"El Conde": Una apuesta ambiciosa, una sátira fallida
Calificación: Regular. Intérpretes: Jaime Vadell, Gloria Münchmeyer, Alfredo Castro y Paula Luchsinger. Género: comedia negra. Director: Pablo Larraín. Emisión: Netflix.

Domingo 24 de Septiembre de 2023

La dictadura de Augusto Pinochet ha estado presente, en forma directa o indirecta, en varios filmes de Pablo Larraín, como “Tony Manero” (2008), “Post Mortem” (2010) y “No” (2012). Sin embargo, en su nueva película, “El Conde”, el director de “Jackie” y “Spencer” se mete de lleno con la pesada figura del dictador que gobernó Chile entre 1973 y 1990. No lo hace en forma de biopic fragmentada o ensoñada (su formato preferido), sino que va más allá y hace una apuesta muy ambiciosa: su Pinochet es un vampiro, uno que ha hecho daño por siglos pero que ahora está cansado y quiere morirse, dejando que su mujer y sus hijos se peleen por su fortuna.

En principio el planteo es atractivo y la presentación del personaje es mejor todavía. Una voz en off en inglés (después sabremos por qué el relato es en inglés) cuenta la historia de Claude Pinoche, un vampiro que de joven se convierte en oficial del rey Luis XVI de Francia, que luego deserta cuando rueda la cabeza de María Antonieta, y que a lo largo del tiempo combatirá las revoluciones en Haití, Rusia y Argelia hasta instalarse definitivamente en Chile con el nombre de Augusto Pinochet. El Conde en cuestión llega hasta el presente después de haber fingido su propia muerte. Ahora Pinochet está avejentado (en la piel de un formidable Jaime Vadell), se arrastra con un andador y se siente humillado porque lo acusan de ladrón y corrupto en lugar de reconocerlo como genocida “de rojos”. Vive con su esposa Lucía Hiriart, una cínica manipuladora, y con su mayordomo Fyodor (soberbio Alfredo Castro, como siempre), que supo ser el principal asesino y torturador de su gobierno. Durante algunas noches, sale a cazar a jóvenes víctimas, les extirpa el corazón y lo procesa en una licuadora.

Larraín hace una apuesta arriesgada con la mixtura de géneros (cine fantástico, de terror, comedia negra, drama político) para construir la sátira que pretende ser “El Conde”, pero los resultados se quedan a mitad de camino. El director chileno nunca encuentra el tono adecuado y la potencia inicial de la película y su feroz alegoría política se terminan diluyendo. Como sátira no es graciosa, como film de terror no asusta y como drama no conmueve. Los personajes secundarios también funcionan a medias. Los hijos del dictador son tan codiciosos como brutos, y sólo provocan una sonrisa a medias, y la joven monja que llega a la decadente mansión para exorcizar a Pinochet y ordenar sus escondidas cuentas podría haber tenido más desarrollo.

Allí donde falla como sátira, “El Conde” triunfa en los aspectos más formales. La fotografía en blanco y negro (gentileza de Edward Lachman, que trabajó en muchos films de Todd Haynes), le regala a la película varias secuencias visualmente fascinantes, con claras influencias del expresionismo alemán. Uno desearía que la cámara se quede en esas imágenes hipnóticas por más tiempo, pero la voz en off regresa enseguida para subrayar asuntos que no necesitan de tanta explicación. Larraín deja nulo espacio para la imaginación del espectador, y tampoco toma en cuenta que la sola figura de Pinochet es mucho más siniestra que los peores vampiros de la historia.

El Conde | Tráiler oficial | Netflix