“La Pez”, la última novela de Gabriela Larralde, narra una historia fantástica y perturbadora acerca de la violencia colonial
Jueves 04 de Abril de 2024
El viento es cálido, seco y arremolinado. Todo es agua sin fronteras, a lo sumo hay orillas por todos lados. Las embarcaciones avanzan por el Paraná hacia las islas de Apipé (que en guaraní significa “lomadas”), un archipiélago argentino enclavado en aguas del Paraguay.
Los marinos buscan, entre otras cosas, a ellas: mujeres anfibias, mitad humanas mitad peces. Sirenas barrosas y amarronadas sobre las que alguna vez escribió Cristóbal Colón en sus viajes por América.
Todo en esta misión queda registrado. El almirante es el narrador encargado de cartografiar en una bitácora de viaje lo que sus hombres descubren en la travesía. Con palabras torpes y apuradas, la voz de este narrador hace esfuerzos por nombrar lo abundante, lo selvático, lo sorprendente que aparece ante su ojos. domesticarlo todo más allá del lenguaje.
Cuando al fin los hombres consiguen capturar a una de estas sirenas del Paraná envían el mensaje a la corona. Y es la princesa Isabel la que ordena desde Europa. Con la obsesión de una coleccionista sigue los avances de la criatura extraña y pide que se la lleven. Pero los hombres necesitan de alguien más para cumplir la tarea. Entonces suman a la misión a un nativo (Arami) que a modo de lenguaraz se comunica con la sirena, entiende sus comportamientos, traduce lo que para él está al alcance de su mano pero que resulta inabarcable para los demás.
La escritora Gabriela Larralde se remontó al período de la conquista de América y fue hacia los primeros avistamientos de esas sirenas para escribir su última novela La pez, publicada por Emecé.
Luego de investigar diarios de viaje de la conquista y algunos bestiarios de Oxford y Cambridge, la escritora no solo confirmó que en las costas sudamericanas existieron estas mujeres anfibias, de las que poco se sabe, sino que compuso una novela fantástica y perturbadora.
A contracorriente del lenguaje limitado del colonizador, la escritura de Larralde se desborda salvaje para componer un relato atrapante desde lo poético y lo político. La obra, que fue ganadora del Premio Estímulo a la Escritura de la Fundación Proa, se inscribe así en una suerte de ficción animal, feminista y decolonial.
-¿Cómo nació la historia de La Pez?
-Empecé a escribir esta novela a partir de los avistajes de sirenas que los conquistadores españoles dejaban asentados en sus diarios. Los registros que encontré son de una gran pobreza, con una enorme dificultad por contar nuestra flora, fauna, los y las indígenas que se encontraban, sus cuerpos, sus pieles, su andar. Todo les resultaba imposible de ser narrado en su lengua, con su cosmovisión. No tenían un lenguaje que pudiera abarcar lo que veían. Tampoco podían estructurar descripciones que no fueran colonizadoras y colonizantes. Se puede leer en sus escritos cómo esa dificultad para contar lo que veían los trastornaba porque además muchos de ellos no tenían estudios, apenas sabían leer y escribir de manera muy básica. Los pasajes que quedan de la época colonial oscilan entonces entre lo dramático, por su bestialidad, y lo paródico, por sus limitaciones.
-Hay una dedicatoria preciosa a tus hijes, y pensaba si también ahí se cifra algo del origen de esta historia.
-Pude escribir esta novela así como está escrita porque la llegada de mis hijos a mi vida me dio mucha libertad, en todos los sentidos, pero especialmente en la escritura. Su llegada a mi vida fue también una aterrizada mía en mi vida, un permiso.
-La geografía de la que partís: Isla de Apipé, Corrientes, río, Litoral. ¿Cómo llegaste a esa zona, cómo la escritura te llevó hasta ahí, cómo peinaste la fauna y flora del lugar?
-Al comienzo la novela ocurría en una isla que había inventado y se llamaba Malputimbu. Cuando se lo conté a mi amigo, el escritor Julián López, se río y me dijo: “¿Malpu qué? No sé entiende nada”. Nos reímos, yo defendí ese nombre durante toda la tarde. Pero después me quedé pensando. Había algo que no me cerraba a mí tampoco, Julián había dado en la tecla. No tenía que inventar la isla, tenía que encontrarla. Como en la escritura. Yo no creo que invento historias, creo que el trabajo que hago es encontrarlas dentro mío. Ya están ahí. Todo ya está adentro, hay que hacer el silencio suficiente para que puedan salir. Así que me puse a investigar sobre islas argentinas y di con Apipé. Cuando la nombré, en voz alta, no tuve dudas, era esa por cómo sonaba. Cuando viajé, todo lo que había imaginado estaba ahí, funcionaba, se nutría. Había encontrado mi isla, y la isla a mí y a la pez.
-Si vamos hacia los mitos griegos o al Ulises sabemos de la existencia de sirenas. Pero acá, la pez es algo así como una sirena nuestra, de la zona. ¿Qué pasa con ese recupero o visibilización de algo no tan conocido?
-Creo que los mitos son la memoria de los pueblos, el corazón. La forma en la que pensamos simbólicamente aquello que la ciencia o la razón no puede explicarnos. Son, además, una apertura al misterio de la vida, a lo que no podemos entender. Los mitos no son algo de la antigüedad, pertenecen al presente, al día a día. Construyen la forma en la que nos damos explicación acerca de nuestra identidad, nuestro territorio, nuestras formas de vivir y estar en el mundo. Son también las narrativas desde las que podemos pensar nuestro futuro. Sentí necesario pensar una sirena de acá, del sur, nuestra.
-Hay algo de los feminismos en esta historia si pensamos en resistencia y autonomía versus conquista y disciplinamiento. Pareciera que asoma una literatura decolonial. Además de que la pez es “mujer” pero es también marrón, india, barrosa. ¿Cómo fue trabajar desde ahí?
-Los mitos importados, como el de la sirenita europea, blanca y virgen, funcionan como un espejo distorsionado, nos devuelven una imagen extranjera. ¿Cómo podemos pensarnos desde los mitos de otros? ¿Quién podría imaginarse que en nuestro mar del sur, agreste y helado, pudiera haber existido una sirena blanca de pelo dorado cantando plácidamente sobre una roca a los marineros que pasaban? Eso podría ser pensado en Dinamarca, en el mar Báltico. Acá los marineros que pasaban eran conquistadores que arrasaban con todo lo que podían a su paso y se llevaban indígenas para exhibir en zoológicos humanos de Europa. La sirenita, en Copenhague. Acá, la pez marrón, barrosa, como decís.
-Mientras la leía pensaba en Zama, de Antonio Di Benedetto, (sumando el relato audiovisual que hace Lucrecia Martel), en E l río de las congojas, de Libertad Demitrópulos, pero también se me venía La China Iron de Gabriela Cabezón Cámara. ¿De qué otras imágenes o escrituras se hizo la tuya?
-Todas las que nombrás, más El entenado, de Juan José Saer. Pero también otra obra que fue muy importante para mí mientras escribía: Eisejuaz de Sara Gallardo. Porque cuando empecé a escribir La pez no sabía exactamente qué estaba buscando pero tenía la intuición de que la única forma de descubrirlo era trabajar en la lengua, en la sintaxis, en las formas de nombrar, repensando la manera en la que estaba acostumbrada a escribir. Dejarme llevar por voces extrañas, díscolas, más cerca de la poesía, de palabras que me cuidaran a mí, a los míos, y más lejos de esas palabras de los otros que duermen y adormecen estancas en el diccionario de la RAE.
-Toda la narración tiene una tensión erótica. Los cuerpos sudorosos, las redondeces, las miradas deseantes, el deseo de esta mujer de la realeza por esta criatura extraña, pero también el vínculo fantasmagórico con su amante y con su servidumbre. Hasta la escena del parto, donde el cuerpo se abre, resulta muy sexual. ¿Lo ves así?
-Cuando le llevé el primer manuscrito a Adriana Fernández, mi editora junto a Mercedes Guiraldes de Planeta, una de las cosas que me dijo fue: “Me encanta el erotismo que tiene la novela, dale más”. Y yo le pregunté: “¿Qué erotismo?” Ella siempre lo cuenta y nos reímos. Nunca me di cuenta de que era tan erótica, pero evidentemente lo es. Me lo dicen mucho.
Bio
Gabriela Larralde nació en Buenos Aires en 1985. Es escritora, investigadora y docente universitaria. Publicó los libros de poesía Las cosas que pasaron (2013), Lo que el agua promete (2017) y La trama materna (2020); los libros para las infancias Bestiario secreto de niñas malas (2018, Planeta Junior), Mi mamá es un pañuelo (2020), La vida ahora (Planeta, 2020) y Pandilla (2023), y los ensayos Diversidad y género en la escuela (Paidós, 2018, 2019, 2021 y 2022) y Los mundos posibles (2014). Como guionista, coescribió la película Elena sabe, la serie Monzón y el dibujo animado Petit, entre otros trabajos. Organiza, desde hace diez años, el ciclo de poesía Rumiar Buenos Aires. En 2022, el manuscrito de la presente La pez recibió el Premio Estímulo a la Escritura Todos los tiempos el tiempo, otorgado por Fundación Proa, Fundación Bunge y Born y el diario La Nación.