Los cartoncitos del mate cocido
Vienen dentro de las cajas de cincuenta sobresitos, prolijos, bien troquelados, da lástima tirarlos.

Lunes 27 de Marzo de 2017

Vienen dentro de las cajas de cincuenta sobresitos, prolijos, bien troquelados, da lástima tirarlos. Están entre el grupo de objetos que sirven para otra cosa después de haber cumplido con su rol original, que en este caso es evitar que la caja de saquitos de yerba se transforme en un revoltijo.

Algunos tienen impresa en una cara la marca de la empresa, otros mantienen un pudoroso blanco que contrasta con el marroncito claro del anverso. Todos son necesarios para otra cosa, para ser usados como suplemento que mantenga apretadas las pilas de un control remoto baqueteado, para ajustar la pata corta de un sofá (silla, mesa), tener retraído el pestillo de una puerta, para que sobresalga la traba del pestillo, para que las fotos no bailen en los portarretratos, como separador de cables, como indicadores de una carpeta.

Son efectivos para obturar huecos que serán rellenados con enduido, alcanza y sobra cuando oficia de paleta para mezclar adhesivos con componentes separados y para cortar hojas con cutter y no rayar la mesa.

También sirve como un maravilloso señalador para libros, con el grosor justo que advierte la última página leída y hasta permite asentar algunos apuntes de ideas escurridizas.

Todo eso y mucho más (diría un publicidad de los '70) en un humilde cartoncito que apenas pasa de cartulina. Como tanta gente sencilla, de perfil bajo que siempre está a mano de quien la necesita y hace las cosas callada, sin aspavientos, sin buscar una gloria inexistente en la vida de todos los días. Quizás esas no sean grandes cosas, pero marcan la diferencia, llevan tranquilidad, hasta alegría; solucionan problemas mínimos antes que se agranden.

No es poco.