Sábado 07 de Agosto de 2021
Solo el tiempo podrá dimensionar verdaderamente la historia fantástica que la selección argentina masculina de vóley escribió en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020. Solo el tiempo podrá, por caso, hacer entender que esta medalla de bronce que se colgó esta generación no vale bronce, sino oro, platino y hasta diamantes, como intentaron calificar algunos de los jugadores después de firmar la épica ante Brasil, con la victoria por 3 a 2 (25/23, 20/25, 20/25, 25/17 y 15/13) que consumó la locura. Aunque mientras tanto hay que intentar entender y para entender hay que poner en contexto. En ese contexto que dice que Argentina, en esta disciplina, compite entra las potencias mundiales y eso no es ni cosa fácil ni ganar una costumbre. Todo lo contrario. Y también dice otra cosa. O lo decía: el vóley argentino solo había logrado subirse a un podio olímpico una vez. También fue con medalla de bronce, aunque desde entonces habían pasado 33 años. Esta generación unió el hilo de la historia: juntó aquellos Juegos de Seúl 1988 con éstos, los de Tokio y la pandemia, de manera soñada. Dio definitivamente un batacazo en los Juegos Olímpicos.
Desgarrados de incredulidad, de lágrimas, de abrazos y de saltos, de rodillas al piso, de camisetas revoleadas. ¿Cómo no iba a ser así la imagen de los jugadores argentinos después de escribir su propia historia? Fue una fracción de segundos la que pasó entre que cayó la última pelota del lado brasileño y se consumó la hazaña. Y fue una fracción de segundos en la que estos pibes (sí, ya está, que se inmortalice como apodo aunque algunos ya no sean pibes) se desplomaron. Se desplomaron por Tokio 2020, porque el sorteo inicial les arrojó estar en la famosa zona de la muerte (los cuatro semifinalistas terminaron siendo de ahí) en lo que parecía una mala jugada para no dejarlos soñar, se desplomaron porque enfrente estaba Brasil, archirrival histórico pero dominador de este deporte y de los duelos mano a mano, y se desplomaron porque cayó sobre sus espaldas ese pasado glorioso que jamás nadie, en todos estos años pudo repetir. Entonces sí, como una piedra que estalla, estalla este capítulo del vóley argentino en el que ese pasado deja de pesar.
Como alguna vez lo dijo el armador santafesino Luciano De Cecco, capitán de este equipo: "Tendremos que cargar con eso hasta que ganemos algo". El legado de esa generación de Seúl '88 que se había iniciado con el bronce mundial de Argentina en el '82 (también única medalla mundialista) inspiró a los que vinieron después. Pero también en la medida en que fueron pasando los años se fue sintiendo más denso, aunque también deseado. Esta generación de talentos que había descollado en juveniles, muchos de los cuales están juntos hace más de 15 años, parecía ser la señalada para hacer algo distinto. Sin embargo, ese salto de calidad que ellos mismos creían que podían dar no llegaba. El seleccionado nacional volvió a unos Juegos Olímpicos en Londres 2012 tras inusitadas ausencias y de la mano de la base de este equipo, veinteañeros casi todos. Cumplieron en la fase de grupos y en cuartos perdieron con Brasil. En Río de Janeiro 2016, cuando se hablaba de la madurez justa para dar un golpe y tras una excelente primera ronda de nuevo se cruzó Brasil, infalible y arrollador. No fue entonces, ni Londres ni Río. Faltaba mucho más tiempo y era Tokio.
Entre las horas que transcurrieron entre la caída en semifinales ante Francia y el partido por el tercer puesto ante Brasil, que llegó a Tokio a cosechar otra medalla dorada, pasaron muchas cosas y en especial las reminiscencias de Seúl '88 y de Sidney 2000, las únicas veces que Argentina se había logrado meter entre los cuatro mejores de esta cita. Hace 33 años el podio fue posible tras una enorme victoria contra Brasil y en Sidney no lo fue, por Brasil. ¿Se entiende y se dimensiona? Especialmente, siempre Brasil. Incluso Argentina perdió en fase de grupos de Tokio un partido increíble que ganaba 2 a 0 y con amplia ventaja en el tercero: cayó por un 3 a 2 de alto impacto emocional. Pero al otro día los jugadores se levantaron y arrollaron en días subsiguientes a Francia, a Túnez y ni más ni menos que a Italia, otra potencia de este deporte. En semis la ahora caída ante Francia reavivó recuerdos de duros momentos, aunque otra vez supieron ponerse de pie y entender que tenían por delante el partido que nadie quiere, el del tercer puesto, la última posibilidad de podio pero también la de las manos vacías. Entendieron también que no podían ya superar a aquellos históricos de Seúl pero sí emularlos y con ello también, por qué no, homenajearlos.
Fue una constante en estos días escuchar al legendario Hugo Conte, protagonista de todos esos momentos gloriosos que aquí se citan, contar que Facundo, su hijo y figura de este seleccionado, jugaba con su medalla de bronce que estaba guardada en una cajita. Que tenía devoción por eso. Facu creció fascinado con ese regalo que papá les había legado y creció viéndolo en esplendor. Quería ser como él aunque Hugo solo le pedía que se divirtiese, que jugara para divertirse. Hubo un tiempo en el que Facu sufrió ser el hijo de Hugo, considerado uno de los ocho mejores voleibolistas de la historia, pero se armó para superarlo y poder convivir con ello. Facu es "El Heredero", así lo apodan y la anécdota habla por sí sola. Aunque Facu no es el único en esa condición, porque en cierta manera todos estos jugadores siguen a aquellos que abrieron la puerta y mostraron cuánto vale una medalla de bronce pero también lo difícil que es conseguirla.
Por eso ahora Marcelo Méndez, el DT argentino que llegó al banco en mayo de 2018 en reemplazo de Julio Velasco, se abraza como se abraza con sus colaboradores, se acomoda los lentes chanfleados y llora. Por eso ahora los 12 jugadores que viajaron a Tokio no entienden mucho que pasa. Ni Luciano De Cecco ni Matías Sánchez ni Bruno Lima ni Federico Pereyra ni el rosarino Sebastián Solé ni Martín Ramos ni Agustín Loser ni Facundo Conte ni Cristian Poglajen ni Ezequiel Palacios ni Nicolás Méndez ni Santiago Danani. Ahora es todo un delirio en el Ariake Arena, como lo es en los televisores, computadoras y celulares de Argentina donde poca gente está durmiendo a las 4 am cuando se consuma esta victoria. Del otro lado de la red quedó Brasil y desde el otro lado del mundo llega la medalla de bronce que ya tiene su sitial de privilegio. Como las historias fantásticas.