"Chau Buenos Aires": El fantasma del 2001 en una historia que respira tango
Calificación: Buena. Intérpretes: Diego Cremonesi, Marina Bellati, Mario Alarcón, Carlos Portaluppi, Manuel Vicente, Rafael Spregelburd, Luis Ziembrowski. Género: Comedia dramática. Dirección: Germán Kral. Salas: Hoyts, Showcase

Jueves 14 de Diciembre de 2023

Lo primero que impacta de “Chau Buenos Aires” es el temor a que aquel fantasma del corralito de diciembre del 2001se convierta en realidad más de dos décadas después. Esa historia, que fue peor que una película de terror y que desembocó con el presidente De La Rúa huyendo en un helicóptero desde Casa Rosada, atraviesa el derrotero de Julio (Diego Cremonesi), el personaje central del film de Germán Kral, que viene de una larga trayectoria en documentales y aquí debuta en el género ficción, con algunos puntos a favor y otros en contra. Julio tiene una zapatería familiar y toca el bandoneón en la orquesta Los Vecinos de Pompeya. Todos los músicos que tocan con él también tienen otra actividad: el violinista (Manuel Vicente) es un docente que no negocia con los poderosos; el contrabajista (Rafael Spregelburd) es un mecánico trucho que es capaz de robarle el motor del auto de un amigo para revenderlo; y el pianista (Carlos Portaluppi) es ludópata y no dura en ningún trabajo ni en su matrimonio por la adicción al juego. Lo bueno de esta película es que todos los personajes respiran argentinidad, pero lo malo es que eso genera demasiados lugares comunes y linkea con películas ya vistas de Juan José Campanella. Es más, hay un formato, una narrativa y un tratamiento de la imagen que tiene muchos puntos en común con el director de “Luna de Avellaneda” y “El secreto de sus ojos”. Fiel al título de la película, Julio está decidido a pegar el portazo e irse del país a buscar suerte en Alemania. Está cansado de que le paguen con empanadas cada vez que tocan en el barcito de siempre y que se lleven las cajas de zapatos de su negocio por falta de pago. Encima está divorciado y su hija quinceañera prefiere quedarse con su novio también músico y su madre antes que viajar con él. Para colmo, de arranque choca el auto con una taxista floja de papeles (Marina Bellati), que no tiene seguro y promete pagarle el arreglo en 30 cuotas. Todo cuesta arriba. Pero en el film sobrevuela el refrán “de cada dificultad, sale una oportunidad”, una máxima bien argenta que atraviesa la historia en todo momento. Y aplica también para el caso de Los Vecinos de Pompeya, que se quedan sin su cantante porque también se raja de la Argentina a buscar otros rumbos. Por lo tanto, la única salida posible es procurar otro cantor. Y aquí aparece el actor Mario Alarcón, quien da vida a Ricardo Tortorella, un veterano que supo ser famoso, pero ahora no solo está retirado sino que pasa sus días en un geriátrico. En una escena que podría haberse explotado mucho más para el lado de la comedia, la orquesta se rearma y vuelve al ruedo. Pero mientras los músicos siguen tocando se va hundiendo el Titanic, que es esta Argentina del 2001 que no para de dar sorpresas y malas noticias. En el marco de esas dificultades, corralito mediante, aparecerá el valor de la amistad; el empoderamiento de las pasiones artísticas, con el tango como principal estandarte y, claro, la historia de amor que no podía faltar. Y se da con aquella pareja que se encontró por accidente, pero por eso de que en cada dificultad hay una oportunidad, decantó en un encuentro de corazones. Aun con el flojo final feliz, el film jerarquiza valores que en este 2023 de crisis política y social viene bien rescatar.

'Chau Buenos Aires', de Germán Kral - Trailer