Martes 12 de Diciembre de 2023
Dolores Reyes es docente, escritora, militante feminista y madre de siete hijos. Sin el cuarto propio del que hablaba Virginia Woolf, escribió –como hacen muchas mujeres– sin plata, de madrugada, cuando sus críos dormían y en la cocina porque les cedió a ellos su habitación. Recién ahora, después de la pandemia y de dos novelas exitosas, pudo ampliar su casa baja de Caseros y recuperar su cuarto, al que le agregó un escritorio donde ya se gesta lentamente su tercer libro.
Reyes nació en el oeste del Gran Buenos Aires y hasta hace poco trabajaba dando clases en escuelas medias de esa zona. En paralelo a la enseñanza entrenó su poder: una mirada infalible y una escritura filosa. Su lengua está hecha de ese barrio y de ese barro que conoce a fondo y pisa a diario. De ahí su capacidad de darles voz a personajes femeninos y juveniles como los de sus dos novelas: Cometierra (editada por Sigilo en 2019) y Miseria (por Alfaguara en 2023).
En cada brazo lleva tatuadas las tapas de sus libros. En el derecho la de Cometierra, ilustrada por la rosarina Jazmín Varela, en tonos violetas con una mujer que deja correr un río de lágrimas. En el izquierdo, la de Miseria, realizada por Florencia Capella en colores negro y azul con la redondez de una panza de embarazo y un ojo que lo ve todo.
La primera novela fue un fenómeno literario: superó la undécima edición en el país y se lee en Italia, España, Francia, Polonia, Reino Unido y Estados Unidos. A la segunda le va muy bien y antes de presentarla en Argentina ya lo había hecho en la Feria del Libro de Colombia.
Hasta Cometierra, la autora no había conocido otro país y así como la protagonista de la novela en un momento sale del barrio, Reyes también se abrió al mundo. Desde Caseros, a donde los taxis no entran de noche, viajó sin escalas a España, Colombia, Estados Unidos, México, entre otros destinos, junto con su obra.
“En un punto me despedí del anonimato, a veces quiero hacer algo íntimo y por todos lados me pasa algo”, dice. Hace poco volvía de madrugada, subió a un taxi hasta llegar al tren y un auto la cruzó con unos tipos frente al cementerio de la Chacarita. “Al principio me asusté. Y luego vi que eran dos pibes ultragay que me gritaban desde arriba que me amaban y me hacían corazoncitos con las manos”, cuenta.
Aunque la fama que le dan los libros hace que las hijas vengan con vergüenza porque el verdulero la reconoció en los diarios y le manda saludos, Reyes dice que hace un esfuerzo para que las cosas no cambien demasiado en su rutina, aunque no siempre lo consigue.
“Pasa de todo con mis hijos. Algunos me leen, otros no. Los más grandes leyeron las novelas completas, los más chicos algunas partes. Cada uno, de acuerdo con su edad. Durante la pandemia escuchábamos a la Negra Vernaci leerme al aire y eso realmente fue un shock para todos. Pero siempre digo que no tienen la obligación de leerme a mí, aunque algún día todo esto les va a quedar como una heredad”, dice.
Miseria es casi una continuidad de Cometierra. Si en la primera novela se reveló aquel don de tragar tierra para visualizar el destino de las personas, sobre todo mujeres, desaparecidas víctimas de la trata o por femicidios, en la segunda la amiga de aquella protagonista es la que le pone nombre al libro. La trama retoma los crímenes, las violencias, pero también una guerra de magias que se cifra más allá de lo terrenal.
Situada en el conurbano, entre las vías del tren y las ferias, la novela resiste cualquier lectura más allá de las fronteras. El duelo, la identidad, la violencia hacia las mujeres y más aún hacia las mujeres pobres adquieren un carácter universal.
Para contar esta historia la autora mezcló ingredientes de los Valles Calchaquíes donde las comunidades abren una boca en la tierra misma y ahí hacen una ofrenda, de Amaicha del Valle adonde fue invitada un 1° de agosto, día de la Pachamama, de la feria andina de Liniers donde la población boliviana, peruana y paraguaya tiene sus celebraciones y la tierra todo un protagonismo. Y hasta hay algo de la Rosario queer y picante cuando en la casa de una de las protagonistas (Justina, la Tina) suena la música de nuestra Gilda de las travas: Ayelén Beker.
“Nos creemos tan de ciudad, tan blancos, cuando estas comunidades están haciendo todos estos rituales acá nomás y como en la novela nos dicen: «Ustedes no saben nada, no saben ofrendar y por eso les va tan mal». La soberbia de pensar que somos blancos y europeos, mientras que somos latinoamericanos”, sostuvo en la conversación con La Capital.
–Hay algo que aparece en tus libros con los nombres o apodos que elegís para las protagonistas. Es algo que hace pensar en el tema de la identidad, el quiénes somos, cómo nos llamamos, cómo nos identifican y es algo que no siempre está escrito en un DNI. ¿No?
–Durante años y años como maestra recibía a niñas y niños sin DNI. De hecho, eran chicas y chicos que aún no se habían escolarizado y alrededor de los 10 u 11 años un médico los evaluaba y decía que tenían esa edad y los mandaba a cuarto grado. Y entonces yo tenía que alfabetizar a un pibe que no tenía ni idea, ni nombre. A veces de una clase media tan cómoda hablamos de los derechos de los pibes, de cuántos no tienen una casa, no acceden a una alimentación acorde a un crecimiento. El nombre a veces también es algo a lo que no se llega. Y, por otro lado, está también la figura de quien desaparece, a quien le roban y pierde su identidad. Creo que eso estaba ahí pulsionando, y elegí nombrar con apodos. En principio Cometierra es una especie de estigma, porque ella tiene un don y es un don tremendo, que es superpesado y que lo carga desde la infancia y que ella nunca dice “yo soy Cometierra”, es más bien el afuera el que le llama así. Todo eso de alguna forma estaba ahí operando para que yo eligiera nombrarla así. En Miseria aparece la resignificación de dos términos que en nuestra lengua son terribles: Miseria y el pendejo. Los dos empiezan a funcionar en un universo tan distinto, donde se trama la figura del amor, aquella que están esperando todos y cuando el pendejo llega es el centro de esa suerte de familia que conforman y entonces se resignifica muy efectivamente. Esa es la posibilidad que te la da la literatura.
– Cometierra y Miseria están muy unidas, se acompañan, pero a su vez son chicas muy distintas. Es como si se tratase de dos energías diferentes. Una más ligada a la muerte y al presagio oscuro y la otra más del lado de la vitalidad, la panza que crece, los vínculos.
–Con Miseria me pasaba que toda mi carrera docente he visto a “Miserias” en las aulas. Pibas superdescarnadas, flaquitas, que la vida las ha golpeado de una forma impresionante y que a la vez son pura vitalidad, pura energía y tienen como un don, un carisma, son el centro del aula o de la fiesta. Un poco de eso me tomé a la hora de construir el personaje, y que surge al final de Cometierra pero a través de los ojos de ella. Y acá hubo un movimiento de sacarla de un personaje totalmente secundario y fue ponerla como protagonista y darle la voz. Y es eso. Es una energía muy distinta. “Miseria” es amiguera, deslenguada y eso muchas veces la mete en problemas. Es un contrapunto muy necesario con “Cometierra”, que está tan ligado con lo que la tierra le muestra y es tan terrible porque tiene que ver con las violencias y la muerte.
–En esta novela, como en la primera, las mujeres siguen desapareciendo. Pero también aparecen otras violencias: la obstétrica, la institucional, la laboral.
–El chino del supermercado que le pide el certificado del hospital y ese hartazgo de ella que es el de muchas mujeres que transitan su embarazo mientras alguien las está explotando. Lo que hago es acompañar a estos personajes y ver con qué se van a encontrar, que les pasa yendo al hospital siendo una adolescente precarizada, con un embarazo avanzado, donde no todo es color de rosa y hay gente que es muy violenta y despectiva hacia las pibas. Hay una incertidumbre de quién va a ser la médica que la va atender el día del parto, si será la amorosa de la primera vez o este otro que la cacheteó verbalmente. Y también hay un sueño, que es el que tiene “Cometierra” que es su amiga, “Miseria”, llorando con un camisón manchado de sangre y sin un bebé. Esa imagen que se repite como un presagio hace que “Cometierra” salga por primera vez a buscar ayuda y otra magia.
–El parto es tal vez lo más luminoso del libro y la llegada del “pendejo” es algo amoroso que viene a romper con toda la hostilidad de este mundo violento.
–Me pasan muchas cosas con el tema del parto. Vi audiovisuales y leí muchos partos, es un tema muy tabú aún. Hay un estereotipo de la representación donde la mujer llega toda descontrolada, toda transpirada, en la medida que eso avanza, hay un médico que le dice que puje y ella se va poniendo cada vez peor. Llora, se descontrola y en un momento todo se tiñe de sangre y aparece un bebé inmaculado, envuelto en sábanas blancas. Esto que es chabacano se repite y se repite y parece que entonces un parto es eso que se representa. Y yo quería contar otro parto, disputar ahí, aprovechar que tengo un personaje que tiene su voz y que lo cuente ella misma. Y hay toda una cadena de recibimiento superamoroso, la contracara, al parto lo protagonizan dos: la mamá parturienta y el bebé. Y también está la pregunta sobre cómo recibimos a un bebé que llega al mundo.
–¿Hay algo de tus partos ahí, en el nacimiento del pendejo y en el pujar de “Miseria”?
–Totalmente. Yo fui una mamá de 16 años y ciertas respuestas despectivas no me las contó nadie. Las escuché muchas veces. No sólo en mí sino en otras pibas, de hecho escribí unas crónicas para el CCK que tienen que ver con esto, con la violencia verbal. Vos no sabes qué te está pasando y te callan. Y lo que quería era construir otra forma de atravesar un parto. Así fue.
–Y con la llegada de un bebé enseguida aparecen los cuidados y la presencia de esa red femenina que materna en tribu y en comunidad.
–Si aparece un bebé aparecen los cuidados, si decidimos no contar eso es una decisión no una casualidad. Es un bebé que llega a un entorno hostil, con una madre chica e inexperta, unos papas y unos tíos, y se genera una red de cuidado que es muy amorosa, lo reciben un montón de manos, y se lo llevan a su mamá. Ese momento me emociona cada vez que la leo. Hay amor, dedicación, horas en esa vida que necesita cuidados y a “Miseria” no la dejan sola.
–¿Y cómo buscás tu registro para narrar esas violencias?
–Los márgenes son el centro de mi vida, esto es como una constante. Los femicidios estaban narrados en el género negro desde siempre. Pienso en La intrusa de Borges, El túnel de Sábato, donde hay un femicidio casi justificado desde la psicología, en Cicatrices de Saer, por ejemplo. Lo que pasa acá es que cambia la perspectiva y me ubico en el conurbano, con la voz de una mujer que es hija de un femicidio. Y también me indico en toda esa gente que vive precarizada creando con sus cuerpos la riqueza que otros usufructúan como parte de un sistema. No es justo para nada y además pensando que más de la mitad de las infancias y adolescencias que tenemos está por debajo del limite de pobreza, no hablamos de un borde de donde se cae gente sino que es la mayoría del país. Que haya una decisión de no narrar desde ahí, o desde otro lugar, es eso: una decisión. Yo quiero narrar desde ahí. Desde el centro de las violencias.