Miércoles 06 de Marzo de 2024
La llegada de Javier Milei a la Presidencia tomó a muchos argentinos en ayunas sobre la nueva derecha mundial, movimiento del que es parte. Esta nueva corriente radical-populista es un tema que hasta hace poco era lejano, exclusivamente del ámbito exterior, de los que siguen la política internacional y de académicos. Ahora es un asunto doméstico que urge comprender y seguir. Es necesario explorar la ideología del presidente Javier Milei, dado que de ella emanan las decisiones más importantes que toma. El discurso de la nueva derecha es un maremagnum confuso en el que hay de todo un poco. Hasta existe un anticapitalismo de derecha nacionalista contra George Soros, Bill Gates, Davos y las farmacéuticas fabricantes de vacunas. Es parte del voto duro de Trump, Vox, Le Pen y el húngaro Orbán y, claro, Milei. Si se mira con perspectiva histórica, es coherente: la extrema derecha siempre encontró en los grandes capitalistas al enemigo o chivo expiatorio perfecto, sobre todo si son judíos y estadounidenses, como Soros (inmigrante húngaro que huyó de los nazis).
Como ocurría en los años 30 entre fascistas y comunistas, hoy la denuncia del gran capital también une a los extremos y enemigos mortales. El complotismo de internet, submundo en el que ganó una escala impensable la "alt right" (derecha alternativa) estadounidense, se solapa con la demolición de las tradiciones de la izquierda "woke". Es que los dos señalan a enemigos comunes en muchas ocasiones, como los citados grandes capitalistas que tienen agenda pública. Ambos lanzan invectivas contra el Foro de Davos, por ejemplo. Unos van contra la "Agenda 2030" junto a los agricultores europeos, perjudicados por el cronograma ambientalista de la UE y los obreros norteamericanos hundidos en el desempleo por las "deslocalizaciones" de fábricas a China y México-. Después sí, hay terrenos de combate frontal entre ambos: la nueva izquierda busca la radicalización de los temas de género, minorías étnicas y la erradicación en los medios, TV y cine de todo vestigio de lo que consideran "heteropatriarcado", racismo o clasismo...aunque esto incluya al mismísimo Shakespeare y sus Otelo (ver el grave incidente por proyectar la película con Laurence Olivier en una universidad estadounidense) y El Mercader de Venecia. Pero siempre los dos extremos terminan convergiendo en la misma trinchera de combate al capitalismo "globalista". Es algo que cuadra mal con el libre mercado absoluto que postula el presidente argentino y sus adorados economistas de la escuela austríaca. Trump, Orbán y Le Pen poco o nada saben de la escuela austríaca, ni les importa en lo más mínimo: ellos son nacionalistas a ultranza.
Las denuncias de conspiración mundial para controlar a la población mediante vacunas o vapores vertidos en la atmósfera por los jets comerciales (¡sic!) y delirios paranoicos similares llaman a un combate frontal contra la ONU, Soros y la supuesta agenda escondida de Davos. La fase actual de la globalización es obviamente la "etapa superior" del capitalismo, del libre mercado, que supuestamente defienden Trump, Bolsonaro y Milei. No hay "globalismo" sin el auge planetario del libre mercado que postulan a los gritos desde LLA y similares. Pero no así Le Pen, Vox o la ultraderecha alemana. Hay una división clara dentro de la misma derecha entre quienes asumen la globalización con todos sus costos y beneficios, y los adolescentes tardíos que se suman al griterío de trinchera y las conspiraciones que alerta sobre el peligro que correrían la identidad nacional y la familia por la agenda "globalista".
A la vez, la "tirria" contra Israel de la derecha radical es idéntica a la de la izquierda internacional, sea la tradicional marxista o la "woke". El antisemitismo disfrazado de antisionismo es transversal y creciente. Y no se ven frenos a este nuevo antisemitismo, ya casi hegemónico en muchos ámbitos. Hay que decir que en esto el presidente Milei está en el lugar correcto, casi hasta la exageración, pero este rasgo es inevitable en él.
Pero todos van juntos en el mismo barco. Porque el fenómeno de la nueva derecha populista es una marea de emociones que no pretende rigor ni coherencia intelectual alguna. El estado de rebelión adolescente permanente y volcánico hace imposible el análisis y el equilibrio. Regla que vale para un "redneck" de Louisiana o para un economista formado como Milei o sus fervorosos seguidores tuiteros.
Sobre la posición ante el mercado y la globalización, el caso estadounidense es especial: aunque Trump sean siempre enemigo declarado del Estado ("gobierno" en la jerga estadounidense), es a la vez un nacionalista económico (ver su guerra comercial con China). Milei se abrazó emocionado al borde de las lágrimas con Trump en la reciente conferencia conservadora de Maryland. Un enemigo del proteccionismo se abrazaba con un proteccionista de manual. Conviene recordar, sobre el proteccionismo de Trump, un episodio revelador: en su campaña de 2016, visitó en Indianapolis una fábrica de la empresa Carrier que estaba a punto de cerrar para ser trasladada a México. Trump se reunió con los obreros en la puerta de la fábrica y les juró que si él era elegido presidente la fábrica no se iría de allí. Así fue: Trump, ya presidente, debió poner mucho dinero del Estado ("gobierno") para evitar la mudanza de Carrier. Algo similar ocurrió con una enorme fábrica ya terminada que la automotriz GM había montado en México. GM la debió mantener cerrada para no enfurecer a Trump, con los costos que son de imaginar. Las de Trump son medidas intervencionistas escandalosas para Milei y para cualquier economista liberal.
Pero estas groseras contradicciones son detalles en la agenda del frente de unidad internacional de la nueva derecha radical. De ahí el emotivo abrazo entre alumno y maestro en Maryland. La Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC, en inglés) que se hizo en ese estado norteamericano fue como todos los años un motivo de reunión y confraternización de la nueva derecha. Que no es tan nueva cuando se le pasa lista: la francesa Marine Le Pen usufructúa el partido que fundó su padre Jean-Marie y que ella heredó como bien de familia. Es propietaria de un capital político que comenzó a construirse en los lejanos años 70, aunque ella, como nueva propietaria, le haya dado un nuevo "look" (nada de evocaciones a los reyes de Francia y sí a la república, por ejemplo). La italiana Giorgia Meloni, que con inteligencia y moderación se desmarcó del radicalismo derechista europeo, proviene de una tradición que también se remonta a los 70 y al Movimiento Social Italiano, una formación neofascista. El español Vox toma el testigo que abandonó el PP en su viraje centrista y europeísta. Una jugada ganadora hace 20 años, pero que hoy deja un gran hueco a la derecha, como se demostró en las últimas elecciones, cuando el líder del PP, Feijoó, salió primero pero se quedó corto de votos y escaños para ser el nuevo gobernante de España. La ADF alemana también tiene sus orígenes en formaciones de extrema derecha surgidas en Alemania en los primeros años 80.
Estos orígenes lejanos en los años 70 u 80 permiten indagar en las causas profundas de la derecha radical: nace al calor de la primera crisis del modelo neokeynesiano de posguerra, con la disparada del precio del petróleo en 1973. Entonces algo se rompió y no volvió a componerse más. Fue el inicio del fin de los "Gloriosos 30" años que recuerdan los nostálgicos de aquel modelo generoso pero demasiado recostado en la intervención estatal y la redistribución mediante impuestos muy altos. Un caso: con la llegada de la socialdemocracia alemana al poder en 1969 con Willy Brandt, cuando el modelo económico alemán ya estaba en su cenit, el gasto público subió de 30 a 40% del PBI en pocos años. Con el shock petrolero del 73 se inició el proceso de descontento social que, con el paso de los años y las décadas, llevó a la debacle del sistema partidario tradicional en casi todo Occidente. Primero, en Europa a partir de los 90, mucho después en EEUU con Trump. Europa nunca recompuso totalmente su modelo social del "Estado del Bienestar" y acumuló deuda pública, déficits fiscales y pérdida de competitividad comparativa.
Casi todas las naciones de la CE, luego UE, ya acarreaban un déficit fiscal crónico antes del shock del 73. El éxito modelo neokeynesiano se basaba en un hecho claro y concreto: las inversiones privadas en el mundo desarrollado eran masivas y no podían hacerse fuera del mundo industrializado, donde no se daban las condiciones. No había una China capitalista ni nada similar en los años 60. El capital toleraba exigencias laborales y regulaciones muy altas. No tenía otras opciones en los años 50/60/70: se hablaba entonces de las "naciones industrializadas" como sinónimo de desarrolladas, de donde surge el aún hoy existente pero anacrónico G-7. A esos siete gigantes se sumaban las demás naciones desarrolladas más chicas (Holanda, Suiza, las escandinavas, etc). Casi toda inversión grande y que exigiera personal calificado debía hacerse en ese restringido círculo de naciones. La migración del gran capital desde mediados de los 80 y con mayor ritmo en los 90 dejó a Europa con tasas de crecimiento muy bajas o nulas y alto déficit fiscal.
Esto tuvo graves efectos políticos, pese al gran "delay" que proveyó la notable resistencia del sistema político europeo. Sirve ilustrar el punto con otro ejemplo de "deslocalización" industrial. A inicios de los 90, en Italia ocurría algo traumático para un país orgullosamente identificado con su industria. La Benetton, nada menos, trasladaba parte de su producción de la rica región del Veneto a la modesta y cercana Rumania. El salario promedio costaba seis o siete veces menos. Acababan de caer el Muro y sobre todo la Cortina de Acero (googlear) y la pobre Europa oriental estaba ávida de inversiones y abundaba en "mano de obra".
Como primera señal de alarma política, en los 90 surge, precisamente en Italia, Berlusconi, y poco después, en 2002, Le Pen padre pasa a la segunda vuelta en Francia contra Chirac, un hito decisivo en el largo proceso de descomposición del sistema político europeo. Enumeremos un poco: la DC y el PS italianos, primero, por el proceso Mani Pulite, pero con el mar de fondo del malestar social que le dio lugar; el gaullismo y el socialismo francés, después, el surgimiento de Vox y Podemos en España, que sepultan el sistema bipartidista instaurado en la Transición (PSOE-PP); hasta en la sólida Gran Bretaña el bipartidismo de laboristas y conservadores sufre golpes importantes, que dejaron a los conservadores en manos del populista Boris Johnson. La victoria del "Sí" en el referendo del Brexit fue el momento decisivo, la expresión máxima de ese nacionalismo identitario que rompió el equilibrio secular de la política inglesa.
A la crisis del modelo neokeynesiano del Estado de Bienestar se suman tres factores: en orden de importancia, la inmigración masiva y cada vez más descontrolada, que es un caballito de batalla fundamental para todas las derechas radicales, sea en EEUU (ver la campaña republicana contra la inmigración bajo Biden) como en toda Europa; en segundo lugar, la lucha contra la agenda que imponen los organismos supranacionales (ONU, UE) contra el calentamiento global y en tercer lugar la "guerra cultural" contra la nueva tabla de valores "woke" que baja, ya no solo desde los campus estadounidenses, sino desde Silicon Valley, Disney y las grandes empresas de streaming. Tanto en el cambio climático como en la agenda "valórica" Milei insiste continuamente. En el caso del cambio climático, las protestas de los agricultores europeos contra la draconianas medidas impuestas por la UE al sector para "descarbonizarlo" a marchas forzadas, provocaron una reacción que está frenando esas medidas. Pero la transición energética a toda velocidad que plantea Europa no solo tiene en la mira al sector agropecuario. Los "tractorazos" en toda Europa son apenas el primer caso de rebelión social contra estos planes drásticos de "descarbonización". Los mismos daños que propone la UE a los agricultores como remedio definitivo surgirán en otros sectores muy pronto. Hay estudios académicos que alertan sobre lo que viene. Habrá depresión social y un escenario desolado en regiones importantes de casi todas las naciones ricas de la UE que sean generadoras intensivas de CO2. Se puede consultar una investigación de 14 consorcios europeos, denominada "Entrances" (acá, un informe periodístico sobre el trabajo y el tema: https://www.publico.es/sociedad/alerta-depresion-social-regiones-europeas-afectadas-descarbonizacion.html )
Para salir de este atolladero, la agenda gubernamental contra el calentamiento global deberá aceptar la tecnología de la "geoingeniería" y no desecharla por miedo a la furia de los ecologistas radicales, como ha hecho hasta ahora. Es la "tercera vía" ambiental, que hasta ahora nadie se anima a plantearla por miedo a Greenpeace y Greta Thunberg. A este trío de causas de largo plazo se sumó como refuerzo, por si fuera necesario, la crisis financiera y económica de las hipotecas o "Gran Recesión" de 2008, que aún hoy deja secuelas.
Como se observa, el auge de la nueva derecha radical tiene bases profundas, no folklóricas o de malhumor temporal. Negar estas causas con gestos de arrogancia, descalificaciones que buscan la "cancelación" y otras respuestas similares sólo lleva a agudizar la polarización social y por lo tanto a beneficiar a estas nuevas derechas. Que han demostrado una y otra vez que ya son casi mayoritarias y pueden ganar elecciones presidenciales o perderlas por muy poco (EEUU, Brasil, Italia, Hungría, Argentina, Chile, y un largo etcétera que no parará de crecer).