Jueves 22 de Diciembre de 2022
El domingo a la noche Nicolás, empleado de un supermercado de la calle Santiago, contó que cuando faltaban minutos para terminar el suplementario estaba tan extenuado por las emociones que pensó: “No puedo más. Ya no me importa cómo salga. Que termine". El deseo de ganar era inmenso pero más fuerte en ese momento fue el instinto de supervivencia. Necesitaba dejar de sufrir con ese combate sangriento de ida y vuelta donde todas las sensaciones pensables y posibles ya habían ocurrido.
Faltaban sin embargo. Cuando en el minuto 123 Muani queda frente a Martínez y el arquero se despatarra y le ahoga el gol hubo una sensación invencible, para uno, de que perder sería imposible. Y no tuvo que ver con ese milagro caricaturesco sino con la memoria súbita y eléctrica de una película que se filmó en 2021. Y que había visto hace seis meses.
Se llama "¿Qué vemos cuando miramos el cielo?". Una pareja decide darse cita tras tropezarse tres veces en la calle frente a un jardín de infantes. Pero el día del encuentro han trasmutado su apariencia y aunque los dos acuden al lugar son incapaces de reconocerse.
Esto ocurre en Georgia, país que está entre Europa y Asia, vecino de Turquía y Armenia, sobre las montañas del Cáucaso y cerca del Mar Negro. Lisa es empleada de un bar y Giorgi, un universitario que juega al fútbol. La secuencia de los fortuitos encuentros solo muestra cuando las piernas de ambos se cruzan. Solo la última vez se escuchan las voces de estos dos seres sobrepasados por la circunstancia. “Aquí estamos de nuevo”, dice Lisa. “¿Quizás la próxima vez no lo dejemos al azar?”, dice él. “Las casualidades son dignas de confianza”, responde ella. “¿Conoces el nuevo café del lado del puente blanco? Quizás podríamos vernos allí mañana”.
El relato en off de Alexander Koberidze, joven director que es celebridad en su país, se refiere a los acechados por esta casualidad. “No estaban acostumbrados a la osadía ni a las decisiones apresuradas, pero el amor que había surgido en la entrada de la escuela y estaba creciendo simultáneamente en ambos dejó que toda incomodidad se desvaneciera”.
Hay magia en la narración. Y el director/narrador cuenta que cuatro amigos a los que les agradan los humanos deciden avisarle a Lisa que estará en peligro. Uno de estos amigos es una planta que le cuenta a Lisa que cuando se encontró con Giorgi fueron observados por un ojo maléfico. Luego una cámara de vigilancia le advierte que el mal de ojo le echó una maldición. El tercer amigo es una canaleta de la calle que le dice que su apariencia cambiaría por completo al despertar al día siguiente. Se suponía que el viento le diría el resto a Lisa. Pero un coche se interpone entre ella y el viento y la voz que Lisa escuchaba se detiene.
Por lo tanto ambos jóvenes van a la cita. Pero sus caras han cambiado y no se reconocen. El curso en adelante será la melancolía de esos seres asombrados y divagantes perdidos en esta fábula de amor maldito. Que ocurre en Kutaisi, una ciudad de dos mil años, la segunda de Georgia.
Los hechos se despliegan en un momento impreciso. Solo sabemos que está por empezar el Mundial de fútbol. Kutaisi como cualquier gran ciudad está a la espera de un fútbol de grandes emociones, dice la voz de Koberidze. Giorgi es hincha de la selección argentina porque (como el director del filme en la vida real) es fana de Messi. En el bar donde trabaja Lisa pasan los partidos y se aglomera la gente. Su dueño al mismo tiempo emplea a Giorgi para hacer propaganda del bar en un puente que está muy próximo.
La maldición hará que Giorgi y Lisa se crucen permanentemente condenados en el tiempo a no reconocerse. Algo que ocurre en un ambiente de música, con una pelota que se escapa y corre empujada por la corriente del río de la ciudad, y en la atmósfera emocional de unas personas muy atentas a la Copa del Mundo.
El cielo limpio y el sol centelleante del domingo temprano parecían un buen augurio. No podré explicar cómo en el balcón de la nada, como aquella pelota que atraviesa caprichosamente el río, en la mañana apareció la película. Quizá porque ya en algún medio se publicó algo sobre ella. Al verla por casualidad hace unos meses le pedí inmediatamente a un amigo de la escuela primaria y de mi barrio, que es director de cine y fanático de fútbol, que le prestara atención.
Revisé el mensaje y era del 28 de junio. Pablo Giorgelli, mi amigo, contestó: “La vi. Una hermosura. En esa peli Messi ya salió campeón del mundo”.
Cuando tres horas después, en el último suspiro del alargue, con alguno de sus muchos brazos el Dibu le tapó el tiro al 12 de Francia por un secreto milagro la película se vino a la mente por segunda vez. La empecinada, estúpida, desesperada credulidad en lo incomprensible y en lo mágico me dejó absurdamente en paz. Las casualidades, dice Lisa, son dignas de confianza. En un país, Georgia, Messi ya era campeón del mundo. A los quince minutos lo fue en todos los demás.