Jueves 31 de Marzo de 2022
“La emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo, y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido” escribe el autor norteamericano H. P. Lovecraft, ícono del género de terror. En Sueños color zafiro (Dinastía Editorial, 2021) el rosarino Erwin Cocha teje siete historias hilvanadas entre sí, situadas en Las Lanzas, una ciudad en la que todo –incluso lo impensado, incluso lo desconocido– parece posible de suceder. La cita de Lovecraft, a quien Erwin lee desde muy pequeño, podría funcionar como matriz de búsqueda en este texto.
Erwin Cocha nació en Rosario en 2001. En 2020, plena pandemia mundial, publicó su primer libro, La casa de la calle Liniers (Editorial Ciudad Gótica), también inscripto en la literatura de género. Tanto en Sueños color zafiro como en La casa… el trabajo con el suspenso es una marca identificable que para el joven escritor surge como producto de sus lecturas durante la adolescencia. Nombres como los de Stephen King, Edgar Allan Poe y el ya mencionado Lovecraft poblaron su biblioteca personal desde pequeño.
La casa de la calle Liniers, libro recientemente declarado de Interés Municipal por el Concejo de Rosario, propone una serie de historias que cierran con algunas notas del autor. En ese texto final, Erwin relata sus inicios con la escritura, y las lecturas que lo han marcado. “Los libros fueron el pilar que me sostuvieron para no caer rendido al colapso mental” asegura. En su escuela secundaria de orientación técnica, rodeado de tornos y herramientas de taller, Erwin buscaba en los libros un escape. De hecho, afirma, las ideas de esos relatos se concibieron en los salones de ese colegio y dos profesores fueron centrales al momento de incentivar su escritura. Por un lado, su profesora de Lengua, Graciela Barroso, una de las primeras personas en leerlo y alentarlo a continuar escribiendo. Por otro, Franco Toffoli, profesor de Filosofía, quien le dio un gran incentivo con sus comentarios y lo invitó incluso a formar parte de un grupo de debate filosófico en el que abordaban diversas obras y debatían en torno a ellas.
Algunos fragmentos que componen La casa de la calle Liniers evidencian una marcada influencia del cine. Por ejemplo el cuento Lugares peligrosos. “A medida que escribía usé recursos como los cambios de escena, en pos de lograr el efecto deseado” detalla el autor. Otro cuento con el mismo trabajo formal es La empleada. Situado a principios del siglo pasado, el relato aborda la historia de una muchacha contratada para cuidar una lujosa casa. Sin embargo, acuciada por los terrores que allí dentro la atormentan y en medio de una serie desafortunada de eventos, la mujer pierde la cordura.
En relación con el cine y la impronta que ha dejado en algunos de sus relatos, Erwin detalla: “Una de las películas que más disfrute y más marcaron mi escritura son las dos partes de It, de Andy Muschetti. Es un buen trabajo audiovisual que le hace honor al libro de King y cumple muy bien como filme de terror. Tomo de ésta sus escenas de persecución. Otros largometrajes que tuve presentes a la hora de escribir son El resplandor y El exorcista, por sus escenarios y la interacción de los personajes con ellos”.
En diálogo con Cultura y Libros de La Capital, el escritor, quien cursa segundo año de la carrera de Letras y asegura no confiar en los talleres de escritura, habló de sus orígenes con el género, de sus maestros literarios y del terror y su estrecha relación con la esencia humana.
—¿Cómo surge tu interés por la literatura de género?
—Cuando comencé a escribir lo hice con relatos de aventura y de fantasía. Era lo que más había leído en mi niñez, y a los diez años tuve ganas de crear mi propia historia. De más chico era mi madre quien me leía: todas las tardes me compartía clásicos de la literatura como Julio Verne, Daniel Defoe, Charles Dickens o Mark Twain.
Más llegado a la preadolescencia llegó a mis manos un libro de Stephen King y eso marcó un antes y un después. Fue su obra La expedición la que me llevó a conocer al autor. Dos relatos de aquel libro me fascinaron, por lo que contaba y por cómo estaba relatado; por el pulso que le daba el narrador. Años después, dichos relatos me sirvieron de inspiración a la hora de escribir mi cuento La empleada. Le comenté a un amigo que había leído un libro de Stephen King y él me recomendó algunos otros, sin embargo no volví a leer nada hasta un par de años después, cuando ese mismo amigo me regaló un ejemplar de El pistolero para mi cumpleaños. Leí además algunos cuentos de Poe, que alimentaron mi creciente fascinación por relatos de ese género.
En primer año de la secundaria, tuvimos que hacer un trabajo de redacción para Lengua y Literatura. La consigna era escribir un thriller breve. Me gustó mucho hacerlo y me devolvió las ganas de sentarme a escribir como lo hacía de niño. Cuando retomé los libros de King no pude parar, leí uno tras otro, y a él se sumaron más de Poe y algo de Lovecraft. Me maravillaba lo que se relataba en aquellas páginas y el terror terminó por conquistarme.
—¿Qué es para vos el terror, Erwin? ¿Qué te genera?
—El terror es mucho más que poner a personajes en escenarios que los asusten. El terror es una herramienta que sirve para despertar emociones en los lectores, llevarlos a una instancia de primitiva supervivencia, que sientan esa necesidad de tener que escapar como la sienten los protagonistas. Tampoco el fin último del terror es dar miedo y listo. No. Va más allá. Una obra de terror nos tiene que dejar pensando en cómo resolveríamos las situaciones que allí se narran, como individuos y como sociedad. Cuando uno lee un libro de este tipo tiene que sentir esa sensación de que hay alguien que lo observa desde el otro lado de la habitación, pero también lo tiene que dejar pensando.
— “¿Cuánto terror puede soportar la mente humana sin perder el lúcido raciocinio?” se lee en las primeras líneas de La empleada, uno de los cuentos de La casa de la calle Liniers. ¿Qué responderías? ¿Cuánto terror podemos soportar como humanidad?
—Es una pregunta que ya desde antes de la pandemia venía dando vueltas en mi cabeza. Creo que la mente humana se cree capaz de soportar terrores como los que ve en el cine o lee en los libros, pero realmente cuando le toca vivir algo similar no está ni cerca de soportarlo. El terror límite al que puede ser llevada la mente humana es aquel que deteriore de manera significativa nuestra lucidez mental y nos haga perder la cordura, y eso depende mucho de cada persona. Quizás el personaje de Matías Zafiro no se hubiese vuelto loco como lo hizo la muchacha encargada de cuidar la casa en La empleada. Cuando nuestra mente se enfrenta a una situación, a un ser o a una experiencia que corrompe nuestra torre de control y nos deja daños neurocognitivos severos, cuando es a través del miedo que somos llevados a la locura, ese es el terror máximo que podemos experimentar. El límite está en eso.
Ahora bien, como humanidad creo que el limite reside en una cuestión más primitiva de la especie, la extinción. Una extinción lenta, con mucho sufrimiento, donde deban romperse algunas barreras morales en pos de la supervivencia. Un escenario hipotético que a veces imagino es la extinción de las abejas y cómo esto desembocaría en la repentina escasez de todo tipo de alimentos, lo que generaría hambruna y crisis mundial, y acercaría al ser humano a la extinción. Creo que un fin trágico y así de terrorífico es el límite que la humanidad podría conocer.
—En una de las historias de Sueños color zafiro, tu segundo libro, hay una cita anónima que dice: “El valiente no es el que no siente miedo, sino el que a pesar de tenerlo, actúa”. ¿Hay algo en esa cita que pueda ser vinculado con el oficio de escribir?
—Escribir terror es un poco enfrentarte a tus miedos, plasmarlos en el papel para librarte de ellos, o por lo menos, compartirlos con los demás. Cuando escribo me gusta imaginarme lo más terrorífico y retorcido que puedo crear y sentir. A veces uso miedos míos, otras veces los instaurados en la sociedad moderna, o los más primitivos, que ponen en juego nuestro instinto de supervivencia. En el oficio del escritor existen algunos otros miedos, como el del síndrome del impostor, o el miedo al fracaso o a la falta de reconocimiento. Mi miedo más grande es un poco ese, temo mucho terminar fracasando. Sin embargo, eso no debe acobardarnos, al contrario, nos tiene que impulsar a seguir adelante, a intentarlo de la mejor manera posible. En la escritura y en cualquier ámbito de la vida.
—¿Cómo surge el personaje de Luis Roca, de Carne para hamburguesas? Es un personaje inquietante…
—Surge de la necesidad de que el protagonista se viera alterado por cuestiones que lo atravesaran y por esa razón no pudiera pensar las cosas claramente y terminara tomando decisiones que lo condenaran. Así aparece un hombre de mediana edad, con una vida de lo más común, movilizado por el reciente nacimiento de su primer hijo. Luego, con una visión nublada de los acontecimientos y sin medir las consecuencias de sus actos, termina por hacer cosas que lo llevan a una vida desgraciada, donde experimenta de primera mano el verdadero terror. Muchos de los aspectos surgen sobre la marcha, como cualquier personaje. Los escritores podemos tener una idea de qué buscamos crear, pero son ellos, los personajes, los que a medida que se desenvuelven en la historia muestran sus fortalezas y sus debilidades, sus miedos y sus razones de ser como son.
—Tu libro Sueños color zafiro abre con un epígrafe de Umberto Eco: “Los monstruos existen, porque forman parte del plan divino, y hasta en las más horribles facciones de los monstruos se revela el poder del Creador”. ¿En qué medida este autor te ha influenciado?
—Elegí esa frase de Umberto Eco porque creo que el mal no se le escapa a la creación. Si el creador es omnipresente ya sabe de antemano el mal que espera a la vuelta de la esquina y eso se ve plasmado en algunas páginas del libro. Incluso el terror más grande no sale de la nada. De Eco leí un poco durante el colegio secundario y he llegado a comentar mi experiencia con amigos que también lo han leído. No es de los escritores que más me han marcado, pero tiene frases muy acertadas.
—La historia de Matías Zafiro es muy particular y toca —aunque tangencialmente— un tema que se está instalando como lo es la muerte digna. ¿Qué pensás al respecto?
—Considero que es importante poder vivir en una sociedad donde la muerte digna o también llamada ortotanasia no sea un tabú y pueda ser una opción que no esté mal vista. Para que avancemos hacía un futuro así, debemos dejar de lado al egoísmo y entender que uno no tiene derecho a atar a nadie a una vida donde se sobreviva sufriendo. La vida va mucho más allá de poder respirar. Padecer una enfermedad terminal o estar en coma, aunque se esté vivo, no es una manera digna de vivir, y los allegados del pereciente deben entenderlo. Todos deberíamos poder optar por una opción de muerte sin sufrimiento, si las circunstancias llegan a esa última instancia. También este tipo de acciones deben acompañarse con un uso responsable.