Miércoles 23 de Febrero de 2022
Vivimos en una época asediada por los trastornos psíquicos. Caminamos por la calle y nos encontramos con cientos de personas que sufren en silencio y soledad. Nadie quiere mostrar sus heridas. Todos parecen estar bien, porque saludan con una sonrisa, porque cubren su dolor con un maquillaje de emergencia. Por fuera los semblantes se ven vitales, pero nadie puede mirar lo que hay adentro: una herida que reclama a gritos ser, al menos, expresada, pedir auxilio, ser considerada por el cuerpo que la porta. Pero el mandato que organiza a los cuerpos dice: “El sufrimiento es un fracaso, anormalidad, locura”. Y en este mundo de ganadores y perdedores, ese mandato pesa como un dios. Nadie quiere mostrar el monstruo que lo corroe por dentro.
Pero ocurre que de repente un día algún vecino, algún compañero de trabajo, alguna estrella de televisión, entra en crisis. Nadie hubiera adivinado todo lo que padecía. De repente, una mañana de sol y cielo despejado, alguien, algún familiar, algún amigo, se vuelve loco, y nadie hubiera sospechado que un dios de la demencia había crecido en la profundidad de su cuerpo, hasta hacerlo estallar.
El sujeto ha implosionado. Los padecimientos interiores se extienden como un cáncer invisible. Junto con ese proceso, el vínculo social se ha resquebrajado. Es necesario que el sujeto hable, grite, pida auxilio. Y a la vez, es necesario que alguien lo escuche, que no sea solo el psicoanalista. Porque es la escucha, en ese lazo social roto, lo que se ha resentido.
Este panorama se transforma en la tierra fértil en la que nacen y crecen los trastornos psíquicos que ponen el sello a nuestra era. No podemos escuchar al otro pero tampoco a nosotros mismos. Sentimos un dolor difuso que no sabemos de dónde viene. Estamos anestesiados, con los sentidos atrofiados. Sentimos un ruido que viene del exterior, el quejido de otros cuerpos, con los que no podemos identificarnos, porque no los podemos comprender. La magnífica pintura de Edvard Munch El grito ilustra muy bien esta situación. Alguien que en su desesperación se tapa los oídos gritando en soledad.
En particular el sufrimiento parecería no venir del contexto social. Lo perciben individuos atomizados, como si se tratara de ciudades amuralladas, blindadas para que no se filtre el dolor ajeno. El individuo quiere calmar su padecimiento satisfaciendo su hedonismo, es decir, entre otras cosas, consumiendo. Se va de shopping, compra objetos que le puedan dar un placer momentáneo, acata los mandatos de la publicidad, busca un cuerpo para satisfacer necesidades sexuales, compra libros y mira novelas de entretenimiento, y hasta llega a consumir psicólogos.
La cultura light prolifera como si en ella se encontrara un bálsamo. Vínculos superficiales, fugaces: Narciso no quiere comprometerse con nada. Hay quienes perciben en esta situación un gesto de liberación. Se trataría de un individuo que ya no se somete a ninguna instancia que lo trascienda, teniendo la libertad para elegir el tipo de vida que quiere, lejos de los mandatos sociales o políticos. Pero no podemos ver en esta situación ninguna emancipación, en la medida en que este individuo se ha debilitado, atomizado, ha caído en el abismo sin fondo de una introspección enfermiza. Para que exista algún tipo de emancipación, ese individuo tiene que transformarse en sujeto. Y no hay sujeto sin un otro.
Es el imperio de Narciso, que ha colonizado el mundo. Narciso reina gracias a una ficción, la de suponer que existen dos instancias que se pueden separar claramente: el mundo individual y el mundo colectivo. El yo y el otro. La psiquis y su afuera. De esta manera el yo se protege con una armadura anti-sensorial para frenar cualquier sufrimiento que pueda venir desde su afuera. Y para eso es necesario que se quede solo, perdido en su laberinto solipsista. Es así como se erigen los límites entre los cuerpos. Pero esos límites en realidad son ficticios. Las fronteras entre los cuerpos son borrosas. Adentro del individuo vive el otro, miles de otros, que nos hablan de un dolor que es imposible conjurar. Esos otros se conectan, muchas veces sin que el individuo lo perciba, con el afuera de un padecimiento que circula socialmente, una herida existencial, propia de vivir en sociedad. Así el individuo, tal vez inconscientemente, se ve desbordado, forcejeando para taparse los oídos y cerrar los ojos a esa realidad que viniendo de afuera se conecta con su mundo interior como si se tratase de un mismo cuerpo. Los límites entre los cuerpos son zonas de ambigüedad, que asustan al individuo en la medida en que ya no sabe bien qué o quién es.
Los problemas para el individuo comienzan cuando habita, a veces contra su voluntad, en la zona de indeterminación. Cuando el espejo no le devuelve su imagen. Cuando ya no sabe lo que quiere, o, peor aún, cuando ya no sabe ni quién es. Proliferan procesos de despersonalización que pueden devenir en pánicos que lo llevan a recurrir a todo tipo de terapias para clamar su desesperación. Aromaterapia -porque sus narices ya no perciben los aromas de su entorno-, musicoterapia -porque sus oídos ya no pueden percibir la sutileza de los sonidos que vienen de su exterior-; laborterapia, porque ya no sabe cómo entretenerse y ocupar su tiempo, porque su entorno lo aburre y padece las agujas del reloj que no pasan. Así Narciso ha creado un régimen terapéutico. Para cualquier actividad de la vida social, se necesita un especialista que nos diga o nos enseñe cómo comportarnos. Un sexólogo para enseñarnos a disfrutar sexualmente, un psicólogo para enseñarnos a vivir.
Lo que se conjura es el dolor, y para eso proliferan los y las anestesistas de todo tipo. Lo que se extiende como un cáncer que cubre a todo el cuerpo social es la mediocridad: Narciso se ha olvidado que el dolor nos lleva a crecer. Lo decía Nietzsche: los hombres más extraordinarios de la historia han surgido de las condiciones más desfavorables. Y, a la inversa, diríamos: del mundo light en el que vivimos, ha surgido el hombre posmoderno, que escapa todo el tiempo, de los otros y de sí mismo. Nada puede esperarse del individuo. El arte, la política, la poesía, en fin, la belleza, no puede crecer en este desierto que ha dejado Narciso en su paso por la historia. No hay salida para Narciso. Sólo desarmándolo, desconfigurándolo y enfrentándolo con el dolor existencial propio de vivir en sociedad puede ocurrir algo inesperado, que es lo que necesita la humanidad para reproducirse. Algún acontecimiento, algo nuevo que lo sacuda, que lo vuelva a conectar con la vida, para soportar las antinomias, las preguntas sin respuestas, la herida y la cicatriz, la sed insaciable, el deseo y la falta, Eros y Tánatos, los opuestos que no se reconcilian en ninguna instancia superior, la locura incurable, la incertidumbre, la Razón destruida, la muerte.