Sábado 23 de Abril de 2022
Era fines de los 70 cuando el maestro Jorge Luis Borges le decía a sus estudiantes de la Universidad de Belgrano: “De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es sin duda el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista, el teléfono es extensión de la voz, luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa, el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación”.
El mejor invento de la humanidad merecía ser homenajeado, por eso desde 1988 y a instancias de la Unesco, se estableció al 23 de abril como el Día Internacional del Libro. Una fecha simbólica de la literatura universal por coincidir con la muerte de William Shakespeare, Miguel de Cervantes y el Inca Garcilaso de la Vega.
Pero, ¿para qué sirve un libro?, ¿qué es capaz de hacer posible el mejor de los inventos del ser humano? Para despejar dudas La Capital recurrió a los especialistas. Los que conocen mejor que nadie sobre el perfume de sus hojas, sobre géneros y autores y cuál es el lugar que le corresponde a cada uno en el microuniverso de cada biblioteca. Se trata de los bibliotecarios y bibliotecarias, que mucho más que sus custodios, son expertos en transmitir las emociones que cada libro ofrece y hacerlos llegar a las manos indicadas. Hablan del libro como refugio amoroso, como invitación a viajar y conocer otros mundos, y cuentan cuáles son las obras y autores que más circulan en sus espacios de trabajo.
Un refugio amoroso
Isabel Godoy es una de estas especialistas y está a cargo de la biblioteca de la Escuela Santa Margarita de barrio Tablada. “La respuesta es obvia”, dice: “Un libro sirve para ser leído, aunque a veces algunas personitas desalmadas lo utilicen cuando está rota la pata de un mueble, o simplemente para cubrir un hueco. Broma aparte, me quedó una frase de Ricardo Piglia que yo parafraseo mucho que dice «los libros servirían para darnos cuenta que todas las historias del mundo se tejen con la trama de nuestra propia vida»”.
A la hora de hablar de los libros que la impactaron en su experiencia lectora, Isabel recuerda: “En mi infancia durante la década del 70, La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson fue la primera novela que leí y me marcó, durante mi adolescencia fue El nombre de la rosa de Umberto Eco y también leía a Ray Bradbury. En mi época de universidad me devoré las obras de Foucault y El infinito, que es un ensayo sobre la historia del libro y las bibliotecas. Estos fueron hitos en mi vida”, pero aclara que ella es de las que piensa que la mejor lectura siempre es la última, porque es la que en el momento presente se está viviendo y descubriendo. “A mí los libros me han salvado, en lo personal significaron un refugio seguro y amoroso, ese lugar donde yo podía ir cuando las cosas no estaban tan buenas”, dice Isabel, que recuerda que vivió toda su infancia y adolescencia en Tablada, un barrio popular donde las cosas siempre fueron complicadas, y que quizás por eso los libros la ayudaron a descubrir y leer el mundo.
En la escuela secundaria donde trabaja, los chicos y las chicas que se acercan a la biblioteca lo hacen especialmente movidos por la necesidad de material de estudio. La bibliotecaria dice que la institución afortunadamente cuenta con docentes de lengua que son muy comprometidas y que trabajan en conjunto durante todo el año en la realización de talleres para promover la lectura, “para que los chicos entiendan que leer es su derecho” y agrega: “Siempre les decimos que no es que no les gusta leer, es que aún no han dado con el libro adecuado”. Esos talleres tienen como objetivo que los estudiantes vean que la biblioteca no es un espacio aislado y lejano, sino que por el contrario, es el lugar donde pueden encontrarse con un libro y descubrir lo bueno que ese hallazgo puede ser.
Buena compañía
“Un libro puede servir para muchas cosas, sobre todo para sentirse acompañado y acompañada, para imaginar, para entrar y salir de otros mundos, para conocer y también para cuestionarse las propias ideas y enriquecerse. Hoy en día creo que el libro es una gran compañía, es una invención de alguien pero cuando la leemos también nos podemos sentir protagonistas de esa historia, conociendo e interpretando nuevas formas de estar en el mundo”, dice Mariela Aviani, una de las voluntarias de la Biblioteca Popular Gastón Gori de Tarragona y Juan José Paso.
El público que visita este espacio barrial del noroeste rosarino es variado y heterogéneo. La bibliotecaria cuenta que se acercan personas adultas mayores a buscar novelas, libros de autoayuda y poesías. Hay quienes les gustan los ensayos y también los que prefieren las novelas históricas. Los niños, niñas y adolescentes suelen buscar los clásicos de siempre, especialmente historias de aventuras. En los intercambios que se producen en el cotidiano la Gori acumula anécdotas, porque allí los libros se disfrutan colectivamente. “Hay días que vienen un grupo de amigas jubiladas a las que les encanta leer Gioconda Belli, Almudena Grandes y Florencia Bonelli. Ellas sacan los libros y luego los devuelven a la biblioteca en forma intercambiada. Eso sucede porque se los van prestando entre ellas, así que ya sabemos que en este caso las fichas estarán desorganizadas”, cuenta y agrega que las obras de autoayuda también son un incentivo para los lectores adultos, y que en este género los psicólogos son las estrellas.
Los niños y las niñas cuentan con un sector especial que los invita a la lectura y es tan acogedor que a veces también los hospeda con otras propuestas. Hace poco un niño del barrio vino a leer con su hermanito y el pequeño se quedó durmiendo la siesta en los puf del sector infantil hasta que lo vinieron a buscar. La biblioteca también produce un efecto multiplicador y de atracción familiar: “Una nena de 11 años vino a asociarse, se llevó un clásico, El principito, y luego trajo a toda su familia a leer a la biblioteca, a su hermana y su mamá. Las abuelas también traen a sus nietos, hay dos hermanitos lectores que vienen con su abuela y se llevan libros de historietas y dinosaurios”, cuenta Mariela y no se olvida de los adolescentes, que tienen preferencias por los animé y las historias de héroes y villanos para dibujar.
“Promovemos la literatura como acceso al placer y la búsqueda de sensaciones”, afirma la bibliotecaria de la Gori, donde se desarrollan talleres de promoción de la lectura en contacto con las escuelas, con la intención de promover la literatura ficcional, mas allá de la de los manuales escolares y material de estudio.
A la hora de hablar de sus libros de preferencia, Mariela destaca la obra de Gastón Gori. El desierto tiene duelo o La forestal, la tragedia del quebracho colorado son sus elegidos, al igual que su obra poética como Érase una vez la poesía, escrita junto a Fernando Birri.
Un mundo de sensaciones
José Ignacio Noriega o el “profe Nacho” como le dicen sus alumnos, es bibliotecario escolar. Trabaja en el nivel primario de los colegios San Ramón de zona norte y Santísimo Rosario del sur de la ciudad. Cuenta que en su labor el libro es de suma importancia: “Es un insumo, un vehículo, un medio necesario y básico en el trabajo con los estudiantes”. En las escuelas donde trabaja, los estudiantes tienen horas de cuento asignadas en cada grado, y los recreos son los momentos clave donde los chicos se acercan a buscar el libro que quieren y comienzan a dar sus primeros pasos.
Ignacio explica que desde el nivel inicial y durante el primer ciclo los chicos se acercan al libro como un imán, por eso la obra literaria se constituye en un gran aliado a la hora de transmitir emociones e iniciar un camino de aprendizaje. “El libro nos sirve como excusa, como un gran disparador, y a partir de ahí se inicia un proceso donde a los mas pequeños les estamos leyendo continuamente, luego empieza un proceso a partir de 3º grado donde ellos son los que leen y así nos vamos transmitiendo las emociones. A partir de 5º grado los chicos ya comienzan a hacer su propio camino con las lecturas, ellos buscan lo que quieren y nosotros los bibliotecarios hacemos de guía”, explica.
¿Qué buscan los chicos y las chicas? El profe cuenta que tiene un sistema de estanterías abiertas donde los estudiantes, siempre movidos por sus inquietudes, encuentran el libro que están buscando. A veces no saben muy bien lo que quieren y ahí entra en acción la figura del bibliotecario, que acompaña y facilita ese encuentro del estudiante con la obra literaria. “Dejamos que ellos vayan descubriendo autores que les generen emociones o con los que se sientan identificados. Desde 4º y 5º grado la literatura elegida tiene que ver con las propias vivencias, las amistades y los vínculos, tratados en forma simultánea con la educación sexual integral (ESI), aporta a un proceso integral para el estudiante”.
Ignacio recuerda muchas vivencias en la biblioteca que tienen que ver con ese encuentro que se produce entre los chicos y el libro, “porque uno va acompañando y va viendo crecer a los chicos, cómo mejoran en la lectura y en la escucha”. En esos encuentros los clásicos siempre son protagonistas. Destaca autores como Ricardo Mariño, Horacio Quiroga, Elsa Bornemann, María Elena Walsh, “escritores y escritoras sobre los que siempre se vuelve”, dice.
Una de esas experiencias destacables es el concurso de poesía que realiza todos los años el Colegio San Ramón. El certamen se llama Eisteddfod (que es una palabra galesa que significa contar historia) y convoca a la escritura a los chicos y chicas de 4º a 7º grado, a partir de una temática propuesta que cambia todos los años. Los chicos escriben sus poemas, los entregan con seudónimo y el jurado elige a un ganador. “Es un concurso que crea un clima de pura emoción entre los jóvenes escritores”, afirma.
El bibliotecario también cuenta sobre sus libros preferidos: “Me vienen a la mente las historias de Patoruzito e Isidoro durante mi infancia, esos cómics me acercaron notablemente a la lectura. En la primaria, Un yanki en la corte del rey Arturo de Mark Twain me generó un montón de pensamientos e ideas, y durante la secundaria fue Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, un libro que generó en mí un mundo de sensaciones. Estos textos me han marcado, abrieron un mundo nuevo”. Ignacio vuelve sobre el primer interrogante de para qué sirve un libro y responde: “Para iniciar un viaje imaginario donde cada uno hace su camino”.