Jueves 23 de Marzo de 2023
La dictadura militar, la última del siglo XX, la última que vivió nuestro país, tuvo algunos objetivos específicos que, por un tiempo, cohesionaron a las Fuerzas Armadas en torno a un propósito: la Reorganización Nacional y convocó a determinados grupos sociales que debían formar parte de esa transformación. El comunicado nº 13 publicado el mismo 24 de marzo refería específicamente a las y (fundamentalmente) los jóvenes:
“La Junta de Comandantes de las Fuerzas Armadas se dirige a la juventud de la Patria convocándola a participar, sin retaceos ni preconceptos en el proceso de reorganización que se ha iniciado. Un proceso donde se han colocado como pautas básicas de acción la plena vigencia de los valores éticos y morales que son guía y razón de la conducta de todo joven argentino que merezca el calificativo de tal (…) Un proceso donde cada joven vea abiertos todos los caminos y las metas, sin otro requisito que su capacidad y contracción al trabajo fecundo (…) Nuestra juventud de hoy será la destinataria y beneficiaria de ese mañana mejor…”
Una convocatoria que se definió en términos abstractos, a la juventud, o individual, al joven pero que constituía una genuina apelación y devenía de un diagnóstico: si las y los jóvenes habían sido protagonistas y partícipes de los procesos sociales y políticos del país desde al menos una década antes, si su involucramiento en diversas formas de militancia en organizaciones partidarias –armadas o no- ocuparon un lugar central en la definición de gran parte de una generación, y si fueron, ya en el contexto de la crisis de institucionalidad de la dictadura de Alejandro Lanusse y ante la posible salida democrática pasibles de ser convocados políticamente, la dictadura no podía desconocer su relevancia.
Dialogar, encontrar, definir
El llamado “a la juventud” se multiplicó en los primeros días y fue una constante al menos en los primeros años de dictadura, coincidiendo con el periodo de mayor represión, de tortura en centros clandestinos, desaparecidos y asesinatos en enfrentamientos fraguados. Con ello no había una intención explícita de movilizar u organizar a jóvenes pero sí la búsqueda de un acompañamiento pasivo, de apoyo a los objetivos del Proceso de Reorganización Nacional que se diagramó en encuentros, diálogos con jóvenes “representativos” de toda una generación. Aquí mismo en Rosario, en junio de 1977 Jorge Rafael Videla se encontró y respondió preguntas de estudiantes universitarios –varones y mujeres- y unos meses después repitió la secuencia en Corrientes.
En paralelo, referentes de Fuerzas Armadas construyeron un registro negativo en torno a la población joven, ya fuera por su condición de víctima del peligro, ya como peligroso. La convocatoria a padres para vigilar a sus hijos, como reclamaba en los primeros meses el interventor de Mendoza, coronel Yapur; la insistencia de los comunicados militares en el adoctrinamiento “subversivo” al cual eran proclives las y los jóvenes, dieron cuenta de los diversos matices discursivos que, a la vez, cristalizaban la preocupación en torno a un sujeto joven que debía ser despojado de su carácter político y al mismo tiempo resultar disponible para la convocatoria militar. Con todo, la dictadura tendió a construir un perfil del ser joven con características homogeneizadas identificado en torno a la imagen de varón, clase media, blanco y heterosexual, definición del periodo de posguerra resignificada en el discurso castrense de guerra contra la “subversión” que generó un conjunto de representaciones y sentidos de militarización de la sociedad y habilitó una lectura virilizada del joven en dictadura, aquel al cual convocaba en sus comunicados y diálogos.
Disciplinar, vigilar, producir
A diferencia de otras dictaduras del Cono sur, la Argentina no fue una gran productora de nuevas instituciones pensadas hacia jóvenes. Pinochet creó la Secretaría de Juventud, presidida por Jaime Guzmán; en Brasil la dictadura organizó el proyecto Rondon, que desde 1967 y durante toda la dictadura convocó a jóvenes universitarios a trabajos de asistencia en proyectos de modernización autoritaria. En ambos casos el objetivo era despojar de sentido político las prácticas juveniles al tiempo que reforzaba discursos anticomunistas y propiciaba el disciplinamiento sobre los cuerpos jóvenes.
La dictadura argentina más bien hizo uso de las herramientas institucionales que el propio Estado proveía, las escuelas y las universidades, espacios de socialización juvenil que para entonces aún integraba institucionalmente a jóvenes de un amplio arco de clases sociales. No podemos aquí mensurar la heterogeneidad de experiencias vividas, sí señalar que en los ámbitos educativos primó un discurso anclado en los valores tradicionales, conservadores y nacionalistas. Ya sabemos que la vida política de agrupaciones estudiantiles y centros de estudiantes fue cercenada y que si bien la depuración se inició con el ministro Ivanissevich, fue más profunda, luego del golpe: la apoliticidad invadió las aulas. Las instituciones educativas, fundamentalmente universidades, fueron consideradas foco de peligro y debían ser saneadas. Por ello desde el Ministerio de Cultura y Educación se propició la difusión de documentos como La subversión en el ámbito educativo (Conozcamos a nuestro enemigo) de 1977. Este y otros documentos definían un mapa de la situación en relación a la llamada infiltración subversiva y hacían un diagnóstico de la participación política de jóvenes en ese espacio, aunque incluía caracterizaciones desde el nivel inicial.
Los espacios de sociabilidad juvenil también fueron escenario de vigilancia y control, utilizando un mecanismo ya viejo, las razzias. Estas junto a los operativos antisubversivos con los cuales en ocasiones se articulaban condicionaron y transformaron las prácticas juveniles. El rock que crecía subterráneamente fue un espacio fuertemente controlado. No porque se lo considerase políticamente peligroso, sino porque atentaba contra los valores que la propia dictadura pretendía imprimir socialmente. Y porque era uno de los pocos ámbitos de cultura juvenil en dictadura que tuvo proyecciones en las ciudades más importantes del territorio nacional.
La política hacia jóvenes más novedosa creada en dictadura fue el operativo “Argentinos! Marchemos hacia las fronteras” diseñado por Gendarmería Nacional bajo la dirección del general Antonio Domingo Bussi (padre de Ricardo, actual precandidato en Tucumán) y puesto en marcha desde el Ministerio de Educación en 1979, en el marco del conflicto por el canal de Beagle. Consistió en un plan de acción destinado a trasladar a estudiantes secundarios hacia escuelas de zonas de frontera para realizar tareas de asistencia. En la primera edición del operativo participaron más de doscientas instituciones educativas y más de cinco mil estudiantes de escuelas secundarias públicas, privadas, técnicas de diferentes ciudades del país. El proyecto, si bien puede ser considerado una política juvenil de la dictadura, contemplaba otros propósitos como articular la acción civil de las instituciones castrenses, visibilizar el conflicto del canal de Beagle y concitar el apoyo social.
Reprimir, torturar, desaparecer
El informe Nunca Más señalaba que un 42 por ciento de las denuncias de desaparición recibidas por la CONADEP correspondían a jóvenes entre 15 y 25 años. En el juicio a las Juntas Militares, Pablo Díaz narró su secuestro y traslado al centro clandestino de detención el Pozo de Banfield junto a compañeras y compañeros, una historia tristemente recordada con el nombre de la Noche de los Lápices.
Pero las y los jóvenes no fueron desaparecidos y asesinados por ser jóvenes, si bien las cifras y relatos señalan su cronología vital, la represión se direccionó hacia estos por su condición política. Quizás en la acentuación de esta característica fueron nodales las construcciones en pos de organizar un perfil del “enemigo subversivo” que realizaron los militares en dictadura. En la causa Augustín Feced, el represor José Lofiego, miembro del Servicio de Informaciones de la policía de Rosario, señalaba que, en los formularios enviados a comisarías, se hacía énfasis en los “movimientos sospechosos de personas que nadie los conocía en el barrio, de personas jóvenes con hijos de poca edad”. De igual modo en los comunicados militares era frecuente la expresión delincuentes subversivos jóvenes, confiriendo a un elemento descriptivo la condición de tipología, impregnando y extendiendo la imagen de sospecha hacia un grupo poblacional más amplio.
Movilizar y marchar: los jóvenes y Galtieri
En 1980 el programa Adelante juventud, que cumplía su undécimo año al aire, entrevistaba al General Fortunato Galtieri. El “diálogo” con el represor, que respondía cigarrillo en mano, constituyó una de las pocas ocasiones en que se lo escuchó hablar in extenso sobre la juventud. Fue, de todos los militares que asumieron la presidencia de facto aquel que convocó y movilizó a la mayor cantidad de jóvenes varones. Lo hizo con una declaración de guerra. Lo hizo apelando a su condición de conscriptos y los llamó soldados. En tres meses más de diez mil jóvenes que realizaban el servicio militar obligatorio y constituían la mayoría de las tropas destinadas a Malvinas se desplazaron desde diferentes partes del territorio nacional, aunque Corrientes y Chaco concentraron la mayor movilización de jóvenes en relación con su densidad poblacional.
Si bien desde meses antes se verificaba la crisis del régimen, la rendición en Malvinas expresó visiblemente la derrota del proyecto militar y el camino hacia la reapertura democrática se impregnó también de la presencia de una nueva generación joven que había crecido en dictadura e ingresaba por primera vez a la vida política, insertándose en ramas juveniles de los partidos políticos viejos y nuevos, abriendo espacios de acción en universidades y escuelas, movilizándose en reclamo contra la violación de derechos humanos en dictadura. El gobierno de Raúl Alfonsín y los primeros años de democracia mostraron una reactivación del fervor juvenil, la emergencia de nuevas prácticas políticas, culturales, de sociabilidad que se asociaban a la idea de recuperación de las libertades perdidas y de grandes expectativas.
(*) Laura Luciani es historiadora, docente de historia latinoamericana en las carreras de Historia, Antropología y Gestión Cultural de la Facultad de Humanidades y Artes de la UNR, …