Lunes 25 de Noviembre de 2019
No poco esfuerzo les demandó a las sociedades cada vez más complejas y, pretendidamente, más evolucionadas, escalar la cuesta que debieron remontar desde el "hacerse justicia por mano propia", hasta el delegar esa tarea en espacios de poder especialmente creados y habilitados para tal fin.
Pero aun así hay que reconocer, no solo que la justicia administrada por carriles consensuados sigue siendo harto defectuosa, sino que el afán de aniquilar, o de causar el mayor daño posible al que, de una u otra forma, nos acarreó algún perjuicio, está muy lejos de haber abandonado el corazón del animal humano.
Tendríamos que darle la razón al lúcido Zygmunt Bauman, cuando sostiene que el hecho de que se hayan erradicado los patíbulos de los espacios públicos —que, por otra parte, eran sitios de gran esparcimiento popular—, no ha constituido más que una suerte de maquillaje, en el laborioso trayecto de la humanidad hacia prácticas punitivas cada vez menos brutales, así como habría que admitir —mal que nos pese— que el límite entre demandar justicia y clamar por venganza es extremadamente endeble, vago e impreciso.
Es más: la ansiedad por obtener una reparación inmediata, ejemplificadora, y si desorbitada y sangrienta tanto mejor, se ha puesto de manifiesto en múltiples oportunidades, toda vez que algún raterito "de mala muerte" —¡nunca más oportuna la expresión!— después de haber sido apresado y neutralizado, de modo que no ofreciera resistencia, fue linchado sin piedad por honrados ciudadanos ávidos de justicia… pero también de dar rienda suelta, y en este caso heroicamente, a las pulsiones de su incontenible y arrasadora crueldad.
Lo preocupante es que a estas de por sí arduas vicisitudes del delinquir y el castigar, de poner en evidencia al malhechor y de aplicarle la sanción que corresponda, se suma ahora la decisiva injerencia de las redes sociales, injerencia que, como todos bien sabemos, impregna —y no pocas veces, corrompe y desvirtúa— todos los escenarios del accionar humano. ¿O acaso el presidente de la potencia más poderosa del mundo —el inefable Donald Trump— no reparte insultos y exabruptos a diestra y siniestra, y afronta los más peliagudos asuntos de Estado a través de su recalentada cuenta de Twitter?
Disponer en nuestra propia casa de un artilugio casi mágico, que nos permite opinar, denunciar, respaldar, calumniar, insultar, aprobar o desaprobar, ensalzar o denostar, recompensar o castigar, y todo a la distancia, sin contar con ningún elemento de juicio sólido ni contundente, y casi sin tener que asumir por ello responsabilidad alguna, no puede menos que convertirnos, a los que nos esforzamos cada día por llegar a ser seres humanos, en aterradores monos con navaja.
(En este punto me viene a la memoria aquella secuencia de la película de Stanley Kubrick "2001: Odisea del espacio", en la que —si no recuerdo mal—, un mono inusualmente inteligente enarbola lo que hasta ese momento no había sido sino un tronco inofensivo, erigiéndolo en un garrote).
El juicio sumarísimo y la sentencia adversa de las redes —que se traducirán en lo que, con gran acierto, se ha denominado "linchamiento virtual"—, resultan particularmente odiosos y temibles, porque se abaten sobre la víctima, perseguida y hostigada solo "porque se la presume culpable", con la gratuidad de un desastre natural, ya que prácticamente no habrá personas con nombre y apellido a las que se las pueda responsabilizar, por haber llevado adelante la demoledora campaña.
Y cuando el vendaval de la furia vindicatoria se aplaque, en el camino habrán quedado familias destruidas, profesiones tronchadas, reputaciones malheridas, y hasta vidas arrojadas al abismo para huir de la enloquecedora cacería, sin que ya nada sirva para compensar el daño ocasionado.
Una curiosa manera de pretender hacer justicia desde la injusticia, y desde la inconsciencia y la frivolidad más repudiables.