Lunes 22 de Marzo de 2010
El celular de Roberto Pimpi Camino aún sin aparecer, los familiares directos del ex líder de la
barra brava de Newell’s renuentes a declarar formalmente sobre las circunstancias que
rodearon a su asesinato y un sinnúmero de llamadas anónimas al 911 para apuntar hacia los más
diversos frentes como responsables del crimen. Con ese panorama batallaron ayer los investigadores
del homicidio, sin que surja aún una hipótesis firme sobre quién y por qué motivo lo mandó a matar.
Los investigadores policiales y judiciales del asesinato de Camino
esperaban contar el fin de semana con ayuda que hasta ahora no hallaron en el entorno de Pimpi. En
declaraciones a la prensa los familiares responsabilizaron a “la policía” por el ataque
en el que el barrabrava, de 37 años, recibió cinco tiros la madrugada del viernes pasado en el
frente del bar Ezeiza, de Servando Bayo 1484. Pero en el expediente judicial y el sumario que lleva
adelante la Dirección de Asuntos Internos (ante la sospecha de que pueda haber personal policial
implicado) nada de lo dicho por sus allegados a la prensa consta por escrito.
Tampoco había sido facilitado hasta anoche el celular en el que Pimpi
recibió una llamada que lo convocó al bar. Elemento que se considera clave para obtener pistas que
lleven hacia el criminal. En ese sentido, un allegado a la familia señaló a este diario que al
menos se pondrá en conocimiento del tribunal el número de teléfono. Con eso bastaría para requerir
el listado de llamadas entrantes y salientes. Aunque de contarse con el aparato podría realizarse
una pericia más profunda.
“El 911 está que arde y hay veinte versiones de calle distintas de
quién puede haber sido. Y todas pueden ser ciertas. El Pimpi era un tipo que juntó rencor en muchos
ámbitos y para colmo los que lo acompañaban no hablan. Trabajamos a full pero todavía no hay nada
claro”, dijo un jefe policial. Desde otro ámbito, un investigador coincidió en el
diagnóstico: “Puede ser una represalia por la muerte de (Walter) Cáceres en la emboscada,
puede venir por el tema de la barra, una disputa barrial, una cuestión de mujeres o un ajuste por
drogas. No se descarta nada”, señaló.
El parroquiano. La búsqueda se dio en medio de las suspicacias que generó dentro y
fuera de la fuerza la presencia en el bar Ezeiza del sargento primero Alejandro Ismael Urquiza, a
quien apodan Angelito Negro. Un hombre de confianza del jefe de la policía santafesina, Osvaldo
Toledo, que además participó de la detención de Camino en Buenos Aires en 2009. Algunas versiones
le atribuyen al policía, que tendría un contacto frecuente con Pimpi, haberlo citado esa noche para
encontrarse en el bar.
Esto no consta en los papeles: el policía lo niega y por otra parte está
constatado que tanto él como Pimpi eran habitués del bar. El efectivo declaró que estuvo en el
local de las 12.30 a las 4 de la madrugada. La Capital contactó ayer al sargento, quien negó
cualquier responsabilidad pero declinó hablar sin un permiso de sus superiores.
Si bien el comisario Toledo lo defendió públicamente y lo valoró como un
policía eficiente, algunos uniformados consultados ayer agregaban otra variante: “El Negro
Urquiza sabe demasiadas cosas y tiene demasiados vínculos. Soltarle la mano hoy o dejarlo solo es
prender fuego la Unidad Regional II”.
Viejas marcas. En otro orden, los investigadores también hurgaban en viejos
incidentes personales que signaron la vida de Pimpi. Uno, que lo marcó a fuego en junio de 2007,
afloró cuando le practicaban la autopsia. Allí se detectó la cicatriz de una operación que le
habían practicado una semana antes de su muerte, como consecuencia de una secuela que le dejó una
herida de bala recibida en el abdomen en junio de 2007 frente al bar Tokio, de Santa Fe y España.
Fuentes judiciales señalaron que a causa de esa intervención su estado
de salud estaba muy deteriorado: “Le sacaron litros de pus. Si no lo mataban, se moría en un
mes o dos”. También afloraron en su cuerpo tres cápsulas de bala de anteriores batallas. Sin
embargo en el entorno del barra aseguran que su estado de salud era bueno, que tras la cirugía se
limitaba a usar una faja y que la herida cicatrizaba favorablemente.
Esto reflotó un episodio muy poco investigado: el ataque a Pimpi en el
bar Tokio, por el que debió internado en el Sanatorio Plaza. En aquella oportunidad Camino declaró
que bajaba de su Peugeot 206 cuando lo balearon dos agresores que se movían en bicicleta, que no le
quitaron plata ni otras pertenencias. Pero también circuló entonces por los pasillos de Tribunales
que la mecánica del ataque fue otra y que Pimpi calló el nombre de su verdadero agresor.