Viernes 14 de Julio de 2023
Todo lo que te dice el mercado al oído es para acostarse contigo. La sociedad de consumo no es más que un capitalismo de seducción. Todo se hace para atraer al consumidor, llevarlo a la cama, cortejarlo, tentar sus debilidades, sus deseos. Esas dependencias masivas de las obsesiones que nos inyecta. El capitalismo clásico explotaba a los asalariados; el neocapitalismo explota a los consumidores: es preciso que las mayorías acumulen cosas para que las minorías acumulen capital. Ingenioso. En esta sumisión colectiva reside el núcleo de la Modernidad. En esta dependencia trepidante de convertir en necesario lo innecesario, de disponer de cosas que no necesitamos pero creemos necesitar. Hace tiempo que el sistema descubrió su poder de encantamiento, alienando a la sociedad con sus “golosinas”, ese gran contingente de necesidades falsas que solo se satisfacen mediante el consumo desmesurado, garantía inequívoca de la sostenibilidad del sistema. Estamos empecinados en fabricar seres enfermos para mantener una economía “sana”, nadando como náufragos en un océano neoliberal en el que hace tiempo que chapoteamos. En ese admirable ejercicio de ensimismamiento centrado en lo superfluo, en la autosatisfacción de deseos y en la mercadotecnia del yo. No somos lo que somos, somos lo que podemos ser.
No es difícil discernir cuando el mercado habla desde el hígado o los genitales. Esa forma de enseñarte dónde residen tus emociones primarias y sus propósitos más innobles. Así nació el capitalismo de vigilancia. Esta vorágine de la economía de la atención y la extracción de datos. Esas consecuencias propias de alimentar diariamente un acrónimo que alcanzó este año la valoración bursátil de 10 billones de euros. La riqueza del FAAMG (Facebook, Apple, Amazon, Microsoft y Google) es comparable al PIB de Gran Bretaña, Alemania, Francia e Italia juntos. Cuatro de los ocho países más ricos del mundo. Un realismo de “dickensiana” desesperanza. Tiempos líquidos donde la vida verdadera (la real) ha devenido en falsa, al tiempo que la vida falsa se ha vuelto más y más verdadera. Hemos llegado al punto de la tragedia existencial de levantarnos cada mañana encendiendo el cerebro digital para comprobar si todavía existimos. Sí estamos ahí. Sí nos reconocen.
El lugar que antes ocupaba Dios hoy lo ocupa tu celular. Es tu conciencia. Lo sabe todo de ti, y será el delator que va a justificar en tu contra si un día caes en manos de la justicia. El capitalismo de vigilancia se ha metido en tu cama, y no lo sabes. Descansa inocente debajo de tu almohada.
Hay algo excesivo que fatiga, no solo en la apropiación del tiempo, sino en la hipervisibilidad de la vida conectada. Es necesario volver al “like” de la vida verdadera. Admirar lo pequeño, lo minúsculo. El ruido cristalino de las acequias, el olor del roble desnudo, un fuego cálido brotando en la hojarasca, una siesta con sonidos a chicharras, con una penumbra de maderas entornadas y la brisa calma inflando los visillos. Cobijar esas horas del atardecer que te mereces, con un sol de sangre fundiéndose en el horizonte, deseando que ese milagro de inasible belleza se vuelva a producir mañana. La vida que no podemos vivir podemos soñarla, soñar es otra manera de vivir, más libre, más bella, más auténtica. El futuro no es lo que va a pasar, es lo que usted decida que pase. Eso sí, pero como dijo Machado: con “tú verdad no, con la verdad. Y ven conmigo a buscarla”.