Cholo Montironi, el bandoneón mayor de Rosario
Tocó con los mejores y está reconocido como uno de los mejores ejecutantes de "fueye" de la historia. Sin embargo, a sus 91 años, no pierde jamás la humildad. En un extenso y profundo diálogo con La Capital, uno de los grandes símbolos vivos del tango recordó a la legendaria "escuela rosarina" de bandoneón

Viernes 19 de Noviembre de 2021

En el margen sur de calle Moreno al 100, en Granadero Baigorria, sentado en el pequeño zaguán vidriado de la casa que su bisabuelo comenzó a habitar allá por 1860, Rodolfo Montironi escribe apoyado sobre un escritorio colmado de partituras, revistas y un puñado de tomos encuadernados a los que, una y otra vez, recurre para contarse a sí mismo. A sus 91 años, el enorme bandoneonista, el maestro, el Cholo, apela al archivo personal como cimiento del diálogo con La Capital. Boletos de avión, programas, recortes de periódicos, postales, estampillas: en cada libro anillado se resume buena parte de las 65 giras que realizó por Europa, de sus actuaciones por Estados Unidos, Sudamérica, Asia, África. A pocos metros de allí, explica el Cholo, se encuentra el resto de su memorabilia personal: más de cien cuadros, diplomas, menciones y etcéteras varios se reparten en una habitación ocupada por roperos y una cama simple que, también, sostiene archivos. Recorrer el camino entre el zaguán vidriado y esa pieza-museo implica atravesar la sala de operaciones del Cholo, una galería cubierta donde coexisten más cuadros, dos atriles en pie, numerosas partituras, un pequeño equipo de música y el eje central de todo ese universo: el bandoneón Alfred Arnold que Montironi utiliza desde hace ochenta y cinco años.

Ese mismo fueye es el que, ante la ausencia obligada de shows por la pandemia, acompañó al Cholo en las largas tardes de práctica puertas adentro. El resguardo obligado derivó en una situación casi inédita para Montironi, que solo durante su paso por la Marina había pasado tanto tiempo alejado de los escenarios. Esa distancia fue la que, confiesa, pesó en su reaparición escénica, en febrero de este año en el teatro Lavardén: “El público de Rosario siempre fue bárbaro conmigo. Por eso cuando toqué en Lavardén me emocioné tanto que no podía tocar. Me pasa siempre en Rosario, pero ahora hacía un año que no tocaba”.

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-Tocaste en la Fête de l'Humanité, en París, frente a un millón doscientas mil personas...

-… sí, era todo un monte lleno de gente. Lo organizaba el Partido Comunista.

-¿Tocando para tanta gente te pasaba algo similar a lo que te ocurre cuando tocás en Rosario?

-No, para nada. Te ponés más nervioso cuando hay poca gente, porque sabés que vienen y escuchan. La vez pasada en Lavardén no podía empezar. Después se fue yendo cuando empecé a tocar.

-¿Qué es lo que funciona en esos casos? ¿Son las manos que ya se mueven solas? ¿Qué es lo que hace que la cosa arranque?

-Mirá, yo acompañé a Jairo cuando cumplió cincuenta años, y tocó acá en el Astengo. Él me decía: “No me hablés cuando esté por subir que tengo unos nervios que me vuelvo loco”. Pasa eso, hasta que empezás… Y también hay gente a la que no le pasa nada.

-¿Y a vos?

-Siempre tenés miedo… Miedo a que haya un error, que siempre puede pasar. Es muy feo cuando hay un error, una nota que no suene, que esté mal pisada. Hay gente a la que no le importa, a mí sí.

Desde la galería llega el sonido de una radio, probablemente la City, de Baigorria, que hace algunos años fundó un espacio cultural y lo bautizó con el nombre de Rodolfo Montironi. Ajeno al variopinto repertorio radial, en el pequeño zaguán el Cholo sigue repasando los viejos itinerarios, recopilados en los tomos que una argentina radicada en Los Ángeles armaba especialmente para el bandoneonista, que seleccionaba y enviaba los materiales que recolectaba en sus giras. Giras extensas, intensas, que él va reviviendo mientras saltea páginas, deteniéndose en fotografías, nombrando personajes que lo disparan a un nuevo recuerdo. Sin orden cronológico, las escenas se suceden: “En el Trottoirs de Buenos Aires, en París, tocábamos con Salgán y De Lío, los tres. Allá comíamos con Jairo, con Raúl Barboza. El dueño del Trottoirs era Cortázar. Trottoirs es vereda, en francés. Cortázar tenía 70 años y parecía de 50, estaba muy bien conservado. Jugaba mucho al truco. Yo también jugaba. ¡Por eso nos llevaba! (ríe). Iba gente muy importante. Como querían escuchar tango porteño, pero no querían viajar, se lo llevaban para allá. Nos presentamos con Salgán y De Lío y la gente se volvió loca. Yo fui para hacer funciones por ocho meses y terminé viajando doce años. Los sábados hacíamos dos y hasta tres funciones, siempre los mismos temas. Tocábamos de memoria. No me aburría, pero me costaba la vida allá, solo. Después vino el Marinero Montes un tiempo al Trottoirs y armamos el quinteto. Yo estaba allá y cada cuatro meses venía: un mes en julio, después me volvía en diciembre y volvía a Francia en enero. Así estuve doce años. Y mi familia se acostumbró. Vivían bien”.

-Siempre has dicho que tu mayor orgullo es que te haya ido bien para poder hacerles la casa a tus hijos.

-Claro. No tienen deudas que pagar, tienen su casa.

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-Y vos siempre volviste a vivir a Baigorria.

-Sí. Nunca salí de acá.

-¿Nunca pensaste en quedarte en Europa, llevar allá a la familia? O en Buenos Aires...

-No, Buenos Aires no me gustó nunca. Estuve tocando un año en Caño 14 y después me fui a Europa con Salgán. Tampoco a Europa.

-¿Cuál es la formación que más disfrutaste?

-Con Salgán y De Lío fue lo que más disfruté, donde más cómodo me sentí. Y con la Royal Philharmonic de Londres. Me parece que de todas las sinfónicas con las que toqué, fue la que más me gustó. La de España cuando hicimos la ópera Evita también. Pero con la de Londres fue con la que trabajé más tranquilo, donde mejor me atendieron. Cuando fui a tocar con ellos fue la única vez que viajé en primera en el avión. También me gusta mucho trabajar con Javier (Martínez Lo Re), hace casi treinta años que estamos juntos. Cuando tenía oportunidad de llevarlo a Europa, lo llevaba. Cuando necesitaban un piano, yo lo llevaba. Él era muy jovencito. Y seguimos tocando juntos.

-¿Qué te gustaría que se haga con todo tu archivo? ¿Te gustaría que se resguarde en algún lugar?

-¿Y para qué lo quiero acá? ¡Acá lo van a tirar! (ríe). Tengo tres roperos llenos de cachivaches. No sé qué van a hacer con todo esto.

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Desde hace tiempo, todo ese archivo personal recibe la dedicada atención de Lautaro Kaller (ver La Capital del 8/12/2019), referente ineludible en la difusión e investigación del tango rosarino que va atando cabos para narrar la inmensa historia de Montironi. Un artista cultor del perfil bajo, pero que también se entusiasma al reencontrarse con algunos elogios: “Mirá nene, ¿leés francés? Yo tampoco, aprendí nada más para saludar y pedir para comer. Bueno, acá en este artículo dice que Piazzolla mató a los dos mejores acordeonistas que había en Francia y que Montironi los enterró. ¡Eso está bueno!”. El Cholo ríe brevemente y vuelve a los tiempos de giras interminables. “No pude conocer mucho, íbamos a un lugar y al otro día teníamos que volver. Dormíamos en el colectivo, los bailarines se cambiaban en el colectivo, llegábamos, actuábamos y salíamos otra vez”, repasa y, de inmediato, suelta la reflexión: “A mí me fue bien en el primer viaje que hice a Europa, traje francos y dólares. Allá se reían por lo que valía el peso, no lo quería agarrar nadie. Volví de ese viaje y les compré la casa de mis viejos a mis hermanos. Había muerto mi mamá, hicimos la sucesión y mi viejo y mi hermana mayor me dijeron que me quedara yo en la casa. No fue un regalo, porque yo trabajé de muy chiquito, a los diez años ya trabajaba. Después de más grande empecé en los bailes, en los carnavales de Newell’s. Trabajaba con la libreta de menor, que todavía tengo, firmada por el juez”.

Ya por esas primeras actuaciones, el pequeño Cholo podía obtener mejores ingresos que su padre, obrero en las instalaciones de Celulosa. “Mi viejo era nacido en Italia, y hacía lo que le dieran de trabajo -recuerda-. Mi mamá nació también en Italia, y se conocieron acá. Mi bisabuelo, que era Montironi, vino solo desde Italia, dejó la familia allá. Después vino mi abuelo, que se volvió a Italia para la Primera Guerra. Era un tano que veía un nene y se volvía loco. Yo lo conocí y estuve en el velorio. Yo estaba en la Marina en Río Santiago y el capitán me dio permiso para venir al velatorio. ¿Y sabés quién estaba conmigo allá en la Marina? El Marinero (Osvaldo) Montes. Que por eso le dicen Marinero”.

-Ustedes ya se conocían.

-Sí, claro. Él era de acá, de Rosario. Estudiábamos juntos, con distintos maestros. Yo estudié con (Julio) Barbosa, un gran bandoneonista, extraordinario. Y después me pasé con Antonio Ríos. Y Montes estudiaba con Martino. En Europa estuvimos trabajando juntos, cuando se enfermó Piazzolla lo cubrimos.

-Mientras estuvieron con Montes en la Marina, ¿podían tocar el bandoneón?

-¡Sí! Yo hice infantería de Marina, y él estaba en los barcos. Pero allá también estaba haciendo la Marina (Ernesto) Baffa, que tenía su bandoneón, así que tocábamos todos. Yo estuve tres o cuatro meses y después me mandaron a la banda, como copista. No me tocó la parte más brava. También estuvimos en la revuelta de Menéndez contra Perón. Nosotros no hicimos nada, pero estábamos ahí.

-¿Qué decía tu familia sobre esa situación? ¿Tenían alguna orientación política?

-No… Mi viejo sí era muy hincha de (Lisandro) de la Torre, del Partido Demócrata Progresista.

-¿Y a vos te interesó la política?

-No. Fui concejal acá en Baigorria, dos años. Pero me peleé con todos.

Rodolfo Cholo Montironi Con Martin Tessa (2020) - Full Album

La incursión de Montironi en la arena política se empezó a forjar en 1993, cuando ocupó el segundo lugar en la lista a concejales que encabezó Alfredo Secondo, histórica figura radical de Baigorria que, dos años más tarde, se postuló y ganó la Intendencia. El cambio de rol de Secondo puso al Cholo en el Concejo. El fin del periplo político se cerró con una confrontación que la música supo cerrar: “Discutí con Secondo por un problema que era grave. Había que votar si eso iba a la Justicia o no, faltaba un voto y yo voté en contra, para que fuera a la Justicia. Pero después seguimos siendo muy amigos. Él tocaba el contrabajo”.

Por estos días, la Baigorria que conoció el Cholo va cambiando su fisonomía. Si allí nomás, en la esquina de su casa, el bar La Parada donde realizó su primera actuación en público, con cinco o seis años, dejó paso a un imponente edificio.

El Cholo se remonta también a esos comienzos de niño músico, punto de partida para un recorrido artístico notable. Entonces, hace una pausa en su repaso por el archivo para iniciar una nueva búsqueda: “Tengo un currículum macanudo, donde está bien todo lo que hice”. La foja de servicios en cuestión está conformada por un grupo de hojas lisas, tamaño A4, intervenidas con la caligrafía prolija del Cholo, por letras de bases planas, erigidas sobre la rectitud de una regla, con párrafos resaltados en color. Junto con ese currículum macanudo convive otro texto manuscrito que Montironi insiste en compartir: se trata del cuestionario que él mismo preparó, con preguntas y respuestas, en ocasión de la inauguración del espacio cultural de Radio City. En esos textos Montironi reflexiona sobre sus orígenes (“todo lo que soy o espero ser se lo debo a la angelical solicitud de mi madre”), sus maestros (además de los citados Barbosa y Ríos, menciona allí sus inicios con Ángel Videla), su ciudad (“siempre he vivido en Granadero Baigorria, esta ciudad mía con la que mantengo, a través de muchos años, un largo diálogo de comunicaciones silenciosas y del cual nació mi vocación por el bandoneón, la adoro con todo mi corazón y estoy orgulloso de ella”) y también sobre París: “Abrió para mí, como hombre y como músico, el lejano y mágico continente de Europa, y me facilitó el contacto con la maravillosa gente que allí vive. Conocen el alma del músico, las inevitables dificultades de la vida del artista, y hacen todo lo posible para disminuirlas y aumentar las alegrías. Más allá de las fronteras, de las razas y los límites sociales, esta actividad artística da a los hombres la dimensión humana inalterable”.

Traumerei (Robert Schumann) Rodolfo "Cholo" Montironi

Montironi relee sus propias preguntas y respuestas. Resalta párrafos en voz alta. Luego, se para y camina hasta el equipo de música, selecciona la opción CD y le da play a su última obra: el disco de bandoneón y guitarra que grabó junto a Martín Tessa, y que Litto Nebbia publicó en su histórico sello Melopea.

Cholo deja correr el primer track, sube el volumen y elogia a su compañero: “Qué bien toca Martín. Estudió en serio. Todos los martes venía acá, yo le escribía los arreglos y los leía a primera vista. Con él me llevé una sorpresa enorme. Es un gran músico. Estudió la música en serio, puede tocar cualquier cosa, y lo está haciendo. Tiene quinteto de guitarras, hace folklore, clásico, es completo. Y sobre todo, un excelente muchacho, un gran chico. Me gusta cómo quedó el disco. Ahora queremos grabar otras cosas, música internacional, el Nocturno de Chopin, Mattinata de (Ruggero) Leoncavallo, que es música napolitana. Todo en dúo de guitarra y bandoneón. Ya vamos a empezar a ensayar, estoy escribiendo”.

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-¿Por qué te gusta escribir de noche?

-También escribo de día, pero mejor de noche. Porque no hay ruido, un silencio total.

-¿Qué tiene que tener una canción para que decidas grabarla?

-Elijo según el tema. Flores negras, por ejemplo, es el primer tango que toqué. Elijo las canciones que tienen valor. Ahora vamos a grabar una habanera de Piazzolla, estoy haciendo los arreglos.

-En el arreglo hay un estilo. ¿Qué te interesa que se destaque en tus arreglos?

-Sobre todo respetar la melodía, es lo principal. Y jugar ahí haciendo cosas, que sea agradable al oído. Eso es lo que me gusta. No me gustan los ruidos, tampoco que haya muchas percusiones. Siempre es la misma forma, se nota que son arreglos míos. Yo tuve suerte… Y ando bien tocando. Toco prácticamente todo el día, todos los días. Ahora, con este asunto de la pandemia, aún más. Después de la una de la tarde, hasta las ocho. Vengo bien con las manos, tocando. Hay que mantener los dedos, los brazos. Me cuesta un poco estar sentado tantas horas y no caminar, pero me gusta tocar todos los días. Para mí, después de la naturaleza, la música es lo más perfecto que hay. Si vos tenés un problema, un disgusto, cualquier cosa, agarrás el instrumento y a los cinco minutos ya te olvidás de todo.

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Buscando el sonido rosarino

La referencia surge con frecuencia: la música rosarina tiene una identidad, el “sonido rosarino”. Sin embargo, y ante la ausencia de un ritmo o estilo identitario característico, ¿cuál es la descripción que los propios creadores pueden dar de ese sonido? ¿Cómo podría describirse?

Aquí, la reflexión de Montironi, en clave bandoneonística: “En todos los programas de Europa, incluso cuando toqué con Montes en el Trottoirs de Buenos Aires, se mencionaba a la escuela rosarina de tango. Tiene que ver con la forma de estudiar. Cómo te puedo decir... los porteños decían que antes de llegar a Buenos Aires el bandoneón pasó por Rosario. Teníamos a (Néstor) Marconi, (Antonio) Ríos, Montes, (Víctor) Lavallén que estuvo tantos años con Pugliese, (Julio) Ahumada, Fernando Tell. Iban a Buenos Aires y pasaban a ser primeras figuras. Para mí tocan todos bien. El bandoneón es complejo, la misma tecla cambia de sonido dependiendo si abrís o cerrás, entonces hay que estudiar. La escuela rosarina de bandoneones tiene que ver con la técnica, con la velocidad, con el dominio del instrumento en general. Y tiene que ver con una forma de transmitir el conocimiento. No se puede describir. Todos los bandoneonistas tienen una forma, alguno es mejor en una forma y otros en otra. Está la técnica, el sonido, la fuerza. Por ejemplo, Pedro Laurenz era un bandoneón de fuerza, y Pedro Maffia era sonido, dulzura.

- ¿Y en tu caso?

- De mí no nombro nada. Yo hago de todo un poco. Y me gusta toda la música.

- ¿Qué enseñabas cuando enseñabas? ¿Qué buscabas transmitir?

- Yo enseñaba sobre la base de un método alemán para piano, “El pequeño Pischna”. Y sobre todo música de Bach. Después enseñaba la forma de marcar, de tocar el tango, que vayan conociendo el tango a fondo. Mis maestros fueron muy generosos, y yo todo lo que podía enseñar lo hacía, no había ninguna clase de egoísmo. Lo mismo que hicieron mis maestros conmigo.