La tensión que se vive en un hogar impacta en el desarrollo de bebés y niños

Desde muy temprana edad perciben todo lo que sucede alrededor. Necesitan "ser regulados" por adultos que deberían darles un entorno estable

13:15 hs - Lunes 30 de Marzo de 2026

El clima emocional del hogar tiene un impacto real y profundo en el desarrollo de bebés y niños. No hace falta que comprendan las palabras: perciben, desde muy temprano, todo lo que ocurre a su alrededor. En muchas familias circula una idea que parece razonable pero que merece revisarse: que los niños son demasiado pequeños para darse cuenta de lo que pasa entre los adultos y que si no comprenden el contenido de una discusión, o si todavía no hablan, entonces quedan al margen de lo que sucede.

Sin embargo, tanto la psicología del desarrollo como la teoría del apego llevan décadas demostrando que esto no es así. Los bebés, niños y niñas no necesitan comprender las palabras para percibir las emociones. Desde muy temprano, incluso desde los primeros días de vida, son especialmente sensibles a los cambios en el tono de voz, en las miradas, en los gestos y, sobre todo, en el clima emocional que los rodea. No procesan el contenido de lo que dicen los adultos, pero sí registran con gran precisión “cómo” están esos adultos.

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Los niños no se regulan solos

Para entender por qué esto importa tanto, hay que partir de una base: los bebés y niños no nacen sabiendo calmarse. No saben qué hacer con lo que sienten, ni cómo organizar su malestar. Todo eso lo aprenden, y lo van construyendo, en el vínculo con los adultos que los cuidan.

Antes de poder autorregularse, necesitan ser regulados. A esto lo llamamos co-regulación: un adulto que puede alojar, comprender y ordenar el estado emocional del niño, y que desde ahí le ofrece una experiencia de calma. No se trata de que el niño o la niña aprenda a calmarse porque se lo decimos, sino porque lo vivencia repetidamente junto a alguien que puede hacerlo.

El desarrollo emocional infantil está profundamente sostenido por el desarrollo emocional adulto. En esa experiencia compartida, que se repite miles de veces a lo largo de la infancia, es donde el niño va construyendo, poco a poco, su propia capacidad de regulación.

Cuando hay tensión...

El organismo humano cuenta con sistemas específicos para responder al estrés. En los bebés y niños pequeños, esos sistemas están en plena formación y son especialmente sensibles al entorno. Frente a situaciones de tensión, discusiones frecuentes o climas emocionales inestables, el cuerpo del niño se activa: aumenta el ritmo cardíaco, se elevan los niveles de alerta, el sistema nervioso autónomo se pone en modo de respuesta.

El problema no es que este sistema se active, porque es necesario y cumple una función, sino qué sucede cuando esa activación es frecuente, intensa o sostenida en el tiempo, sin que haya después momentos de reparación y calma.

Cuando un niño crece en un entorno donde el clima emocional es reiteradamente tenso o impredecible, su sistema nervioso puede comenzar a funcionar en un estado de alerta permanente. Esto lo vuelve más sensible, más reactivo y con menor capacidad para calmarse ante situaciones cotidianas. No hablamos de un daño inevitable ni irreversible, sino de una huella que se va imprimiendo en la experiencia diaria, y que con acompañamiento adecuado puede transformarse.

Cuando la conducta del niño habla por él, esto se refleja muchas veces en el comportamiento. Rabietas más intensas de lo esperado, irritabilidad, llanto frecuente, dificultades para dormir o cambios bruscos en el estado de ánimo suelen ser interpretados como "problemas" del niño/a, y sabemos lo agotador que puede ser atravesar esas situaciones como adulto. Sin embargo, en muchos casos, esas conductas son señales de un sistema nervioso que está sobrecargado y que no encuentra aún recursos propios para regularse.

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El costo de la canasta de crianza aumentó en relación al año pasado

Preguntas fundamentales

Preguntarse qué le pasa al niño es necesario. Pero también vale la pena preguntarse: ¿en qué contexto emocional está creciendo? El adulto que se regula, regula...

En la práctica clínica es frecuente ver cómo, frente al llanto de un bebé o al enojo de un niño, los adultos también se desregulan: sube el tono de voz, crece la desesperación, aparece la irritación. Es completamente comprensible, nadie está blindado ante eso. Pero en esas situaciones, el malestar no disminuye: se amplifica.

Por el contrario, cuando el adulto logra sostenerse emocionalmente, aun en medio de la dificultad, y puede ofrecer una presencia calmada, firme y disponible, el efecto es muy distinto. El niño recibe un mensaje claro, aunque no sea verbal: "lo que sentís puede ser contenido. Esto no te va a desbordar porque yo estoy acá".

Y es en esa experiencia, repetida en el tiempo, donde el niño aprende a regularse.

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Padres que no ven a sus hijos se organizan para visibilizar su situación y exigir agilidad a la Justicia.

El rol del padre

Durante mucho tiempo, la regulación emocional en la primera infancia fue pensada casi exclusivamente en relación con la madre. Hoy sabemos que se trata de un sistema más amplio y complejo.

En los primeros momentos de vida, el bebé establece un vínculo especialmente estrecho con quien lo gestó y lo cuida en esos primeros tiempos. Pero esto no deja por fuera al padre, o a la segunda figura de cuidado. Por el contrario, su función es central, tanto en el vínculo directo con el niño como modelo de regulación, como en el sostén de ese primer vínculo madre-bebé.

Un padre que acompaña, que cuida el bienestar emocional de la madre, que participa activamente en la crianza y que puede regularse a sí mismo, contribuye a que todo el sistema familiar funcione en condiciones más estables.

En cambio, cuando esa figura está emocionalmente ausente, desbordada o ejerce presión sobre el entorno, el efecto puede ser el contrario: aumentar la tensión del sistema y dificultar la capacidad de todos de responder al bebé.

La familia funciona como un microsistema en el que todos sus miembros se afectan mutuamente. La regulación, o la desregulación de uno impacta en los demás.

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Estrés Académico

Nadie necesita ser una madre o un padre perfecto. No se trata de evitar cualquier momento de tensión, eso sería imposible y, además, tampoco sería bueno. Los niños necesitan también aprender a tolerar cierta frustración y a ver que los adultos atraviesan momentos difíciles.

Cuando "estamos al límite"

De lo que sí se trata es de desarrollar mayor conciencia sobre el propio estado emocional. Reconocer cuándo estamos al límite. Aprender a pausar antes de responder. Tomar distancia de una situación cuando sentimos que estamos desbordados y retomar desde un lugar más calmado.

Herramientas concretas como la respiración consciente, el pedir ayuda, el poder diferir una intervención hasta estar más serenos, o simplemente reconocer el propio límite sin culpa, son formas reales de intervenir en el clima emocional del hogar.

La pregunta que queda abierta al final de todo esto es tan simple como desafiante:

¿Qué clima emocional estamos ofreciendo?

Es necesaria esa pregunta pero no como algo que culpabiliza sino como una invitación a mirar hacia adentro. Porque la regulación emocional de los niños no se construye en soledad: está profundamente condicionada por la de los adultos que los rodean.

La autora del texto, Jimena Lázzaro, es psicóloga general sanitarista

Certificada en Salud Mental Perinatal

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Instagram: @saludpsicoperinatal