La neuróloga Stella Maris Valiensi, autora de "La ruta del sueño", explora la estrecha relación con la depresión, la ansiedad y los trastornos anímicos
Viernes 13 de Marzo de 2026
En un contexto donde el ritmo de vida, el estrés y la hiperconectividad afectan cada vez más los hábitos de descanso, la calidad del sueño se ha convertido en un indicador clave del bienestar psicológico. Diversos estudios científicos muestran que dormir mal de forma persistente no solo impacta en la energía diaria, sino que también puede aumentar el riesgo de desarrollar trastornos del estado de ánimo. En el marco del Día Mundial del Sueño, que se celebra este 13 de marzo, la neuróloga Stella Maris Valiensi, autora de La Ruta del Sueño, publicado por la editorial de la Universidad Hospital Italiano, indaga en la estrecha relación que existe entre dormir mal y los trastornos del estado de ánimo, como la depresión y la ansiedad.
“Las personas que duermen poco o mal durante períodos prolongados, como por ejemplo, dos años, tienen más del 50% de probabilidad de desarrollar síntomas depresivos. A su vez, la depresión y la ansiedad también pueden alterar el sueño. Hablamos de relación bidireccional porque el insomnio puede ser causa, consecuencia o ambas cosas al mismo tiempo”, explica la neuróloga especialista en patologías del sueño. Es importante destacar que no todo episodio de mal dormir es un problema clínico. El insomnio puede estar asociado a situaciones de estrés como exámenes, viajes o conflictos personales. En ese caso, hablamos de insomnio circunstancial.
Si ocurre al menos 3 veces por semanas; si se mantiene durante más de un mes; si afecta el funcionamiento diario es necesario sacar turno con un médico y plantear la situación.
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Crónico y desgastante
"Hablamos de insomnio crónico cuando persiste durante más de 3 meses. Los síntomas más frecuentes incluyen fatiga constante, irritabilidad, bajo rendimiento, cambios en el estado de ánimo, sensación de no poder apagar la mente, y una preocupación excesiva por no lograr dormir. “En este último caso, se instala con frecuencia un círculo ansiedad–insomnio: el miedo a no dormir empeora el problema”, desarrolla Valiensi.
Impacto cognitivo y en la calidad de vida
El sueño es clave para la memoria, la atención y la velocidad de procesamiento mental. Cuando es insuficiente o fragmentado: disminuye la concentración, se afecta la memoria a corto plazo, aumentan los errores y el riesgo de accidentes laborales o de tránsito, las personas sienten que rinden por debajo de su capacidad habitual.
El insomnio crónico impacta de forma profunda en la calidad de vida, además de en la salud física y mental. Frente a esta problemática, muchas personas recurren rápidamente a medicamentos, porque representan una solución fácil para combatir la angustia inmediata que provocan los trastornos del sueño. Sin embargo, no siempre son la primera ni la mejor estrategia.
“Existe una tendencia a medicalizar el insomnio, en parte por falta de tiempo en la consulta médica o por dificultades de acceso a terapias especializadas como la Terapia Cognitivo-Conductual para Insomnio (TCC-I)”, explica Stella Maris Valiensi.
“Además, cuando no se abordan causas subyacentes —ansiedad crónica, depresión, estrés laboral o conflictos emocionales— el síntoma puede persistir aunque la medicación ayude temporalmente”, añade la autora del libro La Ruta del Sueño.
Medicación riesgosa
El uso sostenido de medicación para dormir no es inocuo, especialmente cuando comienza en edades tempranas y se prolonga durante años. La melatonina, por ejemplo, se ha popularizado por su perfil “natural” pero natural no significa inocua ni adecuada para todos los tipos de insomnio.
Con el uso continuado de benzodiacepinas y fármacos tipo “Z” pueden aparecer:
Tolerancia (necesidad de aumentar la dosis)
Dependencia psicológica (miedo a no dormir sin medicación)
Dependencia física (insomnio de rebote, ansiedad e irritabilidad al suspenderlos)
“Puede ser útil especialmente cuando existe una alteración del reloj biológico. Su indicación depende de la edad, características personales y tiempo de uso, y es fundamental que sea evaluada y controlada médicamente”, desarrolla la autora de La Ruta del Sueño. En el caso de Argentina, las dosis altas de medicación requieren receta médica.
Estrategias no farmacológicas
Antes de indicar medicación, existen otros tratamientos no farmacológicos con mayor respaldo científico, que incluyen: higiene del sueño que implica crear hábitos que promuevan un sueño reparador y de calidad; control de estímulos: leer o meditar antes de dormir y dejar las pantallas 2 horas antes; restricción del tiempo en cama para asociarla exclusivamente al descanso; trabajo sobre pensamientos negativos vinculados al sueño.
Si bien los fármacos producen efectos más rápidos e inmediatos, con este tipo de terapias, como psicoeducación y técnicas de relajación, los resultados tienden a ser más duraderos y eficaces. “La evidencia es clara: cuidar el descanso es también cuidar la mente. Promover hábitos saludables y consultar ante dificultades persistentes puede ser clave para romper el círculo entre insomnio y trastornos del estado de ánimo”, reflexiona Valiensi.