Sin bozal ideológico, Mauricio Macri va por su revancha
El ex presidente avisa que está en cancha. Los tabués de ayer, las posibles promesas de mañana. El juego de espejos con Cristina. Varias cartas para jugar

Miércoles 23 de Marzo de 2022

“Yo siempre voy a estar”. Con apenas cinco palabras, Mauricio Macri volvió a avisarles a propios y ajenos que está en cancha. Y que más allá del lugar que le toque, en 2023 va por su revancha.

Sin el bozal ideológico que le calzaron Marcos Peña y Jaime Durán Barba, ahora Macri puede decir lo que antes no podía. O no convenía. “Si no es sustentable, Aerolíneas Argentinas tiene que privatizarse”, disparó ayer el antecesor de Alberto Fernández en un canal de cable donde juega de local. Los tabúes de ayer pueden ser las promesas electorales de mañana.

La irrupción de Javier Milei en la zona de influencia de Juntos por el Cambio amenaza con robarle cuotas de mercado a la principal coalición opositora. Pero para Macri y los suyos es una señal de que el consenso estatista post 2001 hace agua y que los vientos de la historia soplan, al fin, a su favor.

Así como el fracaso del experimento Cambiemos le abrió la puerta al peronismo para volver al poder, el fracaso de Alberto Fernández le pavimenta a Juntos por el Cambio el camino de regreso a la Casa Rosada. Hombre con suerte y talento para explotar las oportunidades, Macri aprovechó la espiral autodestructiva del Frente de Todos para deslindar responsabilidades políticas pasadas -en el desbocado proceso de endeudamiento que lo tuvo en el asiento de conductor- y futuras -al despegarse de un acuerdo con el Fondo herido de muerte por las internas del peronismo y, sobre todo, la aventura militar de Vladimir Putin en Ucrania.

En un nuevo partido del juego de espejos que mantiene con Cristina Fernández de Kirchner, ambos ex presidentes consideran, por razones opuestas, que los pilares del pacto que firmaron Fernández y Martín Guzmán con el organismo con sede en Washington son tan endebles que colapsará en breve y sepultará a todo aquel que se pare debajo. O esté cerca.

No son las únicas coincidencias entre Macri y Cristina. Acostumbrados a mandar, ahora deben conformarse con vetar. A veces, como muestran los desesperados intentos de la presidenta del Senado por torcer el rumbo de un barco que ya no considera propio, ni siquiera con eso.

Ambos están atrapados en los conocidos pisos y techos electorales: tienen sólidos núcleos de apoyo, pero muchísimos problemas para liderar una mayoría. De acuerdo al último informe de la consultora Zuban-Córdoba, Macri tiene 43% de imagen positiva y 54% de imagen negativa, y en el caso de Cristina el desequilibrio es todavía mayor: 35% positiva y 64% negativa.

Los politólogos Pablo Touzon y Federico Zapata van más allá. En una nota publicada en el portal Panamá, los directores de la consultora Escenarios hablan de un orden en crisis. “Empieza a apagarse aceleradamente el sol en torno al cual orbitó este sistema solar, el elemento ordenador central del sistema político en los últimos 12 años: Cristina Fernández de Kirchner”, señalan.

Ante ese orden que se derrumba, el plan de Macri tiene, al menos, dos puntos débiles. Uno es que el programa de shock necesita un colapso para volverse socialmente digerible, como la cirugía mayor que encaró Carlos Menem a comienzos de los ‘90.

El segundo es que, como ya todos comprobaron con amargura, ganar las elecciones no da un cheque en blanco. Macri no sólo reprobó en las dos materias con las que pidió ser evaluado -la pobreza trepó de 30% al 35% y la inflación del 25% al 54%- también tuvo que archivar, obligado por la resistencia social, las reformas más ambiciosas. El macrismo del primer tiempo fue un pesimismo de la inteligencia sin optimismo -ni creatividad- de la voluntad.

Mientras las disputas palaciegas consumen al Frente de Todos, y Juntos por el Cambio atraviesa el 2022 con una conducción colegiada y no exenta de tensiones, Macri juega sus cartas. Tanto en el bridge -juego en el que representará a la Argentina en el próximo mundial- como en el paño de la política. Tiene varias opciones: apadrinar a Patricia Bullrich o a Horacio Rodríguez Larreta o, por qué no, ser candidato.

Por hambre de poder, la cruda certeza de que en tiempos de judicialización de la política el llano puede tornarse un lugar riesgoso, o la simple búsqueda de reconocimiento, Macri se calza los pantalones cortos y sale a la cancha con los tapones de punta.