Lunes 13 de Diciembre de 2021
El libro son cincuenta flechazos literarios de Luis Gusmán con títulos y escritores de una biblioteca elegida (casi un canon), aunque queda claro que la conversación, glosa o engordamiento que propone la va volviendo un aleph o una cinta de Moebius. Flechazo se pegará el lector, porque para hablar de un texto o de su autor, se habla de otros, y se habla de sí, en un juego intertextual donde la erudición nunca molesta, porque está aliviada con la conjetura o la incerteza, con lo íntimo, lo propio, o el desastre o la necesidad con que fueron escritos o leídos. Por caso, el niño peronista que devociona a Borges, porque como dice Saer, “escribir sobre algo es intimar con ello, precisando no solo los aspectos intelectuales del objeto sino también, y sobre todo, los emocionales”.
A menudo, mientras uno ve los flechazos del libro, se va desvaneciendo la costura acerca de qué texto es de Kafka (para mí el mejor del libro, aunque es difícil elegir uno), y cuál es de Gusmán. Como dice Barthes: “Una tercera aventura de la lectura (la manera en que el placer se acerca al lector): ésta es, si así puede llamársela, la de la escritura; la lectura es buena conductora del deseo de escribir”.
Gusmán dialoga con cincuenta textos clásicos, desde Cortázar a Borges, pasando por Vera Cáspary, Jean Rhys, Woolf, Shakespeare, Pasolini o Chéjov, pero lo hace en modo de expansión del libro y así recuerda la tarea de Marcel Schwob (del cual aparece Monelle), en Vidas imaginarias. Es decir, hay una glosa, pero también hay un rastreo, una explicación crítica, una interpelación, un entresijo subjetivo, íntimo, donde no falta incluso alguna anécdota del propio Gusmán pero con el suficiente pudor o levedad para no salirnos nunca de un diario personal de lecturas.
Gusmán da a leer: el libro parece un coro, una biblioteca sonora, pero nunca aparatosa, sino una lección de literatura asordinada, increíblemente prolija en la desmesura. Cada texto está ubicado en su anaquel, pero además (lo que suele faltarle a la crítica académica), es presentado como el rumor de una lectura personal, de una conversación íntima, la clase de ejercicio de admiración lleno de memoria, amor y gratitud. Es un libro barthiano, claro. Incluso, tiene su delicioso capítulo sobre Barthes, al que Gusmán quiso conocer personalmente en París en 1979.
Por momentos parece difícil pensar que falte un nombre de la literatura universal o argentina en el libro. En ese sentido, Flechazo funciona como un mapa o manual para lectores iniciales y más aún, críticos. Alguna vez se intentó denostar a Macedonio (los cracks brasileños no necesitan apellido), diciendo que era solo un conversador. Siguiendo ese modelo, Borges dio clases veinte años en Puán, y él mismo decía que todo lo que se podía enseñar a los alumnos era el amor o la amistad de ciertos autores. Gusmán hace eso en este libro, nos mete un Flechazo, nos presenta cincuenta amigos inmortales, pero lo hace en modo aleph, expandido, vislumbrado, múltiple, derecho y revés, incluso, con entresijos, conjeturas, faltas, certezas y desastres. Un libro lleno de citas que termina siendo una. Una gran cita, y yo propongo acudir sin dilación en la librería más próxima. En mi caso, durante dos semanas de su lectura y relectura, he sido como el personaje de Monterroso (Masoch), que arma una especie de ceremonia para volver a leer este Gusmán de Pushkin, Wharton o Rulfo, y llorar con esa felicidad extraña del niño peronista que amó a Borges.