Cabezas en contenedores: entre el olvido y una investigación estancada
A casi dos años del hallazgo de los cuerpos desmembrados de Víctor Baralis y Jorge Giménez la pesquisa no pudo avanzar sobre ninguna hipótesis

Lunes 03 de Octubre de 2022

A las 8.30 de la mañana del 22 de diciembre de 2020 dos cuerpos descuartizados y sin cabezas aparecieron en tres contenedores y un basural de la zona sur. Eran los restos de Jorge David Giménez, de 29 años, y Víctor Martín Baralis, de 44, pero sus nombres se sabrían al día siguiente y sus vidas hasta esa madrugada sólo iban a poder reconstruirse un tiempo después del hallazgo. El horror de quienes encontraron esos pedazos en los contenedores no dejó huecos para saber que las víctimas estaban ligados al narco desde 2016 y que eran tropa de Marcelo “Coto” Medrano, un barra de Newell’s que manejaba la venta de drogas en zona norte y había sido asesinado dos meses antes.

Por estos días la investigación está empantanada. Pudo reconstruirse el trayecto del auto que arrojó los cuerpos a la basura pero nunca se encontró el vehículo. Se tomaron declaraciones necesarias y se omitieron otras. Al día de hoy todavía parece tratarse de un doble crimen tenebroso y perfecto, pero algo puede aún torcer la investigación y dar con los asesinos.

En cuatro partes

Los restos fueron hallados dispersos en tres contenedores —uno en Lituania al 5600, otro Anchorena y Cepeda, el tercero en Anchorena y Castro Barros— y en un basural a orillas del arroyo Saladillo, en un sector donde allanaron distintas viviendas. En el Instituto Médico Legal (IML) identificaron a los cadáveres por pruebas dactiloscópicas. Entre otros datos, el fiscal Patricio Saldutti llegó a la conclusión de que, más allá de la diferencia de edad, el “Colo” Giménez y el “Gordo” Baralis se conocían entre sí.

Saldutti explicó esa mañana de diciembre que en el contenedor de Lituania al 5600 se había hallado una bolsa de plástico negra que contenía otras tres envueltas en papel film. En una había una cabeza, en otra bolsa la otra cabeza y en la tercera dos brazos. En Castro Barros y Anchorena había, en un contenedor sin tapa, dos piernas y un brazo envueltos en papel film. En Anchorena y Cepeda, una pierna izquierda, una derecha y otro brazo.

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Una vez que los investigadores tuvieron las imágenes registradas por las cámaras de la zona se pudo reconstruir el derrotero del auto, un Volkswagen Gol blanco. Se supo que el vehículo irrumpió a las 7 en Lituania al 5600, tomó hasta avenida del Rosario, de ahí a Anchorena y luego por Ayacucho hasta el puente que cruza el arroyo Saladillo. Desde ese día cada vez que aparece un auto similar quemado la Fiscalía interviene y corrobora datos, pero hasta ahora el auto no apareció.

Recuerdos en la cuadra

Casi dos años después esa zona del barrio Saladillo se muestra como un lugar al sol, de veredas anchas y recomendaciones que los vecinos intercambian si aparece una moto, si un auto pasa despacio, si se regresa tarde. Como detalle, el contenedor de residuos de Lituania al 5600, a unos 30 metros del Parque Regional Sur, es el mismo en que se encontró una cabeza y una parte de un cuerpo desmembrado.

Marta vive frente al contenedor y contó a LaCapital que esa mañana estaba trabajando y sus hijos ya habían salido de la casa. “Era muy temprano. No vimos nada y no tengo cámaras de vigilancia. A la cabeza la encontró un muchacho de unos treinta y pico de años. Dicen que estaba asustado”, recordó la mujer, para agregar: “Nunca nos llamaron desde fiscalía para preguntarnos nada y con el tiempo no se supo más del tema”.

“Yo salía en el auto y vi al muchacho que encontró la cabeza. Tenía cara de asustado, pero tampoco era que había visto un monstruo. Eso sí, parecía medio borracho. Me dijo lo que había encontrado y quería que llamáramos a la policía. Fue a la forrajería de la esquina y desde allí llamaron a la policía”, recordó otra vecina que asistió en ese momento al cartonero, de quien nada se sabe dos años después, y que esa mañana iba de un lado al otro a la espera de que alguien lo escuchara.

En la forrajería de la esquina estaba atendiendo una mujer, que fue quien llamó al 911. “Mi mujer lo vio y llamó a la policía —contó la semana pasada el dueño del local— pero no supimos nada más. Ni entonces ni ahora. Tampoco nos llamaron a declarar”.

“Pensé que era basura”

Pero hubo otros tres contenedores donde se abandonaron trozos de cuerpos. “Fui a hacer un mandado y me metí a revolver el volquete. Me llamó la atención una bolsa negra. La abrí y vi dos piernas y un pedazo de cuerpo. No sé lo que era. Yo no llamé a la policía, le dije a una vecina que llamara. Mi sobrino cirujea y vio que en el contenedor había una estufa. Lo abrió y encontró una bolsa con dos piernas”, declaró ese 22 de diciembre un vecino sobre lo hallado en Anchorena y Cepeda.

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Varios vecinos recordaron de esa esquina recordaron que diez atrás, en ese lugar, mataron a Ludmila Torres, una piba que estaba metida con las drogas en el barrio. “Ese día no supimos nada, vimos a la policía no más. Los restos los encontró un ciruja. Nunca supimos que pasó”, coincidieron en recordar.

En la zona de Anchorena y Castro Barros se da una situación particular: al menos cuatro vecinos cuyas viviendas están a metros del contenedor dicen no recordar nada y ni siquiera haber registrado el momento del hallazgo. Algo que suena casi imposible ya que esa mañana se cerró el tránsito y la cuadra se pobló de funcionarios policiales y judiciales durante horas.

Roger, quien vive hace décadas en Saladillo recordó: “Esa mañana me acerqué y vi la bolsa. Adentro se veía como carne y había olor a podrido, pensé que era basura del supermercado chino de la otra cuadra. Después vino un camión recolector y encontró los cuerpos”.

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El círculo tenebroso de aquel día se cerró poco después de las 18, cuando policías hallaron un torso al borde del Saladillo y detrás del frigorífico Sugarosa. Como las otras partes humanas, estaba envuelto en papel de film y dentro de bolsas de consorcio.

La investigación

Los vecinos de aquellos sectores donde se hallaron las partes de los cuerpos se quedaron con la impresión de que nada se supo y nadie declaró. Sin embargo lo cierto es que varios vecinos fueron citados y declararon ante Saldutti.

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Los días posteriores al hallazgo tocó develar quienes eran el Colo Giménez y el Gordo Baralis. Sobre 2016 el Colo formó parte de la hinchada de Newell’s Old Boys, entonces liderada por Medrano. Allí conoció a Baralis con quien frecuentaba una disco del bajo. Los años 2019 y 2020 los encontraron en la zona de Granadero Baigorria y Capitán Bermúdez vendiendo cocaína y pastillas de diseño, abastecidos por un tal Andrés “Turco” Martín, quien murió de un infarto en 2021.

“El Turco estaba ligado a la banda de Los Monos y enfrentado, por dominio territorial, con la banda de Brandon Bay”, aseguró una fuente y agregó, respecto de las víctimas: “Los dos eran amigos y hasta vivieron juntos en una casa que alquilaron en Funes. Ahí hacían fiestas con prostitutas y consumían fuerte. Movían cierto dinero. Todo indica que trabajaban para el Coto”.

De los testimonios colectados la pesquisa delineó un perfil de las víctimas. Una línea ubica a Giménez como “el que pensaba” y a Baralis “como un ladero”. También surgió que con el dinero que acumulaban vendiendo drogas armaban una suerte de red de usura. La investigación llegó a un punto en el que “cualquiera pudo matarlos”.

Otras declaraciones de identidades reservadas los ubicaron en un vuelo charter en el que la barra brava de Newell’s acompañó al equipo a un partido por la Copa Sudamericana en 2018. “Estaban junto a empresarios, funcionarios del Estado, hinchas y obviamente, la barra”.

Un par de hipótesis

Sin embargo, lo que pudo averiguarse hasta hora no alcanza para responder las dos preguntas principales: ¿quiénes decidieron matarlos y por qué?

Semanas antes del hallazgo se había detectado un audio en el marco de una investigación del fiscal de Balaceras Pablo Socca sobre una serie de ataques que se atribuían a la banda de Bay. Entonces preso en Piñero, el joven de 26 años le pedía a un ladero: “Escuchame, de paso matamos a un par de zombies, me voy a llevar a uno. Te mando un video con una motosierra, fijate cómo lo voy a cortar en pedazos, bien a lo mexicano le voy a dar”, sostuvo.

Ese audio se convirtió en hipótesis y puso a Bay como presunto autor del hecho. Sin embargo “no hay ninguna evidencia sobre la culpabilidad de Bay en las decapitaciones”, aseguró Saldutti.

Otra versión que llegó en los momentos iniciales indicaba que el Colo y el Gordo habían sido asesinados y descuartizados por un carnicero en una casa del bajo Saladillo. Allí fueron los policías, se allanaron varias viviendas, puntualmente una pintada con los colores del equipo del parque. “Se aplicó luminol, pero no apareció siquiera una mancha de sangre”, agregó el fiscal.

La causa está empantanada. La familia de los muchachos estaba convencida de que ellos vendían ropa que traían de Buenos Aires. Se tomaron todas las declaraciones tanto a su entorno cercano como a testigos protegidos. La hipótesis es que fueron víctimas de la guerra de bandas narco en el cordón industrial. Las familias no aportaron datos significativos y nunca más nadie se presentó a declarar. Creo que los familiares optaron por asumir el tema y nada más”, dijo finalmente el fiscal.