Viernes 24 de Marzo de 2017
No hay nada peor que olvidarse de ellos. Es su principal ventaja. Uno se va a dormir y se da cuenta que no hizo nada para evitar tenerlos cerca. Zumban, se acercan, amagan, hacen vuelos rasantes cerca de los oídos una y otra vez, como riéndose de su víctima desarmada. Cualquiera estaría dispuesto a negociar una gotita de sangre por un rato de paz. Pero no, insisten, son tercos. Espirales y aparatos eléctricos poco sirven para poner distancia entre los mosquitos y el sueño que se quiere preservar a toda costa.
Conocedores de la máxima que establece que el que se enoja pierde, manejan todos los subterfugios a la hora de esquivar las trompadas que los estampen contra la pared, porque, precisamente, su mejor escondite son los muebles, donde es imposible distinguirlos; los pliegues de las cortinas, en los fondos de las tazas, en cualquier objeto oscuro que esté en estanterías y armarios, y así hasta el infinito.
Son dueños, además, de una aguda perversión. Resisten las inspecciones con las luces prendidas y los baños de aerosoles que no les hacen ni mella. Cuando el frustrado cazador vuelve a acostarse, tras silenciosa espera de unos cuantos minutos que le hacen creer que se fueron (¿?) y justo en medio del largo suspiro que le abre la puerta al sueño, revolotean cerca de los oídos para crispar los nervios más templados.
Sí, sí, para aliviar el alma sirve eso de los mata bien muertos, los sigue hasta donde no se ven y demás asertos que llenan de orgullo a los publicistas. Mientras tanto, pasamos la noche sacudiendo las sábanas y cacheteando la cara, hasta que nos ganan por cansancio.