La trágica historia de Norma por la que su esposo fue condenado a perpetua
La pena la recibió Rubén González por someter a maltratos físicos, vejaciones, falta de alimentación y asfixiar en 2019 a su esposa en su casa del barrio Qom.

Jueves 23 de Diciembre de 2021

Durante los últimos meses de su vida Norma Esther Quiroga soportó un escenario de “de violencia de género física, psicológica, sexual y económica” que se sostuvo en el tiempo, tal la descripción brindada hace dos años por el juez de primera instancia Rafael Coria al dictarle la prisión preventiva a Rubén Lucio González, quien era su pareja. A la mujer, de 53 años, la encontraron asesinada a golpes el 28 de agosto de 2019 en su casa de Pasaje 1821 al 6200, en el barrio Qom de la zona sudoeste de la ciudad. El padecimiento que vivió la llevó a soportar encierro, hambre, violencia física, psicológica y económica además del abuso sexual con acceso carnal. Su hija Laura, que hoy tiene 32 años, fue testigo de esas penurias y sobrevivió a un contexto de violencia de género aunque terminó internada en el Hospital Carrasco por desnutrición ya que González no les daba de comer a ninguna de las dos mujeres que vivían con él. En una audiencia que duró menos de cinco minutos, por unanimidad, un tribunal pluripersonal integrado por Rodolfo Zvala, Nicolás Vico Gimena e Ismael Manfrin puso punto final al juicio al que fue llevado el hombre el pasado 13 de diciembre y que ayer concluyó con la condenó a González a prisión perpetua. Los jueces lo hallaron culpable de los delitos de privación ilegítima de la libertad agravada por ser cometida mediante amenazas y violencia y por resultar un grave daño a la salud de la ofendida; abandono de persona agravado por el vínculo; abuso sexual con acceso carnal gravemente ultrajante agravado por resultar un grave daño a la salud de la víctima; y homicidio calificado por el vínculo y dentro de un contexto de violencia de género.

La mañana del 29 de agosto de 2019 todo fue estupor en el humilde Pasaje 1821 al 6200 en el pauperizado barrio Qom. Si ya el escenario de un femicidio se torna lacerante, el de Norma Quiroga tuvo particularidades. La mujer había sido asesinada a golpes y su hija Laura, que por entonces tenía 30 años, no podía sostenerse en pie víctima del hambre, la deshidratación y la desnutrición sostenida en el tiempo. Laura contó que el hombre las mantenía cautivas a ambas y que no les daba de comer.

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Norma había llegado a la ciudad junto con Rubén González y su hija Laura en la última etapa del éxodo de la comunidad toba hacia la provincia de Santa Fe, entre 1990 y 1995. Llegaron desde Las Palmas, un pequeño poblado de la provincia de Chaco, a unos 750 kilómetros al norte de Rosario. Se asentaron en la zona sudoeste y en 1998 consiguieron un crédito para construir la casa que terminó siendo, 21 años más tarde, una tumba para Norma y su hija. El Pasaje 1821 al 6200, entre Campbell y Qom (nombre aborigen con la que en el barrio se denomina a Garzón) corre paralelo al terraplén y las vías que ponen el límite sur a la barriada. La casa del horror está ubicada a 200 metros de Aborígenes Argentinos.

El miércoles 28 de agosto de 2019 el lugar mencionado se sobresaltó cuando una vecina alertó que Norma Quiroga yacía asesinada en una de las habitaciones de su casa. “Nosotros pensábamos que se habían ido a Chaco, pero de los vecinos nadie se quiere meter con los Tobas porque parecen tranquilos pero son bien bravos”, explicó una vecina de la cuadra el día después del crimen. Después de las 22 de ese miércoles móviles policiales inundaron el territorio. Una vecina le indicó a la policía que Quiroga estaba muerta y que el marido, por González, no dejaba ingresar a nadie. Los uniformados se presentaron en el inmueble y al comprobar que la puerta estaba abierta ingresaron. Enseguida descubrieron que en una de las habitaciones de la casa se hallaba una mujer sin vida, tirada en el piso y con marcas de golpes en el rostro. A su lado estaba el marido, quien fue detenido en el acto. A metros de esa escena yacía Laura, quien no podía caminar del estado de desnutrición en el que se encontraba.

La imputación

Dos días después del crimen González fue acusado por el fiscal Miguel Moreno, por aquellos días en la Unidad de Homicidios. Entonces se pudo tener acceso a la declaración de Laura, quien fue entrevistada por una asistente social. La mujer contó que era hija única aunque su madre había perdido un embarazo en 2005, pero “su padre no permitió que recibiera atención médica”. Que sus padres se separaron en 2013 y que González se había ido a vivir a Bahía Blanca. Cinco años más tarde el hombre regresó y su madre lo aceptó en la vivienda. Desde 2018 la muchacha contó que padecieron junto a su madre malos tratos, violencia y amenazas de muerte además de que su madre fue víctima de constantes violaciones. Laura contó que cada vez que intentaba increpar a su padre él le respondía que Norma “era su mujer y él su marido”. También relató: “No nos daba plata para comer. Tampoco teníamos llaves de la casa para poder salir. El se iba y nos dejaba encerradas. Nos decía que si salíamos nos iba a matar”.

“A mi mamá le decía que no usara ropa ajustada, que no se pintara, que tenía mal olor, que se bañara. La llamaba «perra» o «hija de puta». Eso era todos los días”, le explicó Laura a la asistente social. “Muchas veces le pisaba los pies y se los dejaba morados. Mi mamá estaba muy débil porque no comía. No se podía levantar de la cama. Entonces el venía y oraba". Cuando la asistente social le preguntó qué era orar, Laura contó: "Le pedía al demonio que se alejara de su cuerpo (el de Norma)”. Y agregó: “Era un exorcismo. El le apretaba desde la cabeza a los pies, la empujaba de las axilas, le apretaba el cuello, la espalda. Decía que era para sacarle el demonio. Ella le pedía un poco de agua y él no le daba. Y ella lloraba”, relató la muchacha.

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Un dato que dejó asentado la asistente social que habló con Laura es que ninguno de los tres integrantes de la familia estaba referenciado en un centro asistencial a pesar de vivir a escasos 200 metros del Centro de Salud Libertad. Laura también contó que uno de sus tíos, Lázaro, se había acercado a colaborar. “A hacer brujerías y rituales”, dijo la joven mujer. Lázaro es pastor de la iglesia Esperanza de Vida y su casa uno de los templos. “Ella decía que estaba viva por mí. Lloraba, le dolía todo”, relató la hija de la víctima. “Mi mamá me decía que la violaba. Que tenía miedo”, relató. Además contó que cuando su madre murió, González estaba con ella. Que su padre “la había apretado orando”, que ella tuvo una convulsión y murió.

La autopsia determinó que Quiroga tenía traumatismos en el rostro. Según Laura, su padre le había pegado a su madre una trompada en la nariz el domingo previo a su muerte y que lo hizo por celos. Además, la mujer tenía la vagina desgarrada. “Introduciéndole en su vagina un elemento contundente con alta sinergia, provocándole las lesiones de las que da cuenta el informe de autopsia”, explicó la acusación en boca del fiscal Gastón Ávila. La mujer sufría además una enfermedad infectocontagiosa crónica que nunca se trató. Fue asesinada a golpes y por asfixia mecánica por sofocación. En su alegato de apertura el fiscal Ávila acusó a González de abusar sexualmente de Quiroga y violarla causándole una grave lesión. Además le dio una golpiza y la estranguló hasta dejarla inerte.

Y en la audiencia preliminar el fiscal indicó que el asesinato se dio teniendo como telón de fondo un contexto de violencia de género donde González ejercía su dominio físico, económico y psicológico sobre las dos mujeres. “El homicidio fue la culminación, el punto final, de una sucesión de ataques de distinta índole contra la integridad de la mujer”, expresó el acusador.