Martes 10 de Mayo de 2022
Brasil es mucho más que un país: se planta ante el mundo como un gigantesco enigma. Nuestro poderoso vecino no solo es dueño de un singular poderío económico, sino de una cultura de rasgos excepcionales. Su música popular, por ejemplo, ha marcado a fuego el siglo pasado y se proyecta hacia el futuro en numerosas y potentes ramificaciones. Y su literatura ha dado nombres de honda relevancia. En el terreno nodal de la poesía, basta pensar en la obra de Carlos Drummond de Andrade o Manuel Bandeira para ingresar en un territorio donde la altísima calidad no se confunde con hermetismos ni elitismos, sino con el habla del pueblo. Poco tiempo atrás, un libro traducido por el escritor argentino José Ioskyn un auténtico especialista en Brasil reveló para los lectores hispanos la obra de otro singular creador, de talento equiparable con los nombres citados.
Manoel de Barros (1916-2014) nació en el Mato Grosso, y en su caudalosa voz se refleja el paisaje de la selva. Profundo y humanísimo, sus textos merecen sumarse ya mismo a la biblioteca de cualquier lector que valore la belleza genuina.
Acerca de su obra y su figura, y también sobre la distancia cultural que separa a argentinos de brasileños, Cultura y Libros dialogó con José Ioskyn.
Contanos en qué momento de tu vida te enamoraste de la poesía brasileña contemporánea y cómo fue ese encuentro. ¿Influyó, por casualidad, Vinicius de Moraes?
Si no hubieras mencionado a Vinicius, hasta me olvidaba de él. Fue mi primer contacto con la cultura carioca. Había un disco en mi casa que había sido grabado en un café concert en Buenos Aires. Mis padres habían ido a verlo, yo tendría unos diez años, y sin embargo percibí la calidez, la bohemia tranquila de Vinicius, la melodía que te llevaba a su propio mundo. Ese disco era mágico. Gracias por hacerme recordar.
También pienso, gracias a ese recuerdo, que para entender una cultura no se necesita saber todo, o visitar el lugar. No hace falta ser un experto, con un pedacito es suficiente. El resto lo hace la imaginación.
Y con De Barros, ¿cuándo y de qué modo te tropezaste? Tiene un talento enorme y merece ser comparado con Drummond o Bandeira, sin vacilaciones…
Eso fue una de esas “casualidades necesarias”. Manoel de Barros tiene una presencia muy amplia en Brasil, la gente lo ama; era seguro que lo iba a encontrar en algún momento.
Yo había alquilado un lugar en la casa de un hombre que era fanático de Manoel. Él me vio leyendo en la terraza, frente a un morro, a pesar de ser carnaval y estar a metros de la playa. Entonces me trajo una caja con los libros de De Barros, una edición alucinante. Pero por esas cosas de llevar la contra, no lo leí en ese momento; lo hojeé, pero no lo leí en profundidad. Tiempo después le pedí a un librero recomendaciones de lectura y entre ellas había varios libros de Manoel. Me enamoré de inmediato y empecé a traducirlo sin saber si iba a poder publicarlo. Necesitaba hacer algo con ese texto además de leerlo: desmenuzarlo, apropiarme de él; la traducción tiene algo de reescritura. Quería ser Manoel, y ahora, después de haberlo traducido, me gustaría tener algo de su espíritu sabio, alegre, desapegado y a la vez íntimo.
Hablame de la dura tarea del traductor de poesía. La edición de De Barros es bilingüe, y eso no parece casual.
Vos lo dijiste exacto. Traducir poesía es un trabajo duro, pero tiene que parecer leve, blando, tiene que reproducir la melodía del cuerpo de ese poeta en particular. Si se nota el esfuerzo, no sirve. Yo siento horror al ver mis equivocaciones al respecto. Es importante no modificar el ritmo corporal de la sintaxis, la intención del poeta, su manera de modular las frases, que es como respirar o cantar. La edición es bilingüe justamente para permitir que el lector pueda encontrar esa cadencia, aunque no domine del todo el idioma.
¿Por qué hay tanta distancia entre la literatura argentina y la brasileña? ¿Pueden, pese a ella, llegar a encontrarse?
Son culturas muy diferentes, a pesar de la proximidad. Cada región tiene una especie de familiaridad íntima, algo que solo saben y comparten los que pertenecen a ella. Se refieren a nosotros como “los hermanos”, en castellano. Lo que sucede es que tenemos la tendencia a ver las cosas en bloque. La literatura argentina para nosotros es una galaxia entera, imaginate un país-isla-continente lingüístico que mira hacia dentro y tiene cuatro o cinco veces más habitantes que el nuestro. Se hace infinito. Quiero decir que es muy complejo hablar de literatura brasileña como una sola cosa y, sin embargo, no queda otra opción que tomarlo así. Brasil tiene un contacto fuerte con Mozambique, Angola, Portugal, por pertenencia lingüística. Se publican escritores de esos lugares como nosotros podemos leer mexicanos, uruguayos, etcétera. Además está la diversidad interna, que es enorme.
A mí siempre me llama la atención en Brasil la popularidad de los poetas para el lector no especializado. Hay una conexión –o una comunión– con la poesía que nosotros no tenemos. Los poemas se musicalizan, son recitados por actores, están dentro de la misma red, un chico de una comunidad puede recitar un poema largo de Drummond. Tal vez un encuentro posible necesite que algo así ocurra también dentro de nuestra propia cultura.
Cuando se caminan las calles de Río o Bahía se percibe un latido único, un planeta sin comparaciones, pero De Barros parece pertenecer a otro mundo que el de las grandes ciudades de la costa. Me gustaría que me describieras su universo humano y poético.
Habría que imaginarse a alguien que fue criado en el campo, con un padre alambrador. Años después vuelve, decidido a tener su propia hacienda para ser un “vagabundo profesional”. Escucha lo que la naturaleza le muestra, ve lo que escucha, los sentidos se mezclan, ve ciclos, como el de una lata que se oxida y se convierte en parte del entorno: llena de tierra, un pájaro deposita semillas con sus excrementos, nace una planta, la lata se llena de flores y mariposas. Las palabras también se mezclan y juegan, haciendo su propio mundo, que es el mundo de la poesía. Palabras y naturaleza son objeto de contemplación; Manoel es un alegre monje zen que anota frases después de sus paseos en libretas hechas por él mismo con papel y cartón. Tiene la risa y la alegría que has escuchado en las ciudades que mencionás, aunque el escenario aquí es el Pantanal, donde los animales, plantas e insectos son tan importantes como las personas, y donde el error lingüístico es una invención poética. Se trata de aceptar el juego, la transformación, como parte de lo serio.
Cuatro poemas de Manoel de Barros
Obrar
En aquel otoño, de tarde, al pie del rosal de mi
abuela, yo obré.
Mi abuela ni siquiera me retó.
Obrar no era construir una casa o hacer una obra de arte.
Ese verbo tenía un don diferente.
Obrar era lo mismo que cacarear.
Sé que el verbo cacarear se aplica más a los pajaritos.
Los pajaritos cacarean en las hojas en los postes en las
piedras del río en las casas.
Yo solamente obré al pie del rosal de mi abuela.
Pero ella ni siquiera me retó.
Ella dijo que a los rosales les estaba faltando estiércol
orgánico.
Y que las obras traen fuerza y belleza a las flores.
Por eso, para ayudar, fui a hacer obra en los canteros
de la huerta.
Yo solamente quería darles fuerza a las remolachas y a los tomates.
Mi abuela quiso aprovechar ese hecho para enseñarme
que el cago no es una cosa despreciable.
Me daban ganas de reírme porque mi abuela contrariaba las
enseñanzas de mi padre.
Mi abuela, ella era transgresora.
A propósito, ella me dijo que hasta a las mariposas
les gustaba rozar las obras verdes.
Entendí que las obras verdes eran aquellas hechas en el día.
Entonces mi abuela me enseñó a no despreciar las
cosas despreciables.
Ni a los seres despreciados.
Ver
En las vacaciones todas las tardes veía a la babosa en el patio. Era la
misma babosa. Veía todas las tardes a la misma babosa
despegarse de su caparazón, en el patio, y subirse a la piedra.
Y ella me parecía enviciada. La babosa quedaba clavada a la
piedra, desnuda de puro gusto. ¿Ella había poseído a la piedra? ¿O sería
poseída? Yo era pervertido en aquel espectáculo. ¿Y si yo
fuera un voyeur en el patio, sin binoculares? Podía ser.
Pero nunca les negué a mis padres que me gustaba
ver a la babosa entregarse a la piedra. (Puede ser que esté
empleando de manera equivocada el verbo entregar, en
vez de subir. Puede ser. ¿Pero al final no sería lo mismo?).
Nunca escondí aquel delirio erótico. Nunca
escondí a mis padres aquel gusto supremo de ver.
Daba la impresión de que había un intercambio voraz entre la
babosa y la piedra. Confieso, además, que me gustaban mucho,
en ese tiempo, todos los seres que andaban refregando
la panza por el suelo. Las lagartijas eran mucho más importantes
que las babosas en ese punto. Eran esos pequeños
seres que vivían a gusto por el suelo los que me
fascinaban. No veía ningún espectáculo más edificante
que el de pertenecer al suelo. Para mí esos pequeños
seres tenían el privilegio de oír las fuentes de la Tierra.
El Lavador de la Piedra
Vivíamos en el patrimonio de Piedra Lisa. Piedra
Lisa era una aldea de 13 casas y el río por detrás.
Por la aldea pasaban comitivas de arrieros y
muchos vagabundos. Mi abuelo puso una Venta en la
aldea. Vendía tocino, frenos, arroz, rapadura y esas cosas.
Las provisiones que los arrieros compraban de
pasada. Atrás de la Venta estaba el río. Y una piedra que
afloraba en el medio del río. Mi abuelo, a la tardecita, iba a lavar
la piedra donde las garzas se posaban y cagaban. En la piedra
no crecía ni musgo. Porque la escupida de las garzas tiene
un ácido que mata desde el nacimiento cualquier especie de
planta. Mi abuelo se ganó el desnombre de Lavador de la Piedra.
Porque todas las tardes él iba a lavar aquella piedra. La Venta
quedó abandonada con el tiempo. Como si una cama quedara
abandonada. Es que los arrieros ahora iban por atajos
por otras rutas. Por eso la Venta cayó en un abandono
de morir. Por la aldea solo pasaban ahora los
vagabundos. Y los vagabundos paraban siempre para una
charla con mi abuelo. Y para dividir la vianda que mi madre
le mandaba. Ahora el abuelo vivía en la puerta de la
Venta, debajo de un algarrobo. Ahí él veía a los
niños rodando aros de barril como si fueran bicicletas.
Veía a los niños en caballos de madera corriendo como si
fueran montados en ñandúes. Veía a los niños que jugaban
con pelotas de media como si fueran de cuero. Y corrían veloces
por la aldea como si hubieran comido canillas de
perros. Todo eso más los pajaritos y los vagabundos
era el paisaje de mi abuelo. Tanto que él dijo una
vez: los vagabundos, los niños y los pajaritos tienen el
don de ser poesía. ¡El don de ser poesía es muy bueno!
Caso de amor
Una ruta está desierta por dos motivos: por abandono
o por desprecio. Esta por la que ando ahora lo es por
abandono. Tanto que los espinos la están ahogando
en los márgenes. Esta ruta mejora mucho al ir
por ella solo. Ando por acá desde chico. Y siento
que ella me da sentido. Me parece que capta
que fui a la escuela y que ahora regreso para
verla de nuevo. Ella no tiene indiferencia por mi pasado.
Siento de verdad que ella me reconoce ahora, tantos
años después. Siento que ella mejora cuando voy solo
sobre su cuerpo. Por mi parte, la encontré bastante
acabadita. Sobre sus piedras ahora raramente pasea un
caballo. Y cuando viene uno, ella lo agarra con
cariño. Hoy siento realmente que la ruta está necesitada
de personas y animales. Ñandúes pasaban siempre por ella
aleteando. Manadas de jabalíes la cruzaban para ver
el río del otro lado. Me estoy imaginando que la ruta
piensa que yo soy también como ella: una cosa bien
olvidada. Puede ser. Ni un perro pasa más por nosotros.
Pero le enseño cómo tiene que comportarse ante la
soledad. Le digo: deja, deja, mi amor, todo se va a terminar.
Tranquila: vamos desapareciendo igual que cuando
Carlitos va desapareciendo al final de una ruta…
Deja, deja, mi amor.