Lunes 28 de Marzo de 2022
Ella se llama Galia y es maestra de lengua en una escuela de barrio de gran tradición. No tiene una personalidad magnética ni está dotada de un carisma arrollador, y de hecho debe lidiar cotidianamente con el trastorno de atención y otras problemáticas de la era de los celulares. Sin embargo todos, desde los directivos y directivas hasta los padres y madres, pasando, cómo no, por los propios chicos y chicas, están de acuerdo en algo: los educandos (y educandas, de existir este femenino) a cargo de la seño Galia tienen una ortografía excepcionalmente buena para su grupo etario. No perfecta, ciertamente, pero sí exenta de los principales errores esperables —y observables— en el alumnado que transita esa etapa educativa.
Pero ¿es loable, o aun deseable, lo que hace la seño Galia? Según determinadas fuentes, no. Corregir la ortografía es inútil, dicen algunos: en primer lugar, los teclados predictivos y el revisor ortográfico del procesador de texto ya lo hacen por uno. En segundo lugar, la exigencia de una buena ortografía no es sino un clasismo que habría que desterrar. Otros van más allá y aportan pruebas científicas: así, la investigadora Julie Bolland, de la Universidad de Michigan, determinó que las personas que corrigen la ortografía de los otros son más introvertidas, menos amables y conciliadoras y más cerradas que las que no. Y nadie quiere caer antipático, tampoco las y los docentes.
Contribuyendo a esta visión negativa, todo hay que decirlo, están los deficientes recetarios ortográficos en circulación. Un gobierno regional de España, por ejemplo, presenta como oficial un voluminoso conjunto de reglas de dificultosa memorización, pero resulta que no es riguroso: vemos allí, por ejemplo, que “se escribe g después de n”, ofreciéndose como ejemplo la palabra ángel. Nada se dice en cambio del vocablo canje, que sería un contraejemplo (y no el único).
El enfoque de la seño Galia es diferente. Un día, aprovechando que la escuela tiene proyector para todos los salones (es el Abasto, después de todo), mostró una foto de una víbora que se comía a un ratón. Después dibujó en el pizarrón una viborita bebé y una víbora adulta, notablemente más grande, y escribió: “la víbora primero es corta, y después es larga”, y ahí los chicos aprendieron que víbora se escribe primero con ve corta y después con be larga. Y agregó, señalando a la imagen todavía proyectada del ofidio que ingería al roedor: “pero la víbora no es herbívora, sino todo lo contrario”, con lo cual sus alumnos aprendieron que el orden de la v y la b en herbívora es el contrario que en víbora.
Otro día ordenó a tres chicos que se pusieran en fila, anunciando “cada uno está en su posición”. A continuación agregó, señalando a una cuarta niña: “Vos, Alina, le vas a dar un suave empujón a Fede; y vos, Fede, te vas a correr un poco de donde estás”. Los chicos no entendían nada, pero era menos tedioso que copiar del pizarrón, así que Alina fue y le propinó el empujoncito a Fede, y Fede se hizo a un lado del lugar que ocupaba en la fila. A continuación, Galia escribió triunfalmente “lo sacó de su posición”, y sus jóvenes discípulos retuvieron para siempre el orden de la s y la c en la palabra posición, porque era el mismo que en la palabra sacó, y porque recordaban vívidamente el día en que Alina lo había sacado a Fede de su posición.
En otra oportunidad escribió en el pizarrón la secuencia HUE_O. A continuación, no se supo muy bien de dónde, hizo aparecer dos huevos de cáscara colorada y los apoyó en el hueco entre la E y la O, apuntando uno hacia la izquierda y el otro hacia la derecha, con lo cual quedó formada una V de huevos. Acto seguido cascó uno de ellos —con alivio los alumnos comprobaron que estaban duros—, dejando el otro intacto, y escribió: “Un huevo está nuevo y el otro está viejo”, y así todo el grado asimiló el correcto uso de la V en tres palabras.
Venga al caso o no, Galia siempre se saca de la manga una frase análoga, desde “estaba borracho porque había bebido” hasta “cuando yo vaya a Yapeyú”, pasando por “hacer hace la hache; echar echa la hache” y “para tomar la decisión de casarme necesito una casa”. Y sea ello benéfico o no, sus alumnos salen de sus clases con una ortografía bastante buena para la edad que tienen.
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La seño Galia no existe realmente. Lo que sí existe son las estrategias de “ortografía sin dolor” que hemos atribuido en bloque a esta docente imaginaria, pero que conocemos por haber sido aplicadas con nosotros por maestras con inventiva y recursos. Los trucos no son nada de otro mundo: trabajar por asociación de ideas y no por memorización cruda, aprovechar los conocimientos previos del alumno, enfocarse prioritariamente en los errores que tienen mayor probabilidad de aparecer, usar el movimiento y el cuerpo y ofrecer reglas que no admiten excepciones.
Si nos cruzamos con esas personas hurañas y poco empáticas para quienes la ortografía importa que denuncia la profesora Bolland, y si se da la casualidad de que dependemos de ellas para algo, no nos hará ningún mal haber contado con una sólida formación ortográfica desde temprana edad. La solución no está en vituperar la ortografía como un saber anticuado y reaccionario, y sí en formar docentes en la noción de que su enseñanza no tiene por qué ser una tortura.