Alejo Riveros tenía 26 años y soñaba con ser piloto. Lo mataron a martillazos y 34 puñaladas en una venganza por celos. Su familia convoca mañana a una marcha
17:09 hs - Martes 28 de Abril de 2026
Graciela Castillo tiene un recuerdo luminoso: el día que acompañó a su hijo a inscribirse en la escuela de vuelo. Él quería ser piloto comercial, pero a sus poco más de veinte años lo que ganaba en su barbería de barrio Larrea no le alcanzaba para costear el curso. Ella, sin dudar, pagó la diferencia y el mismo día encargó el uniforme: pantalón gris, chaqueta blanca, corbata roja. Con el tiempo, el retrato de Alejo Rivero en el día de su graduación —sonriente y erguido en su ropas de aviador— se convertiría en estandarte del reclamo de justicia por su asesinato, del que se cumplió un año.
Los padres de Alejo imprimieron esa foto en un banner casi tan alto como ellos que llevan a todos lados. El sábado pasado planeaban desplegarlo en una marcha frente a la barbería de Larrea que la lluvia obligó a suspender. La convocatoria se postergó para mañana martes, a las 19, en México y Juan B. Justo. Por el ataque alevoso, inmerso en una trama de celos y venganza, hay un detenido por un delito que prevé prisión perpetua. La familia del muchacho fallecido cree que hay más elementos por desentrañar.
De barbero a piloto
Alejo tenía 26 años y era el segundo de cuatro hermanos. Terminó la secundaria en el Normal 2 y desde entonces sumó cursos y diplomas con la aspiración de convertirse en piloto. Se recibió de tripulante de cabina, de licenciado en turismo, hizo cursos de check-in, completó la carrera de aviación en una escuela de Funes y estudiaba inglés. “Él decía que un piloto tiene que saber de todo”, explican sus padres en una entrevista que brindan a un año del crimen para contar quién era Alejo.
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“La gente lo conoce como «Alejo, el barbero». Pero él era el barbero de un barrio que lo amaba. Era amigo de sus clientes, emprendedor, excelente hijo y amigo, era pura sonrisa y estaba lleno de proyectos”, describen a su segundo hijo Fabián y Graciela, ambos de 54 años. Cuentan que eligió el oficio de barbero porque le permitía manejar sus horarios para seguir estudiando y que destinaba sus ingresos a costear horas de vuelo.
Trabajaba desde hacía siete años en un local que le había cedido su abuela paterna en México al 1200 bis, cerca del cruce con Juan B. Justo. A unas siete cuadras de la casa de Fisherton donde convivía con sus padres y hermanos, al otro lado de la Circunvalación. El crimen fue descubierto por su padre. El sábado 26 de abril del año pasado Fabián pasó por la barbería a las 6 de la mañana y advirtió la puerta entreabierta, la luz prendida, la moto de su hijo sin linga en la vereda.
La despedida
Pensó que se había quedado a dormir en el local y en un descuido olvidó cerrarlo. Al entrar encontró a Alejo en el piso, cubierto en sangre. Lo abrazó, sintió el cuerpo frío y supo que ya no había nada que hacer por su muchacho, que planeaba trabajar en el aeropuerto de Dubai. Lo habían asesinado la noche anterior, al cierre de una jornada larga de trabajo. “Ese día había salido de casa a la mañana —recuerda Graciela—. Se fue cantando, tenía la agenda llena de cortes. Todavía no podemos creer por qué le hicieron eso, porque Alejo no peleaba, él resolvía las cosas hablando”.
A las 19.30 de aquel viernes ella pasó a saludarlo por el local. Lo invitó a sacarse una foto familiar en la casa de al lado, donde vivía su abuela María, que ese día había salido de una cirugía por un problema de salud. En el negocio había tres personas. Alejo respondió que iría a la reunión tras el último corte. Graciela se despidió con una frase que, ahora, cobra para ella el sentido de una despedida: “Le tiré un beso y le dije «te amo». Él me respondió «ay, mamá» y esa fue la última vez que lo vi. Nunca llegó a casa”.
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Lo que pudo reconstruir la investigación en base a cámaras de vigilancia y testimonios es que el agresor rondó la zona desde las 19 y concretó el crimen a las 20.55, cuando los padres del barbero ya no estaban en la casa lindera. Habían salido unos diez minutos antes para retirar a su hijo de 10 años de una clase de natación. El último cliente contó que a las 20.30 entró un muchacho que saludó a Alejo cordialmente, como si lo conociera. “Hola, amigo”, le dijo, y se sentó a esperar.
Un ataque alevoso
Se sabe que, al quedar solos, aprovechó un instante en que el joven le dio la espalda para recargar el termo en un dispenser y lo atacó a golpes en la cabeza con un martillo. La autopsia reveló que el primero le hundió el encéfalo y lo dejó inconsciente. Después de otros tres martillazos en la cabeza le asestó 35 puñaladas que le perforaron los pulmones. Del local no faltó nada. Estaban la billetera y el celular I-phone de Alejo.
“Fue una monstruosidad, no entendíamos nada. Queríamos saber qué pasó. En la familia coincidíamos en que el único problema que tenía Alejo era con su exnovia, que tenía celos hasta del hermanito. Fue una relación tóxica. A los dos días nos presentamos en fiscalía y contamos esto”, recuerdan. La chica y Alejo se conocían desde el secundario y luego coincidieron en una iglesia evangélica del macrocentro donde él tocaba el teclado en la banda. El noviazgo duró seis años hasta que él cortó la relación.
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Días después, el 4 de mayo, fue detenido Pablo Longo, de 28 años, en su casa de pasaje Lord Kelvin al 1600 de barrio Hospitales. En el allanamiento, según la familia, se recuperaron las armas usadas en el crimen, se encontraron restos de ADN de Alejo en prendas de vestir y pericias con Luminol detectaron rastros de sangre en un auto. Fue acusado de un crimen calificado por la alevosía que ahora investiga el fiscal Alejandro Ferlazzo. Con el tiempo, los padres de Alejo se presentaron como querellantes junto a los abogados Marcos Cella, Lourdes Cella y Juan Ignacio Koffman.
—¿Cómo se llegó a identificar un sospechoso?
—Cuando nos presentamos en fiscalía citaron a la exnovia de Alejo como testigo. La primera fiscal del caso, María de los Ángeles Granato, la desvinculó inicialmente. En los mensajes de celulares se supo que ella quería volver con Alejo y le pedía al asesino, que era su novio o su amante, que la ayudara. En la audiencia imputativa Longo reconoció lo que hizo, dijo que ella los manipulaba a los dos y que Alejo era un buen chico. No buscamos venganza y sabemos que a esta altura es difícil recuperar evidencias, pero queremos que se investigue. No queremos que haya otro Alejo.
—¿Por qué creen que el ataque se cometió con tanta saña?
—En los audios que quedaron en el celular de Alejo escuchamos que sufrió una persecución tóxica durante meses después de la ruptura. Creemos que el asesino mató instigado o condicionado, quizás por un invento o una mentira. Lo que hizo fue tremendo. ¿Por qué tanto odio? Porque el pibe fue convencido de algo. No fue a hablar. Fue a matar directamente.
—¿Cómo fue para ustedes transitar este primer año?
—Fue un golpe tremendo. Se nos detuvo el tiempo, nos parece que fue ayer. Antes teníamos una ocupación, vidas armadas, con objetivos. Desde ese día nos destrozaron a todos. Perdimos nuestros trabajos y entramos en una depresión profunda. La abuela de Alejo murió de tristeza un mes después. Nos sostiene nuestro hijo más chico, él es el que nos levanta, pero ninguno de nosotros va a volver a la vida que tenía.