Domingo 23 de Octubre de 2022
“Temele a los vivos, nunca te harán daño los muertos” canta el rosquinense León Gieco casi como una premonición para el cementerio La Piedad donde los robos y la inseguridad de los empleados del lugar y sus visitantes obligó a la Municipalidad a cerrarlo preventivamente. Sin embargo, según los entendidos la novedad es el saqueo indiscriminado y la violencia, y no los robos de su patrimonio. Hoy los camposantos están desiertos y las razones no son solo policiales o económicas. También las hay culturales que hacen a las prácticas de despedida de los seres queridos, interpeladas además por las creencias y sobre todo por la pandemia de Covid-19.
Las costumbres hacen que algunas palabras queden grandes y un buen ejemplo es la pompa fúnebre, que ya no es tan pomposa, aclara Rubén De Lorenzo, presidente de la Cámara de Empresas de Servicios Fúnebres de Rosario, propietario junto a su hermano Marcelo del negocio fundado por su padre hace 55 años y que desde 1987 está en calle San Lorenzo al 2800. “Hoy son en su mayoría servicios tradicionales de recepción del cuerpo y de traslado al lugar de destino”, especifica para agregar que los cambios son más palpables debido a los efectos sanitarios y culturales de la pandemia.
Es decir, la pompa fúnebre se ha transformado por los elevados costos, pero también porque se ha modificado la relación de las personas con sus muertos. “La gente hace su duelo como puede y se despide de sus muertos de otra manera” acuña una alta fuente del sector empresario.
Las despedidas son cada vez más acotadas en el tiempo y en las formas, y el recuerdo también. “La gente hoy se olvida muy rápidamente de sus muertos”, aporta y cuantifica: a partir de la tercera generación ya no se le presta atención a los muertos, por eso los cementerios locales están llenos de muertos abandonados por sus deudos.
En síntesis, para Félix Cantón, tanatólogo exequial, asesor de empresas fúnebres, hoy en el grupo Novara y con “30 años al lado de la gente en el peor día”, están "ya instaladas la apatía por velar y por visitar los cementerios”.
La recepción
Por ordenanza municipal el fallecido debe pasar más de 12 y menos de 36 horas para evitar innecesarias sorpresas, aunque hoy la norma aparezca como vetusta ante los enormes avances de la medicina.
Forma parte del rito funerario la recepción del cuerpo por parte de la cochería y el acompañamiento del cadáver, que hoy está más concentrado en espacio y tiempo. Para los especialistas ya no existen los velorios en casas particulares ni en horarios nocturnos, todos han pasado a las cocherías o directamente los deudos deciden no exhibir el cuerpo ni recibir dolientes.
Todos los especialistas concuerdan en un descenso en los servicios de tanatopraxia, que garantiza la conservación del cadáver, y en el fortalecimiento de las práctica de tanatoestética. En la primera tallan factores económicos y de objetivos, como la hoy casi inexistente alta exposición de un cuerpo, y en la segunda de imagen, a través de técnicas de maquillaje, que ayudan a los muertos a tener un “buen morir” y allegados a aceptar el adiós.
El cortejo
Si los allegados deciden llamar a un velorio, el tiempo de acompañamiento puede no superar las cuatro horas, período acotado por un drama urbano, la congestión vehicular. Los expertos explican que el auto principal de la caravana que traslada el cuerpo tiene por objetivo contenerla y lo hace disminuyendo la velocidad. Los embotellamientos y cortes hacen difícil esa tarea en trayectos largos que van del macrocentro de Rosario, sede de las cocherías, hacia los cementerios de Granadero Baigorria, Ybarlucea o Villa Gobernador Gálvez. Debido entonces a la extensión del tiempo de viaje hacia las necrópolis, el acompañamiento se reduce aún más, porque para cumplir plazos hay que salir más temprano.
Las cremaciones
Los nuevos hábitos funerarios también han teñido las decisiones sobre el destino del cuerpo, ya sea en un nicho, la tierra u otros, tras un procedimiento de cremación.
En una perspectiva a largo plazo, las cremaciones resultan más baratas, ya solo se paga el servicio y no hay luego que hacerse cargo, en el caso de los entierros, de los costos de la parcela, las tasas y el mantenimiento del albergue.
La accesibilidad al servicio de cremación, sea público o privado, también forma parte de su popularidad así como el fin de las reticencias de algunas religiones a esa práctica, la aparición de cenizarios, algunos en iglesias, cementerios o empresas del rubro, y el cambio cultural acerca de la supuesta libertad del alma contenida en los restos incinerados echados al viento o en lugares simbólicos como el río, junto a árboles o plantas o en estadios de fútbol.
De entre las ventas que producen estos nuevos hábitos, se ha consolidado la de las urnas para contener cenizas, que tienen una gran variedad de estilos, materiales y precios.
Problemas
Las empresas fúnebres coinciden en que la retracción de enterrar los muertos con objetos de valor lleva ya mucho tiempo. Tampoco se disponen ya costosos objetos de orfebrería ni artísticos para las lápidas. La inseguridad y los robos no respetan ni a los muertos. “Antes se llevaban el bronce, ahora se llevan el mármol y hasta las flores”, se lamenta De Lorenzo por el vandalismo para dimensionar el problema: “Los cementerios de la ciudad y sus alrededores son muy grandes (en extensión) y difíciles de custodiar” con semejantes predios.
Cantón ofrece una imagen casi apocalíptica: “El Salvador está lleno de palomas porque en vez de ir al palomar van a al cementerio en busca de tranquilidad, porque no hay nadie”.
Puede corroborarse así el fin de la cultura familiar de visita al cementerio, que definitivamente se ha perdido. Las causas convergen en la inseguridad en los cementerios, el auge de las cremaciones y el hábito cultural de que la relación con la muerte sea lo más rápida y pasajera posible, y a otra cosa.
Según Cantón, la gente no ha salido de la pandemia enamorada del prójimo como se creyó en principio sino todo lo contrario. “Las personas quieren resolver todo rápido, nuestras ansiedades son cada vez mayores. El rito funerario o el homenaje, como solemos llamarlo, muy a pesar de lo necesario que es resolver el duelo que su primera etapa, que es la aceptación, se hace cada vez menos”.
Para el tanatólogo, la actitud es cercana a la “cultura McDonald's o express”, a algunos “automatismos” heredados de la pandemia, y que se asocia a los percepciones de lo caro y lo barato, “cuando se trata de homenajear a un ser querido”. De todas maneras, Cantón asegura que el rito como tradición (religiosa) se sigue conservando”.
No obstante, los empresarios dejaron en claro que uno de los peores enemigos del sector no son la violencia y la crisis, es la inflación y que sus índices impactan directamente sobre la calidad de los servicios. Y se quejaron por el alza continua en los precios de la madera, la metalurgia, los herrajes y las blondas, entre tantas cosas.