Jueves 13 de Julio de 2023
El narrador rosarino Eduardo Sguiglia (1952) acaba de lanzar su última novela, La redención del camarada Petrov, publicada por Edhasa. La atrapante historia que desarrolla Sguiglia se centra en un hecho histórico tan dramático como escasamente conocido: la decisión que debió tomar en pocos minutos un militar soviético ante el supuesto lanzamiento de cinco misiles con cabeza nuclear por parte de Estados Unidos, el 26 de septiembre de 1983.
Por fortuna para la especie humana, que de lo contrario hubiera sido víctima de una masacre a una escala nunca vista, el teniente coronel Stanislas Petrov no creyó en la veracidad de la señal de alarma emitida por el sistema de defensa de su país y no informó a sus superiores, lo que hubiera desencadenado la hecatombe.
Pero este es apenas el punto de partida del texto de Sguiglia, que se sumerge a fondo en la cruel contienda entre rusos y alemanes en el marco de la Segunda Guerra Mundial, con un médico argentino llamado Juan Meyer como protagonista central.
Sguiglia, que estuvo exiliado en México durante la dictadura, fue el primer embajador argentino en Angola y también es un destacado economista, dialogó con La Capital.
Eduardo, vos te caracterizás por trabajar sobre la base de hechos reales en tu narrativa, y parecés tener predilección por historias donde la violencia política ocupa un rol central. ¿Por qué te atrapó el personaje de Petrov al punto de dedicarle una novela?
Sólo tres de mis siete novelas contienen historias basadas en hechos reales, Fordlandia, Los cuerpos y las sombras y La redención del camarada Petrov, y en dos, No te fíes de mi si el corazón te falla y Los cuerpos y las sombras, la violencia política juega un rol importante en la trama.
Aun así, me atrevo a compartir lo que decía Borges respecto a que toda literatura es simbólica, que hay unas pocas experiencias fundamentales y que es indiferente que un escritor, para transmitirlas, recurra a lo “fantástico” o a lo “real”, a Macbeth o a Raskolnikov, a la ocupación de Bélgica en 1914 o a una invasión de Marte.
En este sentido, la actitud del teniente coronel soviético Stanislav Petrov durante el incidente del equinoccio de octubre me provocó una serie de preguntas acerca de las reflexiones y la perspectiva que puede tener un ser humano después de haber evitado, por su cuenta, desafiando a normas y autoridades y sin ningún reconocimiento posterior, nada menos que una catástrofe o hecatombe nuclear.
Pero no es sólo Petrov el eje de lo que contás: en realidad, Meyer es acaso más apasionante. ¿Cuántos “Meyer” hubo en la realidad en aquella época que hoy resulta tan lejana? En la actualidad parece haber muy pocos “Meyer”…
Sí, Juan Meyer, el otro personaje relevante de la trama, es un médico argentino que decide sumarse a un batallón partisano para combatir al nazismo en Bielorrusia y Ucrania durante la Segunda Guerra Mundial.
Y los registros históricos revelan que hubo muchos argentinos que recorrieron por entonces el mismo camino de Juan Meyer, o similares, por distintas zonas de Europa. Isidoro Gilbert y José Luis Mangieri, dos grandes periodistas y poetas que ya no están entre nosotros, también me aportaron datos interesantes sobre estas decenas de hombres y mujeres. Una de ellas, Maureen Dunlop, que nació en Quilmes y fue una destacada piloto de guerra además de una mujer muy atractiva y audaz, tiene un rol influyente en la novela.
En cuanto a la lejanía entre una y otra época, a veces tengo la impresión de que hoy en día algunos líderes de Oriente y Occidente están volviendo a jugar con fuego y antorchas en el medio del bosque.
Otro de los que merecen análisis es el “Jefe”: el hombre de la realpolitik. Es acaso el de rasgos menos anacrónicos. Y a esto iba: mientras leía, en cierto momento anoté: “…personajes y códigos éticos de otra época. El triángulo Meyer-el Jefe-Julia recuerda al de Bogart-Henreid-Bergman”. ¿Te considerás un hombre de otro tiempo, emanado, específicamente, de los románticos y terribles años setenta?
Sí, varios personajes de la novela tienen una ética, una forma de actuar y un puñado de ideas que se ajustan quizá al espíritu de época que, según académicos, cineastas y escritores, predominaba hacia mediados del siglo pasado. Sin embargo, no estoy seguro de que podamos identificarlos con los inolvidables protagonistas de Casablanca, esa gran película. En todo caso, lo dejo a criterio de cada lector.
En cuanto a mí, reconozco que participé con intensidad en aquellos años setenta. Especialmente en Rosario. Y que esa participación me dejó huellas y emociones imborrables. Aunque no me siento un hombre de aquel tiempo. Tal vez, porque después de esos trágicos acontecimientos tuve otras experiencias importantes. O porque desde hace mucho procuro vivir el presente, si es que existe, con todas las vicisitudes que esto significa.
El trasfondo de la novela es, justamente, romántico. ¿O considerás que Lenin tuvo razón cuando lanzó esa frase que citás: “Todo es ilusión, menos el poder”?
Me parece que Lenin y otros tantos como él, incluso un montón de dirigentes actuales, creían y creen en este concepto. Y que se dedican a practicarlo, a ejercerlo casi todos los días. No obstante, reducir la esencia de política a la disputa y a la administración del poder y los cargos, sin reparar siquiera en los fines o las ilusiones, le quita, en mi opinión, encanto y nobleza a una actividad que, sin ninguna excusa y con mucho entusiasmo, tendría que estar destinada a mejorar la distribución de la riqueza y la calidad de vida de los ciudadanos.
Por fuera de la novela, ¿creés que es posible sostener la ilusión revolucionaria y la fe en el hombre, ante el creciente avance de un capitalismo despiadado y una derecha siniestra?
Sí, creo en estas posibilidades y, por citar un ejemplo, lo he visto con mis propios ojos en África, donde una buena cantidad de médicos y educadores procedentes de distintas partes del mundo se arriesgan a permanecer en lugares remotos para combatir algunos de los males que suele causar el capitalismo atrasado y despiadado como son las enfermedades crónicas y el analfabetismo en la primera infancia y la niñez.
La última: ¿a qué escritores volvés siempre?
Siempre es una suerte tener a mano, en la mesita de luz o en algún lugar de mi casa, textos de Homero, Shakespeare, Borges, Conrad, Hemingway, Faulkner y Cormac McCarthy, entre otros maestros.