Malvinas, la guerra que ganamos
Testimonios de combatientes en primera persona, que erizan la piel. La convicción de que la causa de las islas une a los argentinos

Sábado 02 de Abril de 2022

A 40 años de la última gesta patriótica, traemos una serie de entrevistas a combatientes de nuestras islas, un resumen de sus vidas en aquellos turbulentos días de 1982. Las entrevistas no fueron pactadas, se realizaron un día común con quienes estaban presente en el centro de combatientes, hecho que nos demuestra que cada historia importa y que todos son héroes.

Llámennos combatientes, porque seguimos luchando…

“Mi nombre es Raúl Gómez, me incorporaron el 5 de enero de 1982 en la primera unidad aérea del Palomar en Buenos Aires, soy de la clase 63 y para el 2 de abril tenía solo tres meses de instrucción. Después de un franco y sin aviso previo, el 6 de abril viajamos a Malvinas con ración para siete días, eso es lo que me dijeron que permanecería en el territorio usurpado.

“Por desperfectos en el avión aterrizamos en Comodoro Rivadavia donde seguimos con nuestra instrucción militar hasta que el 9 de abril, que salimos a Malvinas, mi ración de siete días dio una señal equivocada, me quedé en las islas hasta el final del conflicto. Mi vieja se enteró veinte días después de que estaba en Puerto Argentino, en el aeropuerto, aguantando el bombardeo aéreo de todos los días que buscaba desactivar las operaciones de la pista de aterrizaje. Obviamente había miedo, yo era clase 63, éramos de la clase que había comenzado el servicio militar hacía muy poco y el primer bombardeo inglés a nuestra posición, el 1º de Mayo, nos hizo saber que estábamos en guerra. Nunca supimos cómo transcurría la guerra, lo poco que sabíamos era que estábamos ganando hasta que un día llegó el cese al fuego.

“Con el final del conflicto y en el momento de volver, recuerdo cómo los pensamientos se me mezclaban en la cabeza y los sentimientos en el corazón: alegría, tristeza y bronca son las emociones que más se me cruzaron. Alegría, porque el horror se había terminado. Tristeza, por los compañeros que no volveríamos a ver, o por quienes nunca llegamos a conocer. Bronca, porque a pesar de nuestro sacrificio las islas volvían a manos de la corona y parte de nuestro territorio volvería a ser colonia de una potencia extranjera”.

“Yo, Oscar Blazques, vengo del Regimiento XII de Infantería de Mercedes Corrientes. Estuve catorce meses incorporado en Mercedes y a Rosario no podía ni venir, ochocientos kilómetros y sin un mango. Me dieron licencia hasta la baja cuando la clase 1963 estaba ingresando al servicio. Alguien dijo «te vamos a llamar cuando esté la baja lista». Llegué a Rosario y me fui a la cancha, tenía muchas ganas de ver a Central. Al volver, veo a mi vieja llorando y me dice que arriba del televisor tenía un telegrama, que iba a ir a la guerra. Yo, creí que no, que era mi baja firmada, porque quería ser civil y eso ya estaba en mi cabeza.

Pero no, tenía razón, me puse la ropa de combate y me subí al tren hasta Río Colorado y después de ahí a Comodoro Rivadavia y de ahí a las islas. Imaginate a regimientos del norte, equipados para acciones en los montes, en lugares donde hace 45 grados abajo de una planta, esos equipos y esos pibes peleamos en temperaturas bajo cero. Las botas, es lo primero que recuerdo, se destruían al caminar, se despegaban, se humedecían con la escarcha y había que atarlas con alambres o sacarsélas a algún compañero muerto. Yo estuve en monte Kent, en primera línea, y ahí sabíamos que las cosas no estaban saliendo bien. Una noche conocí a Rubén, actual compañero del centro de combatientes, una de esas noches que vino a mi carpa, charlando nos dimos cuenta de que los dos éramos rosarinos, que éramos del mismo barrio e íbamos a jugar al mismo flipper, oasis de tranquilidad entre tanta tensión.

“Cuando corrían los últimos días, caí herido por fuego de mortero, las esquirlas me alcanzaron las piernas y la cabeza, oscuridad. Me llevaron a Puerto Argentino y al otro día se llenó de ingleses, pensé “bueno, acá me fusilan”, para reforzar mi creencia, apareció un cura y me pregunto si era creyente, le contesté que era católico pero que no tomé la comunión, que yo creía en Dios nomás. Me puso un aceite en la frente y me dije «¡uy! estoy listo, me van a cocinar», pero quedé ahí y me subieron al rompehielos Almirante Irizar con destino a Comodoro Rivadavia, nos cargaron en un helicóptero y nos bajaron en el hospital de la ciudad, pasé treinta días internado.

Al final me llevaron a Campo de Mayo en avión con ropa de hospital, no tenía ninguna otra prenda, la ropa de las islas la quemaron arriba del barco. Un compañero de Luján me dice que me quede tranquilo, el padre lo venía a buscar y le pedía que me traiga ropa. Llamé a un vecino y éste le dijo a mi hermano, dado el aviso, al otro día me vinieron a buscar.

Nunca me voy a olvidar de la angustia. En los días más oscuros no sabía si seguía existiendo Argentina, si existía Rosario, si existía mi familia. Cuando volví lo hice de sopetón y mi vieja no entendía nada, me miraba, se fijaba si tenía piernas, si tenía brazos y me di cuenta de que nuestros padres sufrieron mucho, que también fueron víctimas de aquella guerra”.

“Soy Guillermo Frost, yo pertenecía a la Armada, era cabo segundo y servía en el destructor ARA Hércules, por cierto, buque inglés fabricado íntegramente con tecnología británica y, que de casualidad estaba amarrado al lado del HMS Sheffield (buque inglés que fue alcanzado por un misil antibuques Exocet de la Armada Argentina el 4 de mayo de 1982. Días más tarde se hundió en el océano Atlántico al sudeste de las islas Malvinas el 10 de mayo de 1982, cuando era remolcado hacia el Reino Unido con graves daños por el incendio provocado por las bombas) y de hecho el cañón del Hércules en realidad pertenecía al del Sheffield.

Cuando se produce la manifestación de la CGT Brasil, con las consignas “Pan, paz y trabajo”, el 30 de marzo del 82 en Buenos Aires, nuestra flota entra en actividad, creíamos y nos decían que venía otro 55, lo raro era la cantidad de armamento que estábamos cargando. Antes de salir a navegar, el 28 de marzo, almorzamos con compañeros que se iban en el Belgrano y nos dijimos «nos juntamos a la vuelta», pero nunca nos volvimos a juntar.

El 1º de abril ya estábamos en las islas, teníamos que asegurar la zona para el desembarco y el enemigo ya sabía que estábamos ahí. Comenzamos con las primeras acciones, desarmamos un nido de ametralladoras que nos estaba esperando y después tuvimos que encargarnos de neutralizar a las resistencias. Yo era grande, tenía 24 años, y bajamos con la compañía de desembarco a asegurar el terreno. Luego me tocó encargarme del sonar del buque, recuerdo que cuando llegó el combate estaba de guardia, la noche anterior me dieron una ametralladora, una nueve milímetros y doscientos tiros. Estaba en la popa controlando que no aparecieran buzos enemigos, entonces tocaron combate entonando la marcha de San Lorenzo, y pasaron años, en que en esa fecha, me desvelaba por las noches con los recuerdos de esa marcha. Pasé la guerra en el buque, durmiendo vestido y alerta, cuando iba al cuarto de operaciones escuchábamos las comunicaciones de los aviones enemigos, que se distribuían los puntos para atacarnos. Apuntaban al medio del buque y nosotros estábamos en el medio, luego desistieron porque nuestro alcance de tiro era muy superior.

Al final, cuando volvimos, parecía que volvíamos de pescar, como si no hubiera pasado nada, el que tenía franco podía irse y el resto se quedaba, trajeron bolsones y empezaron a repartir cartas, me dieron la carta que yo había escrito, abierta, ¿quién la leyó? Mi familia no fue…”.

“Mi nombre es Claudino Chamorro, pertenecí al Batallón de Infantería de Marina Nº 5 en Río Grande, Tierra del Fuego, llegué el 8 de abril y nos apostamos en los montes cercanos a Puerto Argentino. El 17 de abril escribo una carta a mi familia, por suerte recibo la respuesta, ellos sabían que estaba ahí.

“Fuimos los últimos en combatir a los ingleses hasta agotar la munición el 14 de junio. Nos ordenaron reagruparnos en el monte más cercano a Puerto Argentino, y ante la falta de comunicación nuestro comandante nos conduce hacia allá con nuestro armamento, cuando llegamos nos toman de prisioneros y nos devuelven el 20 de junio al Almirante Irizar para llegar al continente. El periplo no termina con la guerra, me quedaban meses de instrucción, fui a Malvinas con ocho meses de instrucción, al volver tuve que cumplir con los cuatro meses que me faltaban, recién pude venir a Rosario el 5 de septiembre del 82”.

“Yo, Rubén Rada, había hecho el servicio militar obligatorio en 1981, en el Regimiento IV de Infantería de Monte Caseros (Corrientes), destinado en la Triple Frontera. En esa unidad se alzaría Aldo Rico durante el gobierno de Raúl Alfonsín. A fines de 1981 se realizó una gran maniobra conjunta de quince días, en la que participaron junto a nosotros el Regimiento Aerotransportado de Córdoba y el Regimiento XII de Mercedes. Fue en Monte Caseros y vino el presidente Galtieri. Eso llamó mucho la atención y luego se pensó que pudo ser un ensayo para la operación de Malvinas, que tal vez ya estaba prevista. Yo me voy de baja a fines del 81. El 2 de abril mi vieja me despertó a los gritos con la noticia de la toma de Malvinas. A media mañana, paró un camión del Ejército y un suboficial me dio la citación para reintegrarme a mi regimiento. De Monte Caseros fuimos en tren a Paraná, donde dormimos. Luego fuimos en avión hasta Comodoro Rivadavia y nos quedamos dos días. De allí nos vamos a Río Gallegos y al otro día nos dicen que vamos en avión, supuestamente a vigilar la frontera con Chile. Al final, llegamos a las islas. Estuve en primera línea bajo un nutrido fuego de artillería que buscaba desarmarnos psicológicamente”.

Quien termine de leer estas entrevistas se preguntará, con justa razón, ¿cuál es la guerra que ganamos? Porque es cierto que fuimos derrotados en el conflicto armado, es cierto que la usurpación cumplió 189 años. Es cierto, también, que a las Malvinas les dicen “Falklands” y que a Puerto Argentino lo llaman “Port Stanley”, pero también es cierto que Malvinas es pueblo, que en cualquier mesa es unión, que no existe una sola plaza que no lleve el nombre de las islas, que no existe una sola escuela, ni una sola calle que no lleve el nombre de nuestra herida que, abierta, nos recuerda que el pueblo es soberano de una tierra que algún día volverá para la grandeza de nuestra Nación".

(*) Especialista en Geopolítica y Defensa