Sábado 19 de Febrero de 2022
“Si estamos en un nuevo mundo, ¿por qué no una nueva historia?” (Fernand Braudel).
Dos años han transcurrido del anuncio que otorgaba al Covid 19 su status como pandemia. Y si algo oportuno pudiera decirse en relación con esto, pasa por su propia capacidad para hacer de lo nuevo algo inmanente a la espera y a la habilidad de poder escuchar, escucharse y ser escuchado. Así, viejas e inéditas demandas instituyeron nuevos desafíos en donde agitar las aguas de un mundo caótico. Con obsoletas, similares o iguales cartas se buscaba dar paso a nuevas jugadas en un contexto incierto y para un extraño porvenir.
Y así como la política y la pedagogía no nacen de un día para otro, todo aquello que hoy enseñamos y aprendemos forma parte de las huellas heredadas de un sistema político-educativo y jurídico consolidado en diversos registros y a través de los tiempos. Síntesis históricas de un conjunto de prácticas capaces de contener y alojar experiencias intersubjetivas renovadoras, pero también de complicidad con algunos silencios que se han adoptado como mecanismos y destinos dominantes a través de la historia.
Dentro de lo complejo de este contexto, en una primera instancia, a maestrxs, familias y educadorxs nos tocó peregrinar registrando, en tiempo real, aquel doble rol de cartógrafo y navegante. Ser piedra y camino, diría el inmenso Atahualpa Yupanqui. Y así, en un mismo relámpago, aprender a separar luces de sombras. Frente a aquel nuevo empedrado, a través de coyunturas habitadas por situaciones extremadamente inéditas, poder reubicarlas y también reubicarnos. Comprenderlas y bautizarlas. Es decir, reconocerse en el grito de un nombre y al interior de aquel eco, acudir a un llamado. Tanto como identificación como compromiso político para desenvolver una acción.
Así fue como en esta práctica y análisis desde un dispositivo inédito de encierro y capturación de aquello que no conocíamos del todo, la discontinuidad como uno de los mayores rasgos de lo pandémico sirvió para iluminar ciertas condiciones de la estructura. A la vez que permitió suscitar el origen de un sinfín de narrativas capaces de poner en disputa el sentido hegemónico del lugar históricamente asignado a los modos de enseñar y de aprender.
La vida escolar
Desde nuestro propio rol como docentes curiosos por las maneras en cómo estos procesos se desenvolvían, nos interesó comprender los trasfondos narrativos y articulaciones políticas junto a sus vicisitudes. Pero por sobre todas las cosas, nos interesó asumirlos como nuevos puntos de enunciación históricas a partir de los cuales podrían leerse e investigarse ciertos efectos perfomativos fácticamente observables de la vida escolar. Esto último implicaría analizar estas matrices desde su pretensión de solidaridad y búsqueda de legitimidad, pero en relación con ciertas ausencias y vacíos de los clásicos registros de la historia. Si algo pueden afirmar dichas prácticas y experiencias es su pulsión de simbolización que aparece ligada a una nueva condición de politicidad. Actos de representación y recreación que fueron enlazando y reconstruyendo destinos.
Enseñar y aprender en contextos disruptivos exigieron hacerlo ya no desde un principio fidedigno regido como totalidad. La interferencia de aquel presente reo y reacio imploró recrear un espacio de visibilidad disonante y de mayor auxilio para las exterioridades que habían quedado por fuera de ese esquema de representación política de generalidad. Intentar transformar estos mecanismos que impiden un miramiento de las subalternidades desalojadas, quizás haya sido uno de los desafíos más irrefutables que la pandemia pudo materializar. Y vaya si la docencia pudo dar cuenta con claro estoicismo de esta compresión y diagnóstico para su propio accionar.
Un espacio donde quedarse
A diferencia de la vida moderna que acude a los procesos urbanos de gentrificación para ocultar y transformar un medio empobrecido, las escuelas públicas buscaron sostener, radicarse y transformar las condiciones culturales al interior de sus propias comunidades desde diversas geografías del reconocimiento. Para hacer del derecho a lo público, la oportunidad de resistir e interpelar ese mismo espacio geográfico-simbólico, en donde valga la pena quedarse.
Hablar de una pedagogía o de lo pedagógico como porvenir significa que en aquello mismo declarado deberían explícitamente estar presentes las piezas faltantes como parte de fragmentos vacíos y ausentes de representación. Lo no tenido en cuenta al momento de narrar y reconstruir esa trama histórico-política para la argumentación. En este sentido, la pandemia, reabrió un camino de sutura como así también de indagación para la búsqueda de una nueva normatividad crítico-solidaria, en clave comunitaria, donde diseñar nuevos puentes vinculantes entre lo descentrado y la exterioridad.
Esto nos aleja de aquella razón pragmática cuando en su vulgaridad sostiene que debemos acostumbrarnos a la incertidumbre. La razón política de las aulas se arraiga en la certeza de que siempre habrá alguien para acudir a nuestro auxilio. No es solo presencia del Estado. Se trata también de presencia subjetiva. Más allá del tiempo, o de “un escenario vacío y un libro muerto de pena”, que aguardaban abrazarse en aquel ansiado reencuentro en la escuela. Por eso sostenemos que el compromiso con lo público no es solo una cuestión de lucha por los oprimidos. El porvenir de la pedagogía también debería verse involucrada en la comprensión de la advertencia hacia nosotros realizada por nuestro planeta. El peligro de extinción de nuestros recursos naturales, asumidos como derecho y como conformación del espacio ético de lo universalmente público.
De no poder avizorar un mutuo acuerdo en esta comprensión, podríamos pasar a imponer y ser nuestra propia exterioridad como consecuencias de nuestros actos que limitan la existencia. Sin embargo, en ese pasaje hay una luz de esperanza que sigue sucediéndose a pesar de todo. Y es este deseo de una vida distinta la cual nos lleva a ser, siguiendo a Alain Badiou, “el más resistente de todos los animales”. Una existencia más justa que, desde las escuelas, puede señalar un camino. Quizás de polvareda, hojas y ripio. Y ahora frecuentemente más o menos incierto, pero originado en la certeza de que alguien busca siempre renombrar, ser nombre y ser renombrado. En esa identidad que hace de la fragilidad de la memoria un símbolo o círculo virtuoso de aprendizajes, la pandemia ha ratificado que la escuela no solo es una institución imprescindible e inevitable. Sino que es parte de la salida y de una lucha colectiva que, afortunadamente, llegó para quedarse.