El cazador oculto: "Algo huele mal en las tardes de la pantalla chica"
Hamlet tenía razón: “Algo huele mal en Dinamarca”. Lo escribió William Shakespeare allá lejos y hace tiempo, en una obra que conserva intacta su actualidad, aunque ya no haya reyes, lacayos, cortes ni bufones.

Domingo 01 de Noviembre de 2009

Hamlet tenía razón: “Algo huele mal en Dinamarca”. Lo escribió William Shakespeare allá lejos y hace tiempo, en una obra que conserva intacta su actualidad, aunque ya no haya reyes, lacayos, cortes ni bufones. Acaso sí, pensándolo bien, hay bufones, el problema es que no hacen reír a nadie y si lo hacen, en un mundo devaluado como el de hoy, no es con ironías finas, ni críticas mordaces y mucho menos atreviéndose a perder la cabeza en el intento.

Las chicas de “ShowMatch” son bufones, las viejas también. Son bufones en la corte del rey más cruel, insensible y ambicioso que haya gobernado este país de las maravillas. Sus mohines de niña inocente, sus movimientos de diva de cabaret, sus lágrimas de viudas de los jueves son la sal de su número cómico. Y, aunque se esfuerzan, bailan en el caño, patinan en el hielo, actúan grandes musicales, no hacen gracia. Ni al rey que mira sin ver la pantalla ciega del televisor.

Alguna vez lo hicieron y se ganaron el derecho de desfilar por todos los programas que se alimentan de las sobras del gran show. Los que se disfrazan de críticos implacables y, en realidad, no hacen más que repetir como loros lo que hacen los otros, los que dicen aborrecer. Y lo hacen en su propio beneficio, sin exprimir una neurona, sin gastar una moneda, sin hacer más que poner a grabar la videocasetera y después, con gesto de paladines de la justicia, levantan el dedo acusador.

Los hay peores, que duda cabe. Los hay aún con menos escrúpulos. Son los que a media tarde sólo quieren aprovecharse de la apacible agonía de las amas de casa que, presas en el “hogar dulce hogar”, no tienen nada mejor que hacer que sentarse a ver la televisión. Y lo hacen de la peor manera: exacerbando el morbo que, a esa hora, entre el sopor cansino de la siesta y la tristeza de los sueños rotos, es un monstruo de mil cabezas. Insaciable, voraz, desgraciado, que clama por sangre, sudor y lágrimas.

Y si eso es lo que quiere, hay que dárselo. Servido en bandeja de plata. Con guantes blancos, rosas rococó rosadas y una copa de fino cristal donde burbujee incesante un rico champagne francés y, si el presupuesto no da para andar poniéndose en gastos, entonces que sea té frío, con un chorrito de soda, total, para la gente es lo mismo. No se da cuenta de nada. Lo que importa es el show, que debe continuar, pase lo que pase. Y el show a las cinco de la tarde es gore puro. Un río de cabezas aplastadas por el mismo pie.

A esa hora es lo mismo una guerra de vedettes armada para vender la temporada en Mar del Plata y el divorcio salvaje de un futbolista y la botinera de turno. Un test de embarazo de una modelo de book de hotel tres estrellas y la rinoscopía de una estrella caída en desgracia, de un balcón o de la marquesina de un teatro de calle Corrientes, da igual. La fiesta de casamiento del chico del momento, con torta, fiesta y luna de miel en la isla de Caras y el encuentro furtivo entre un veterano de la televisión y una chica fácil.

s lo mismo, si se puede vender en las tandas con una fanfarria estridente y una voz en off que prometa el fin del mundo en technicolor, va al aire. No importa que la bomba atómica a punto de explotar que aparecía en los anuncios no fuera más que un petardo con la pólvora mojada que quedó de la fiesta de fin de año del 73. Lo que importa es la explosión, sacudir la modorra de la gente a la que en sus casas, a esa hora, se le cierran los ojitos, aburrida, de tanta nadería de ocasión, de tanta tontería televisada.

No es novedad que para calentar el rating vale todo. Hasta revelar, con pelos y señales, el informe de un detective privado de poca monta, un Phillipe Marlowe de Villa Alsina, sobre las andanzas de la esposa de uno de los zares de la televisión, recién casado en segundas nupcias con una señorita muchísimo menor que él y tan odiado como amado en el ambiente, que no quiere envejecer, que no quiere quedar ante el gran público como la víctima, y monta una escenita romántica con una “amiguita” que compró en un todo por dos pesos.

Esa es la cruda verdad del reino. Una verdad que huele mal, como la Dinamarca de Hamlet.