido también. Tanto los productores, como los actores y el equipo técnico (en su mayoría dominicanos) han sido de una generosidad y una entrega infinita, sin la cual la película no hubiera sido la misma. Pero fue una película complicada y exigente de rodar. El agua es un elemento que no dominás fácilmente, te cansa mucho, y hay que adaptarse a cada momento (la película se filmó en el tanque de agua de los Estudios Pinewood en Dominicana, especialmente construido para rodajes acuáticos). Y filmar todo el tiempo a cielo abierto en un lugar como el Caribe, donde el clima cambia a cada momento es un desafío permanente. De todos modos, a los dos o tres días ya me sentía como si hubiera filmado toda la vida en el agua. Tal vez los mayores desafíos hayan sido las escenas de tormentas y las submarinas, nunca había filmado ese tipo de escenas y hay que entender cómo entrarles. Pero más allá de estas consideraciones, para mí, siempre, lo central es el trabajo con los actores. Ellos son la película.
—Tu cine tiene una tendencia a los finales abiertos y “La encomienda” sigue esta línea. Más allá de que no se te pide un final rosa hollywoodense, ¿por qué apostaste a otro final en el que, como si fuera una serie, da la impresión que queda la puerta abierta para lo que sigue?
—Es algo que me ocurre habitualmente. Por el punto de vista que, hasta ahora, tienen mis películas no puedo pensar en un final conclusivo (que sería más bien el final del autor que de los personajes). En realidad lo que pienso es en qué momento dejo de acompañar con mi cámara a mis personajes, en qué momento me retiro y los despido. No hay final, ellos siguen, y yo no sé qué ocurre después. Y cada espectador puede imaginar, si se conecta y lo desea, qué habrá sido de la vida de cada personaje después de la película. Entiendo que existe una costumbre muy fuerte, especialmente en nuestra cultura occidental, en relación al final como cierre, como remate. Y también sé que la carencia de finales así muchas veces frustra a un grupo nutrido de espectadores pero, en las películas que hice hasta ahora, no podía pensar el relato en términos de comienzo y de final, sino más bien de “fragmento”. No hay un final, la vida de los personajes continúa, y existe antes de la película.
—Es tu primera película fuera de la Argentina, ¿qué recorrido tuvo en festivales y qué caminos te abrió para futuras producciones?
—”La encomienda” tuvo su estreno internacional en el último Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. Un comienzo hermoso, a sala llena todas las funciones, cosa que, luego de lo que significó la pandemia con cines cerrados y gente asustada, fue como un pequeño milagro: vivir nuevamente la experiencia de la sala oscura. Y ahí, con la experiencia colectiva, pasa otra cosa, algo que no ocurre del mismo modo en el living de tu casa frente a una tele. Los directores siempre decimos lo mismo, defendiendo la proyección en la sala, pero en este caso, “La encomienda” es una película especialmente pensada para ser vista en una sala de cine. La película propone desde la puesta visual y el trabajo sonoro una situación inmersiva y sensorial mediante la cual creo que se puede conectar con esa deriva en medio del mar en todo su esplendor. Y mientras “La encomienda” hace su recorrido por salas y también por los festivales, yo estoy trabajando en la que será mi próxima película. Se llama “Trasfondo”, está basada en la novela homónima de Patricia Ratto, y cuenta la expedición de un submarino argentino durante la guerra de Malvinas. Así que seguimos en el mar.