Domingo 08 de Junio de 2008
"Esto es una pesadilla. El otro día, mientras dormía, recordé todo lo que viví en medio de un sueño". Héctor Martín Oviedo está quebrado. Su vida cambió desde que, en noviembre pasado, una mujer denunció que la había secuestrado y violado junto a un sobrino. Tras ser liberado por falta de pruebas, un centenar de allegados a la mujer, indignados por la excarcelación, incendiaron y saquearon su casa. Fue una víctima de quienes realizan justicia por mano propia contra personas a las que, por un testimonio parcial, se las considera autoras de un delito.
El fletero fue blanco de un episodio así. El juez de Instrucción que investigó el caso llegó a la conclusión de que tanto él como su sobrino eran inocentes y que la mujer que los acusó inventó la historia del ataque sexual.
Oviedo tiene 51 años y hasta no hace mucho se ganaba la vida como fletero. Su calvario comenzó el 4 de noviembre pasado cuando una noche de placer con una mujer que conoció en la calle terminó en una sucesión de adversidades.
En el amanecer del día siguiente, María G., la dama con la que había compartido algunos arrumacos, fue hasta la comisaría 14ª y presentó una denuncia. Sostuvo que Oviedo y su sobrino la habían secuestrado y violado. Sin embargo, el juez de Instrucción Nº10, Alfredo Ivaldi Artacho, no encontró ningún indicio de ese ataque y dictó el sobreseimiento de los hombres. Es decir que el magistrado consideró que el fletero y su familiar son inocentes.
El inicio de la historia. Aquella noche de noviembre, Oviedo recibió en su casa de Pellegrini al 5700 la visita de su sobrino. El muchacho le propuso tomar unos porrones y fueron en búsqueda de la bebida hasta un quiosco de Camilo Aldao y Pasco, a seis cuadras de la vivienda. Desde la vieja camioneta Chevrolet que usaba como flete divisaron que el negocio estaba cerrado. Entonces, decidieron ir hasta un salón de ventas de Provincias Unidas y Pasco.
El fletero contó que al llegar al kiosco y tras detener el vehículo, la silueta de una mujer cincuentona que se apoyó sobre la puerta de la camioneta los sorprendió. "¿Van a tomar cerveza chicos? Los puedo acompañar", les propuso la mujer apenas se toparon con ella. Oviedo y su sobrino aceptaron el convite y los tres fueron hasta la vivienda del fletero. Allí los dos hombres le propusieron a la mujer tener sexo y ella aceptó. María G. pasó toda la noche en la vivienda de Pellegrini al 5700 y, al día siguiente, se marchó.
Pero al anochecer de aquel día, una comitiva policial de la seccional 14ª llegó hasta la casa de Oviedo y preguntó por su sobrino. "Señor, tiene que acompañarnos a la seccional porque usted y su pariente están hasta las manos", le dijo uno de los uniformados cuando estaba en el patrullero. El fletero no entendió lo que ocurría hasta que los policías le dijeron que la mujer que estuvo en su casa los había acusado a él y a su familiar de haberla secuestrado y violado.
Oviedo declaró primero ante un sumariante y después se sobresaltó cuando le pidieron el cinturón, los cordones y el teléfono celular. El pedido de los uniformados era el prólogo del encierro en una celda. Era la primera vez que el fletero entraba a un calabozo.
Casa en llamas.Tres horas después, el hombre ya estaba nuevamente en la calle pero su odisea continuó al día siguiente. Regresaba del estudio jurídico de un abogado que lo patrocinó y, cuando llegó a la esquina de su casa, divisó cómo integrantes de una unidad barrial de desocupados, con un cartel que decía Cuba-MTR, destruía y saqueaba su casa.
Oviedo se quedó inmóvil y primero no supo qué hacer, pero después decidió marcharse. Ahora está convencido de que, si se hubiese acercado a su propiedad, los manifestantes lo "habrían matado". "Se movieron como una patota y en la esquina había un puntero que les pagaba (a los atacantes) con tickets", sostuvo el fletero.
Desde aquel día Oviedo está arruinado. Recorrió sin descanso pasillos oficiales en busca de ayuda, pero sólo recibió un subsidio de 200 pesos que le entregó el Ministerio de Desarrollo Social de la provincia. Además, presentó tres presupuestos en una oficina municipal para arreglar el tren delantero de su desvencijada camioneta Chevrolet modelo 74 con la que podría realizar mudanzas, pero le respondieron que no podían ayudarlo. "Con mil pesos podría arreglar la chata, pero nadie me dio una mano", se lamenta el hombre.
En medio de la causa judicial, Oviedo volvió a verle la cara a la mujer que lo había acusado. Fue en un careo. Cuando estuvo frente a ella le preguntó por qué lo había denunciado. "¿Por qué me hiciste esto?", inquirió el fletero. Pero María G. no respondió. Fuera de sí, según el hombre, la mujer se levantó e intentó golpearlo. La reacción provocó que el magistrado diera por terminada la medida.
La casa de Oviedo, que heredó de su madre, quedó literalmente destruida. Las personas que llegaron hasta la propiedad la rociaron con combustible y le prendieron fuego.
Ahora, el fletero vive en la casa de un amigo, en el barrio Belgrano. Allí duerme en una habitación con techo de chapa y espera que alguien se apiade de él y le ofrezca alguna ayuda. El cronista apaga el grabador y el hombre formula una última súplica. "Que alguien me escuche. Estoy desesperado. A veces salgo a caminar sin saber adónde ir", dice en un ruego.