Sandías
El camión, viejo, con la pintura descascarada, estaba estacionado sobre la vereda y la ciclovía de Entre Ríos al 1200; unas agónicas lucecitas rojas advertían de su existencia.

Sábado 29 de Abril de 2017

El camión, viejo, con la pintura descascarada, estaba estacionado sobre la vereda y la ciclovía de Entre Ríos al 1200; unas agónicas lucecitas rojas advertían de su existencia. En la compuerta posterior de la caja de madera varios hombres recibían las sandías y las iban apilando con cuidado para que un barquinazo no las desparramara en la calle. No era la flagrante transgresión de tránsito del transporte lo que llamaba la atención, sino de dónde salían los frutos que los changarines llevaban como acunándolos: una escalera servía de rampa de desembarco de una vieja construcción de dos plantas que oficiaba de depósito, muy a su pesar ya que evidenciaba haber sido una casa importante de alguna familia pudiente.

Un caminar cansino permite aquilatar detalles sin que los actores de una situación se percaten del escrutinio. Los changarines hablaban bajo, con un cantito indescifrable mientras la caja del camión se iba llenando de sandías que habían sido acopiadas en tan insólito lugar. ¿Habrá resistido sin chistar tanto peso el viejo piso de pinotea con que se adornaban las casonas a comienzos del siglo pasado?, ¿de dónde trajeron los frutos, dónde los llevaron después del laborioso trasvasamiento?

Como sea, el desvencijado transporte al que las penumbras de la madrugada habían despojado de color estaba inmóvil, como un manchón oscuro en medio de la noche de enero.

Un par de horas después ya no estaba. Algunas baldosas aplastadas delataban que allí había pasado algo inusual, configurando el rosario de misteriosas sorpresas urbanas que se suceden como la vida misma, abrazadas, casi siempre, por el manto que tiende la noche.