Domingo 11 de Octubre de 2009
La mitología del fútbol argentino relatará en el futuro que hubo una vez un Titán que protagonizó una novela épica, con algunos capítulos tristes y muchos alegres. Y también constará en ese relato, que este goleador de raras características y de insólitas virtudes, una noche de diluvio abrió las aguas como Moisés para que la selección de Maradona cruce el Río de La Plata y busque una clasificación que se hizo posible gracias a una conquista suya, conquista mucho más noble y digna que la que se recuerda mañana 12 de octubre, porque en esta que se escribió ayer el atacante no destruyó, todo lo contrario, resucitó una esperanza que se moría ahogada, pero cuando la angustia se hacía insoportable, apareció él: Martín Palermo, conocido también como el Loco, y metió a un país entero en la más linda de las locuras, porque una vez más mandó al fondo de la red a su gran amor y así la selección argentina pudo ganarle a Perú, sí al modesto Perú, sobre la hora para seguir en la difícil carrera de las eliminatorias.
El partido en el Monumental se moría con un empate que habían logrado los valerosos incaicos en el penúltimo minuto reglamentario, dejando empapado de indignación a todo un pueblo que resistía con mucha bronca una ventaja mínima y que había mantenido a duras penas. El tiempo agregado se diluía con la lluvia, la cortina de agua ocultaba la vergüenza de ya no ser, cuando Di María cruzó la pelota sobre el área de Perú, por el otro lado apareció el Pocho Insúa que la metió cruzada al arco y allí apareció Palermo, siempre él, para empujarla al fondo del arco. Gol. En posición adelantada. Sí. Pero nadie se percató. Y el delirio mutó en alivio, en desahogo, en muchas sensaciones raras. Indescriptibles. Aunque todos saben que la alegría de ayer es preocupación hoy. Porque nadie puede garantizar si Dios es argentino. Y está claro que Maradona habrá parecido serlo cuando jugaba, pero está muy lejos de serlo cuando dirige.
Sí es cierto que Diego siempre, hasta ahora, ha sorteado momentos complicados. Tanto en la vida como en el juego. En esta ocasión alguien lo iluminó y convocó a Palermo. Y él lo salvó. El mismo goleador que en el Clausura 1999 convirtió un penal ante Platense resbalándose y pegándole a la pelota con los dos pies. Sí. El que en 2000, tras una larga inactividad por lesión, entró ante River y anotó para eliminar al rival de siempre de la Libertadores. El Palermo que ese mismo año le hizo los dos goles a Real Madrid para ganar la Intercontinental. El centrodelantero que en 2007 festejó un tanto de media cancha ante Independiente. El que hace poco cabeceó desde muy lejos un rechazo de Montoya de Vélez para otro gol increíble. Sí, también ese jugador que erró tres penales en la Copa América de 1999, contra Colombia, y el que se lesionó porque se le cayó una pared en el festejo de un gol. Ese mismo ayer se vistió de héroe nacional. Con la camiseta de la selección. La más importante. La que más pesa. La que más vale. Como valen sus goles.
Argentina le ganó a Perú y sigue viva. En una noche de perros por el clima y por el juego. Pero donde hubo espacio para el milagro. Donde también estuvo Mercedes Sosa. Cantando el himno desde el cielo al principio. Y cantando al final “quién dijo que todo está perdido, yo vengo a ofrecer mi corazón”.