Las bochas y el fútbol fueron su razón de ser cuando fue inaugurado en 1949. Con la pandemia cerró sus puertas y en Ludueña volvieron a abrirse a fines de 2015
06:10 hs - Lunes 25 de Mayo de 2026
El barrio Ludueña nació junto al ferrocarril en 1892, cuando la estación del Ferrocarril Central Argentino dio origen a un barrio marcado por el trabajo y una comunidad que nunca bajó los brazos, una impronta que nunca la perdió. El 8 de agosto de 1942 en el corazón de esa barriada se fundó el Ludueña Bochín Club, una institución donde el fútbol y las bochas fueron en ese momento los pilares donde se apoyaron todas las ilusiones. Paradójicamente hoy por hoy, ambos deportes quedaron en el recuerdo.
Durante décadas el club fue un faro. Había bailes, tablones llenos, campeonatos interminables y una barra donde los parroquianos discutían de fútbol como si estuvieran decidiendo el destino del país. Los chicos crecían ahí adentro. Algunos aprendían a gambetear; otros, simplemente, aprendían a no sentirse solos.
El momento más duro del Ludueña Bochín Club
Pero el tiempo tiene maneras extrañas de vaciar las cosas y con el correr de los años el club fue perdiendo paulatinamente el encanto pero sobre todo su razón de ser. Los socios envejecieron. Muchos murieron. Otros simplemente dejaron de volver porque la vida, a veces, consiste en abandonar lentamente aquello que uno alguna vez amó.
Cuando irrumpió la pandemia en 2020 Ludueña Bochín Club cerró sus puertas. Por ese entonces languidecía, no había deportes ni actividad social y la Pandemia le dio la estocada letal. A partir de entonces el lugar fue utilizado como un estacionamiento para autos e incluso fue tomado por gente que ocupó el lugar sin consentimiento alguno.
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Los vecinos le pusieron el hombro
Sin embargo, en octubre de 2025 un grupo de vecinos decidió recuperar el club para el barrio y darle la impronta social que supo tener. El barrio se puso en contacto y sin grandilocuencias pusieron manos a la obra. El boca a boca, esa antigua magia barrial que no necesita teléfonos ni anuncios, fue fundamental para llevar adelante la refundación. Juntaron firmas, se movieron pero se encontraron primero con problemas legales, económicos debido a las deudas existentes y después con los problemas edilicios.
El barrio empezó a despertarse como un gigante que decide levantarse una vez más, pero hubo quienes querían convertir el club en negocio. Los vecinos los miraron fijo, con esa clase de dignidad silenciosa que tienen las personas acostumbradas a pelear incluso cuando no tienen nada. Resistieron. El club era para el barrio, no para unos pocos.
La primera pollada fue casi un milagro. Las brasas encendidas iluminaron la fachada ruinosa y, por primera vez en años, el club volvió a tener olor a gente. El club quería cambiar la imagen ruin y los vecinos dieron su apoyo total. Con esa plata pintaron el frente. Apenas una mano de pintura, pero alcanzó para que el edificio pareciera abrir los ojos.
Recuperaron libros viejos, contrataron un abogado y un contador con plata juntada entre todos. No había una moneda, pero en Ludueña aprendieron hace mucho que la pobreza no impide la esperanza.
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Con un bingo siguieron juntando plata para seguir haciendo. Los negocios del barrio, mayormente los de calle Junín, colaboraron con los premios. Hubo regalos de los vecinos, incluso de gente que no pudo ir. La cuestión era colaborar.
Ese día la gente llevó su mate y ahí pudo comprar cosas dulces, además de los cartones para poder participar del juego. En la misma velada se armó un karaoke, donde Laura Dimonti (fue semifinalista del programa «La Voz Argentina») cantó sin cobrar un peso y terminó siendo una fiesta. Algo había cambiado.
Un club abierto que atrajo al barrio
Cuando vieron que el club estaba abierto, los vecinos se acercaban a proponer distintas actividades, pero el espacio y el estado edilicio limitó la selección. No podían hacer básquet, ni vóley, ni patín, porque no estaban dadas las condiciones. Si bien muchos vecinos no integraban la comisión, alentaron a los que sí estaban, a no bajar los brazos y tener nuevamente un espacio social y deportivo para todo el barrio.
El 17 de noviembre se abrió nuevamente el club, con la habilitación del gimnasio a cargo de Yanina González. Mientras el año bajaba el telón, el dojo Antinori cerró una etapa en el gimnasio Dein Ziel en el barrio Las Malvinas en diciembre para trasladarse al Ludueña Bochin Club con el propio olímpico Barcelona 1992 Edgardo Antinori a la cabeza como máximo referente. En los primeros días de febrero comenzaron las actividades en el tatami y hoy por hoy, tiene un plantel de 35 judocas y se siguen sumando.
Después llegó el boxeo. Con Boltri al frente (el entrenador de la bicampeona mundial Victoria Bustos) el club volvió a llenarse de golpes, respiraciones agitadas y bolsas colgantes, con más de cincuenta personas entrenando en tres turnos. Chicos aprendiendo a pegarle a la vida sin volverse crueles. Además de La Leona, también entrenan en la calle Formosa, Patricio Monzón, quien fue medallista en los Juegos Evita,y Tiara Mendoza, deportista destacada de Santa Fe en 2025.
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Hoy el club volvió a latir. Hay mesas ocupadas, vecinos conversando en la barra, chicos transpirados saliendo del tatami y guantes de boxeo secándose junto a las ventanas. Faltan cosas. El edificio todavía tiene goteras y paredes heridas. La humedad avanza como un animal lento por los techos. Pero siguen.
Hacen polladas, rifas, bingos. Piden donaciones. Sueñan con iluminar mejor la calle oscura donde el club resiste como un farol. Quieren traer de vuelta a los viejos socios. Quieren actividades para los abuelos. Quieren que los chicos tengan un lugar donde quedarse antes de que la calle los mastique. Sacarlos de ahí es una prioridad. Si alguno no puede pagar la cuota, que es muy accesible, casi simbólica para que la gente asista, entrena igual.
Las deudas a pagar entre todos
El dinero de las cuotas, sumado al que pueden recaudar en algún evento, se destina a pagar viejas deudas, como la luz por ejemplo, que tenía un atraso y los obligó a hacer un convenio de pago. De la misma manera, en su intento de resucitar algo enrome con los bolsillos vacíos, cuando finalicen con esa deuda, van a solicitar un plan de pago con Aguas Santafesinas para ir, de a poco, saneando y ordenando los números del club.
La idea es sumar más disciplinas pero para que ello ocurra necesitan “emparchar” los problemas a nivel edilicio para hacer el lugar más funcional ya que todavía tiene problemas de goteras, en los pisos y en las paredes, que si bien están pintadas, le faltaría un buen revoque para embellecerlas.
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La urgencia pasa por arreglar los techos, para que el lugar no tenga humedad, y cambiarle un poco la cara al club por dentro, revocar, pintar e iluminar un poco más las instalaciones, porque el deterioro sigue ahí, agazapado.
El pedido por mayor iluminación
También piden iluminar más la calle, una verdadera boca de lobo de noche, de no ser por las luces que tiene el buffet afuera; un par de contenedores de basura y un poco más de presencia policial en la zona, sobre todo por prevención.
El Ludueña Bochín Club volvió a funcionar no gracias a los recursos sino a la necesidad. La necesidad brutal de tener un espacio donde todavía sea posible que los vecinos del barrio puedan encontrarse. Y en ese ríspido camino están abiertos a recibir donaciones o a alguna cartelería o publicidad que le genere un ingreso al club con el único objetivo de seguir creciendo.
La comisión directiva del Ludueña Bochín Club
Presidente: Jorge David Gaitan
Secretaria: Silvina Gabriela Tossi
Tesorera: Raquel Beatriz Sobanski
Vocales titulares: Blanca Giaccone, Walter Daniel Amedo, Pablo Godoy.
Vocales suplentes: Nicolas Ulises Garcia, Haroldo Ernesto Graziano y Edgardo Alberto Mackay
Revisor de cuentas: Teresa Hilda Martino
Revisor de cuentas suplente: Franco del Grande