Lunes 24 de Septiembre de 2018
En la montaña rusa de las sensaciones, en Central optaron por partir de cancha de Gimnasia con la bronca como bandera. Entendible ciento por ciento desde el lado de la pésima decisión que tomó Fernando Espinoza a los 25 segundos del segundo tiempo, cuando vio una falta que no existió de Caruzzo sobre Silva que desembocó en el penal con el que el Lobo igualó un partido en el que el canalla entregó las mismas dudas que lo acompañaron en los últimos partidos y que lo habían puesto en una situación de urgencia en esto de dar un salto de calidad desde el juego, para que su suerte no quedara echada sólo a algún intento aislado. No puede discutirse ese fastidio. Corresponde el enojo, por más que los méritos para un premio mayor hayan quedado reducidos a su mínima expresión. Es que Central fue eso, un pequeño atisbo de recuperación que no llegó a concretarse por Espinoza y por no haber podido apoyar esa ventaja parcial que había logrado en lo que fue el único remate al arco durante los 90 minutos.
Después de dos derrotas consecutivas a Central no le cabía otra cosa que no sea una partida de La Plata sin un nuevo traspié sobre el lomo, lo que hubiese hecho que se fortalecieran esos pequeños nubarrones que se habían empezado a formar. Así, el frente de tormenta nunca llegó a armarse pero este equipo del Patón tiene trabajo por delante para aclarar el futuro.
Si algo había demostrado hasta aquí el canalla es la sabiduría para manejar el trámite de los partidos habiéndose puesto en ventaja. Lo resolvió de la mejor manera contra Banfield, Talleres y San Martín de Tucumán. Por eso el enorme fastidio con Espinoza. Porque fue ese error del árbitro lo que privó al equipo de mostrar una de sus mayores virtudes. El árbitro no lo dejó, pero el equipo tampoco logró sobreponerse a ese inconveniente (un típico error humano que en el fútbol existió, existe y existirá). Y la consecuencia fue el reparto de puntos, sin tener la claridad necesaria para reencontrarse con ese Central ganador de las primeras fechas, que también se las arreglaba con poco.
La sentencia del Patón de que Central hizo un buen partido sonó más a discurso de ocasión que otra cosa. Porque es cierto que recuperó algo de orden y que Gimnasia sólo lo inquietó en un par de ocasiones con algunos tiros libres al corazón del área, pero si Gil no hubiera convertido ese tremendo gol de tiro libre el equipo no hubiese gozado de ninguna otra chance para marcar. No hubo aparte de eso ninguna otra pelota que fuera dentro del rectángulo que conforman los dos palos y el travesaño. Ahora, si la sequía goleadora llevaba ya tres partidos es más que valorable que, de la forma que haya sido y si fue de casualidad o por decantación, el equipo haya estrechado nuevamente lazos con el gol.
Por lo demás, todo lo que rodea a Central como equipo y a sus pretensiones de fortalecer el protagonismo está todavía en pleno proceso de formación. Quizá ya con una identidad bastante definida, pero con demasiadas ataduras que le impiden soltar las amarras para lograr un tránsito más firme y convincente. No se trata de cuestionar si la austeridad le gana la pulseada a la audacia, si se defiende más de lo que se ataca, si se arriesga un poco más o un poco menos. De lo que se trata es tratar de entender que a Central, como a cualquier otro equipo, le será mucho más sencillo darle fuerza a esa idea de equipo con hambre de competitividad, no reduciendo todo a una o dos llegadas y teniendo la obligación de contar con un alto grado de efectividad.
De eso se trató un poco lo que le sucedió ayer en el bosque. Y tenía todo como para mostrar nuevamente las credenciales de equipo que sabe esquivar golpes luego de haber golpeado. Pero Espinoza no lo dejó y el propio Central no pudo, no supo o no encontró las formas para ir un poco más allá de una situación que lo perturbó y en cierta forma le nubló la vista para lograr que la recuperación fuera plena.