Domingo 23 de Enero de 2022
La política argentina es tan particular que en medio de una pandemia que infecta a más de cien mil argentinos por día, un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional que no llega y que amenaza complicar la recuperación económica, sumado a los altos niveles de pobreza que no ceden, la carrera presidencial para 2023 ya arrancó con fuerza.
El peronismo y sus aliados en el Frente de Todos enfrentan un complejo futuro político para intentar permanecer en el gobierno. ¿Pero con qué candidato? Es poco probable que hoy, a menos de dos años de las elecciones, Alberto Fernández vaya por la reelección. Su gestión, si bien enfrentó la pandemia sin siquiera cumplir los primeros cien días cruciales de cualquier gobierno, está desgastada y difícilmente intenten insistir por otro mandato. Cristina Kirchner tampoco suena viable: si en el 2019 “inventó” la candidatura de Alberto Fernández porque sabía que ella no lograría imponerse como presidenta, en esta instancia el rechazo que concita en buena parte de la población la llevaría a una muy probable derrota. Pero el peronismo siempre encuentra la forma de no perder poder, aun cuando pierda elecciones y pase a la oposición, situaciones que ya han ocurrido tres veces desde el restablecimiento de la democracia en 1983 con Alfonsín, De la Rúa y Macri.
Uno de los que asoma como posible candidato presidencial del peronismo es el gobernador de Buenos Aires, Axel Kicillof, aunque con mucho terreno aún para disputar en la interna de ese sector político, que cada vez más se agiganta. Kicillof es respaldado por el kirchnerismo más puro pero mirado con recelo por el peronismo ortodoxo.
En los últimos meses se viene notando cómo desde el kirchnerismo y sus voceros políticos y legislativos se cuestiona la gestión presidencial en diferentes temas que los K quieren imponer: una reforma judicial y nombramiento de jueces de la Corte Suprema, no ceder a las presiones del FMI para firmar un acuerdo que implique ajuste y revertir el decreto de Macri que arrasó con la ley de medios sancionada en el gobierno de Cristina Fernández, además de la sanción de una reforma tributaria con mayor carga impositiva a las grandes fortunas del país.
Reclamarle esa lista de iniciativas, entre tantas otras cosas, al presidente de su propio sector político parece tarea sencilla desde la tribuna, donde se pueden pedir muchas acciones de gobierno sin medir la complejidad de cada una y la dificultad de implementación en un país absolutamente dividido en el que es imposible el acuerdo político. Al peronismo, que hoy en el gobierno le cuesta mantener afuera las disputas internas, seguramente le demandará un esfuerzo mayúsculo consensuar un candidato presidencial para 2023.
El panorama para elegir un candidato en la oposición de Juntos por el Cambio no es menos complicado y asoma aun como más incierto. Por empezar, y en vista de las últimas elecciones de medio término donde el radicalismo asomó la nariz con algunos buenos resultados, el tablero interno comenzó a moverse. El partido centenario de Alem nunca ha dejado de tener vocación de poder y, ya en la historia su debacle con la gestión de De la Rúa y la Alianza, pretende volver a ser protagonista y disputar espacios, como viene demostrando desde hace meses el gobernador de Jujuy, Gerardo Morales, quien abiertamente ha planteado que en 2023 el radicalismo debería tener un candidato presidencial propio y no ser “furgón de cola de nadie”. ¿La UCR romperá entonces con Cambiemos? Una convención nacional, como la de Gualeguaychú en 2015, que resolvió sumarse al macrismo, debería dar vuelta atrás esa decisión porque parece muy improbable que un radical sea el próximo presidenciable de Juntos por el Cambio.
Poco antes de las elecciones de 1983, el candidato peronista Italo Luder llegaba a un acto político en Rosario y ya tenía aires de ganador. “Imaginen como me siento, soy el candidato presidencial del peronismo”, les dijo a los periodistas que lo entrevistaron. Para Luder las elecciones eran un mero trámite, pero semanas después Alfonsín lo sepultaría con millones de votos.
Esta referencia histórica no significa que a Juntos por el Cambio, que hoy aparece con grandes posibilidades de volver al gobierno, vaya a ocurrirle lo mismo. Pero su lucha interna por el nombre del candidato presidencial se agranda con el paso de las semanas y tiene su propia y peligrosa grieta. Todos quieren ser presidentes: Mauricio Macri, Patricia Bullrich, Horacio Rodríguez Larreta, Gerardo Morales y hasta la ahora devaluada María Eugenia Vidal también alguna vez soñó con ese cargo. Si en el kirchnerismo las internas y luchas por el poder son importantes y pueden hacer naufragar definitivamente la gestión de Alberto Fernández, en Juntos por el Cambio han llegado a un nivel mayúsculo cuando desde el propio gobierno de Macri se espió no sólo a opositores sino a la propia tropa, como fue el caso de Vidal y Rodríguez Larreta, entre otros, filmados y escuchados por la Agencia Federal de Inteligencia a cargo de un amigo del ex presidente. Más allá de todas las especulaciones, Rodríguez Larreta es el opositor con más chances hoy de convertirse en candidato a presidente de la Nación, pero antes deberá imponerse al ala dura e intransigente de su agrupación, que encarnan Macri y Bullrich. Seguramente la nominación se dirimirá en internas abiertas.
Sin embargo, una vez que Juntos por el Cambio nomine su candidato, el camino hacia la Casa Rosada estará lleno de dificultades. La aparición del fenómeno “libertario” y ultraliberal de Javier Milei, hoy diputado nacional y revelación política de las últimas elecciones, viene a cambiar un bipartidismo “agrietado”. Milei podría convertirse en una tercera fuerza electoral que aglutine al antiperonismo tradicional, a los desencantados del macrismo y a los jóvenes que adhieren cada día más a un discurso distinto y descalificador de la política tradicional.
El sorteo del salario de Milei como legislador entre un millón de inscriptos, que dejaron sus datos en una plataforma digital y otros millones que ingresaron a esa página del partido pero no se anotaron, no es un dato menor. Es una acción política y de marketing inteligente más allá de lo que conceptualmente pueda calificarse en el marco de una persona que desprecia a la “casta” pero que no le cae tan mal sentarse en el Congreso ni comenzar a construir puentes con la derecha conservadora, a la que también había dicho detestar.
Milei probablemente será candidato a presidente en 2023. Los muchos votos que seguramente cosechará, ¿a quién se los sacará? ¿Su candidatura será funcional al kirchnerismo, que verá dividido en dos (sólo por ahora) a su adversario electoral y así logrará permanecer en el gobierno?
Hoy no parece que Milei pueda acceder a la presidencia sin una fuerte alianza con la derecha tradicional. Sus propios votos serían insuficientes pero, claro, quedan muchos meses por delante y nadie está en condiciones de afirmar, ni los encuestadores que cada vez aciertan menos, quién será el próximo presidente argentino.
Sí, en cambio, podría arriesgarse como una probable conclusión a futuro que el país se encamina hacia una nueva frustración política que no lo sacará de la decadencia que arrastra desde hace años, porque las fuerzas mayoritarias siguen sin acordar políticas de Estado básicas alejadas de los personalismos y ambiciones de poder.