Lunes 02 de Enero de 2017
En un principio los autos tenían averías mecánicas, pero ahora, además, se les suman las electrónicas. Como si estuviesen llenos de duendes, los conductores son ayudados a frenar más rápido, a doblar mejor y a gastar menos nafta. Pero a veces, esos duendes son malvados. Por eso no resulta extraño lo que le pasó a un automovilista que rodaba por una de las rutas del sur santafesino. En un momento dado tuvo sed y recordó que en e baúl llevaba botellas con agua mineral. Frenó y se tiró a la banquina. Dejó el motor en marcha pero cerró la puerta; se fue para atrás, abrió el baúl y con la botella en la mano dejó caer el portón trasero. Con espanto sintió un escalofriante click. La computadora de a bordo había cerrado todos los ingresos. El motor seguía en marcha. Acorralado, en medio de la nada, empezó a caminar para buscar ayuda. Al poco tiempo vio un silo y le pidió orientación a un empleado. Este llamó al cerrajero de un pueblo cercano, que, después de un tiempo de mirar las manijas y tratar de abrir las cerraduras, se dio por vencido. Hasta que el mismo empleado recordó que su cuñado tenía un auto similar y una vez le había pasado lo mismo y, como todos los que viven en pueblos, que se tienen que arreglar solos porque no hay tantos especialistas a mano, había encontrado una solución. Lo llamó y a la media hora el hombre apareció con una palanca y unos sunchos y abrió la puerta del conductor. El protagonista de esta historia agradeció a la amable concurrencia el enorme favor y, despacio, enfiló hacia su casa. Primero miró con bronca el tablero y después clavó la vista en la ruta.
El auto no le pidió perdón.